En Hortaleza casi todos somos emigrantes, incluso los que somos del barrio de toda la vida. Nos delata precisamente eso, hablar de barrio y no de pueblo, porque implica que nuestras familias llegaron cuando esto había dejado de ser una pequeña localidad rural de poco más de 1.000 habitantes.

A la inmensa mayoría de los vecinos y vecinas de Hortaleza, cuando se les pregunta por su pueblo señalan en el mapa otros rincones de Castilla o Extremadura. Incluso de Francia, del lejano Oriente o de una isla caribeña. Echamos raíces en Hortaleza trasplantados desde otro lugar. Síntoma de ese desarraigo es que nos hemos tirado décadas sin saber cuál era el gentilicio del barrio, hasta que empezamos a generalizar el uso de hortalinos y hortalinas.

A Juan Carlos Aragoneses, hombre afable que gastaba pocas quejas, esto del gentilicio le incordiaba. “El correcto es hortaleceños, aunque también se puede admitir hortaleños”, apuntaba siempre didáctico, con insobornable aprecio por el rigor.

Excelente divulgador de la historia del antiguo pueblo y colaborador del periódico vecinal desde su fundación, Juan Carlos Aragoneses falleció el pasado 1 de mayo a los 59 años por un cáncer que sobrellevó con extraordinaria entereza. A pesar de la enfermedad, no dejó de descubrirnos episodios del pasado de Hortaleza hasta sus últimos días, con una sabiduría que se nos antojaba infinita.

Juan Carlos fue aparejador, diseñador, buen dibujante y guardián de la memoria de Hortaleza, de la que tenía un conocimiento enciclopédico. Cualquier duda sobre la historia del barrio la resolvía con profusión de detalles y jugosas anécdotas de propina. Lo sabía todo, pero es que además lo contaba como nadie. Sin un gramo de paja, sus píldoras siempre contenían oro de muchos quilates.

Cualquier duda sobre la historia del barrio la resolvía con profusión de detalles y jugosas anécdotas de propina. Lo sabía todo, pero es que además lo contaba como nadie

Cuando este periódico vecinal era apenas un romántico propósito, algunos fantaseábamos con publicar en papel las deliciosas Historias de Hortaleza que compartía en un adictivo blog con ese sencillo nombre. En 2009, mientras preparábamos el número cero, le mandamos un correo electrónico para tirarle la caña. No le conocíamos personalmente, y con atrevimiento le ofrecimos sumarse a la aventura. La respuesta de Juan Carlos fue inmediata y generosa. Solo puso una condición que definía su talante. “Que la crítica que se haga en vuestras páginas, por muy dura que sea, nunca llegue al insulto a la persona”. Algo que convertimos en principio fundacional.

La primera columna de Juan Carlos en el periódico vecinal apuntaba alto. Rescataba la figura del aviador Francisco Ortega, hijo de Hortaleza que se dejó la vida combatiendo a los nazis en cielos de Francia, donde se le recuerda como un héroe. Aquello tuvo mucho valor simbólico, porque rescataba una historia publicada en el pionero y desaparecido periódico Unión de Hortaleza. Fue una casualidad, pero tendió un puente entre el presente y el pasado (otro más) de la prensa vecinal del barrio que desde entonces no hemos dejado de transitar.

Cada nueva entrega de las Historias de Hortaleza se aguardaba con expectación. Sus columnas son como montar en un Delorean que atraviesa el tiempo sin salir del barrio. En esos viajes al pasado te podías topar con un joven Rafael Alberti por Hortaleza para acudir a las tertulias de intelectuales en la Huerta de Mena, en el camino a Las Cárcavas, que tenían de anfitrión al dramaturgo Carlos Arniches, que en el antiguo pueblo conoció al sacerdote que le inspiró el Padre Pitillo, protagonista de una de sus obras más célebres y adaptada al cine.

En esas columnas hay material para una vibrante temporada del Ministerio del Tiempo con Hortaleza como único escenario: veríamos al novelista Vicente Blasco Ibáñez protagonizando un duelo a muerte, a una marabunta revolucionaria linchar al todopoderoso general Quesada, a las tropas de Napoleón acuarteladas en el actual parque del Claruja o a la actriz Ava Gardner comiendo chuletitas de cordero regadas de vino garnacho en el viejo mesón.

Su memoria era la memoria de mucha gente, y atesoraba aquellas historias del antiguo pueblo consciente de que era un mundo que desaparecía

Juan Carlos demostraba que Hortaleza tenía mucha historia, y sobre todo buenas historias. Las narraba de forma amena tras indagar en archivos y hemerotecas, de donde sacaba auténticas perlas sobre las andanzas de los nobles, aristócratas y terratenientes que acapararon durante siglos las grandes quintas de un pueblo de gentes humildes con un ayuntamiento siempre al borde de la ruina. Lo más valioso, sin embargo, de los textos de Juan Carlos procedía de las fuentes orales, de aquello que había escuchado siempre por el pueblo, como la leyenda del fanal de monedas de oro enterrado en algún lugar del casco viejo.

Se notaba que escuchaba con devoción a los mayores prestándose a ser testaferro de sus recuerdos. Hace seis años, cuando falleció Luis Aragonés, escribió una completísima semblanza sobre la vida de esta leyenda del fútbol que incluía detalles de su casa natal, el modelo y matrícula de la furgoneta de su padre Poli o el nombre de los locales donde el joven ‘sabio de Hortaleza’ iba con los amigos a bailar twist cuando todavía se le conocía como ‘el plomos’. Aquel texto lo tituló ‘El chico de la señora Generosa’ en homenaje a la madre de Luis, cuya solidaridad palió muchas penurias en la Hortaleza de posguerra.

Su memoria era la memoria de mucha gente, y atesoraba aquellas historias del antiguo pueblo consciente de que era un mundo que desaparecía. Juan Carlos nació en 1960, cuando se cumplían diez años de la anexión de Hortaleza a Madrid y su pueblo empezaba a convertirse en un rincón más de hormigón y ladrillo en la periferia de la capital. Creció al mismo tiempo que los enormes bloques de viviendas que emergían de antiguas tierras de labrar desdibujando para siempre el paisaje campestre que rodeaba al pueblo. En todo lo que escribía emanaba cierta nostalgia bucólica y el lamento por lo que se llevaron los bulldozers de la expansión urbanística.

Donde todos vemos asfalto, Juan Carlos reconocía antiguos arroyos, humedales, fuentes y caminos como La Mina del Vinagre, La Charca Juana o La Cañada de los Toros. Topónimos borrados del mapa que rescató del olvido insertándolos sobre el plano actual de Hortaleza aprovechando la aplicación Google Maps. Una joya que debería estudiarse en los coles de Hortaleza.

La pasión de Juan Carlos por el antiguo pueblo no se reducía a la melancólica. De joven participó activamente en el efervescente movimiento vecinal y estuvo en la organización de las primeras cabalgatas de Hortaleza. Tenía anhelo municipalista y consideraba la anexión a Madrid decretada por la dictadura de Franco como una afrenta histórica. “Todo parte de un acto no democrático. A aquel ayuntamiento madrileño parece que solo le importaba la ocupación del territorio de sus términos vecinos. Nunca se interesó ni por el patrimonio ni por las necesidades de aquellos ciudadanos anexionados”, alegaba en una entrevista al periódico en 2016.

En los últimos años, Juan Carlos se implicó en la protección del patrimonio de Hortaleza. Participó en la plataforma vecinal contra la construcción de un gimnasio privado en la centenaria plaza de la Iglesia de Hortaleza, y fue persuadido por el director de la biblioteca Huerta de la Salud, Juan Jiménez Mancha, para que guiara excursiones por el pueblo de Hortaleza: la gente terminaba aquellas visitas embelesada. Con Jiménez Mancha, otro entusiasta de la historia popular de Madrid, entabló una provechosa amistad que hemos disfrutado en este periódico con fantásticos textos como las historias del lavadero de Hortaleza o de la sala de fiestas Villa Rosa, publicada solo unos días antes del fallecimiento de Juan Carlos.

Tenía anhelo municipalista y consideraba la anexión a Madrid decretada por la dictadura de Franco como una afrenta histórica: “Todo parte de un acto no democrático"

Hace algo más de un año, Juan Carlos Aragoneses pudo saldar una deuda histórica. Acudió junto a muchos familiares a la inauguración del monumento que recuerda a los vecinos y vecinas de Hortaleza represaliados tras la Guerra Civil, entre ellos su tío abuelo Jerónimo Aragoneses. Después se fotografió sonriente ante la placa de los jardines que siempre recordarán a su abuelo Jonás, que durante la República fue el alcalde comunista de Hortaleza que abrió el lavadero, la escuela de la plaza y creó el jornal del socorro, que se repartía entre los parados del pueblo con la contribución de los terratenientes.

A pesar de la enfermedad, le vimos feliz. Una vez nos dijo que sus Historias de Hortaleza no eran más que un “entretenimiento” para ofrecer pequeñas píldoras de la historia a los jóvenes del distrito. “Siempre he creído que había cosas que deberían conocer para poder estar orgullosos de donde son”, explicaba con modestia. Tenemos que sentirnos muy afortunados porque quisiera compartir todos esos tesoros con nosotros. Cuando decimos orgullo de barrio también es por ti, Juan Carlos.

Juan Carlos, a la derecha de la imagen, tras la inaguración de los jardines de Jonás Aragoneses Molpeceres. SANDRA BLANCO

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