En el caluroso agosto de 1836, Hortaleza se vio envuelta en un terrible suceso que puso su nombre en los periódicos de todo el mundo. En España se extendía un movimiento revolucionario a favor del retorno de la constitución de 1812 y por la defensa de la soberanía popular y la libertad de prensa. En la capital, el Gobierno mantenía su autoridad al mando del capitán general de Castilla la Nueva, el general habanero don Vicente Genaro de Quesada.

El 13 de agosto, los revolucionarios hicieron firmar a la reina María Cristina en La Granja un decreto para recuperar aquella constitución. Mientras, en la capital seguía la represión a los madrileños. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, se ordenó situar piezas de artillería en lugares estratégicos, poniendo a la ciudad en un verdadero estado de sitio.

El odio popular se exacerbó hacia este militar al que ya todos llamaban “el liberticida”. El día 15, mientras se afeitaba, Quesada recibió la noticia de que había sido destituido con todo el Gobierno. Parsimonioso, se vistió de civil, tomó su bastón, el sombrero de copa y se despidió de todos diciendo que se marchaba a su casa de Hortaleza en compañía de un amigo.

En el camino se cruzaron con un mozo que le reconoció, observando que se dirigían a la finca del Quinto, y regresó a Hortaleza para avisar al alcalde, que acompañado de dos nacionales salió en su busca. Tras encontrarle, fue conducido al pueblo y encerrado en una casa de labor en lo que hoy es la plaza de Chabuca Granda.

Este crimen absurdo trajo consecuencias nefastas para algunos inocentes, como los seis vecinos de Hortaleza encarcelados durante tres años

En este edificio, que era anejo al palacio del rico comerciante y político carlista Marco del Pont, se le puso una guardia formada por carabineros y milicianos del pueblo. De inmediato se mandó un emisario a caballo para comunicar la situación a las nuevas autoridades. Para abrirse paso entre la multitud que atestaba las calles de Madrid, este hombre cometió la indiscreción de contar lo sucedido.

La noticia corrió como reguero de pólvora y todos enfilaron hacia Hortaleza para ver entre rejas al odiado general. A las tres de la tarde, más de mil personas rodeaban la improvisada prisión. Los guardianes a duras penas podían contener a la masa, cuando alguien gritó que a lo lejos se divisaban tropas a caballo. Los más exaltados, al ver que perdían la oportunidad de vengarse, introdujeron una pistola entre las rejas de la ventana y dispararon al detenido.

Tras acabar con la vida del general, algunos se ensañaron con el cadáver. A pesar de algunos relatos terribles, la crueldad no fue a más, pues llegaron 40 coraceros de la reina para poner orden y custodiar el cuerpo del general hasta que, hacia las nueve de la noche, el alcalde mandó darle sepultura en el cementerio de Hortaleza.

Durante mucho tiempo se escuchó en Madrid una oscura cancioncilla que decía así:

“¿Qué es lo que baja por aquel cerro?
Ta ra ra ra ra.
Son los huesos de Quesada,
que los trae un perro.
Ta ra ra ra ra…“

Este crimen absurdo, utilizado por las las potencias europeas absolutistas para denigrar al nuevo Gobierno liberal, también trajo consecuencias nefastas para algunos inocentes, como los seis vecinos de Hortaleza encarcelados durante tres años.

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