En Madrid la nieve siempre es recibida con entusiasmo, aunque la emoción se disipa tan pronto como empiezan las incomodidades. La borrasca Filomena ha llevado esa relación amor-odio hasta el paroxismo, porque nunca vimos tanta nieve ni nos había acompañado tanto tiempo. Y la nieve acaba quemando. Sobre todo cuando se perpetúa en las calles convirtiendo cualquier paseo en un desafío alpino. Filomena ha propagado ‘quiniofobia’ (miedo a la nieve) por toda la ciudad, y el temor no es infundado. Especialmente en la periferia, porque las consecuencias de las inclemencias meteorológicas también van por barrios.

“Hortaleza es el distrito donde más nieve ha caído en todo Madrid”, dijo el concejal presidente de la Junta Municipal, Alberto Serrano, la semana pasada en el Pleno para justificar la gestión del Ayuntamiento durante la nevada, que el edil de Ciudadanos calificó como “razonablemente satisfactoria”. “No hay servicios públicos dimensionados para una catástrofe de estas características”, afirmó Serrano.

Los servicios públicos municipales no están preparados para algo tan excepcional porque a duras penas afrontan su trabajo cotidiano tras la jibarización de recursos de los últimos años, recordaron en el Pleno los grupos de la oposición. La borrasca ha aireado algunos de los remiendos con los que se taparon los agujeros financieros de la derrochadora etapa de Alberto Ruiz-Gallardón (Partido Popular) en el Ayuntamiento de Madrid. En 2013, asfixiada por la deuda que heredó de su mentor y predecesor en la alcaldía, Ana Botella entregó el servicio de limpieza a varias constructoras mediante un contrato integral que redujo los costes un 23,7%. Como lo barato sale caro, el recorte sacó de las calles de Madrid a 2.411 barrenderos, el 38% de la plantilla. Aquel contrato leonino sigue vigente ocho años después y lastra cualquier respuesta dimensionada ante una eventualidad, porque la ciudad no tiene operarios de limpieza suficientes ni para algo tan previsible como la otoñal caída de la hoja.

El día de la nevada, no quedaba sal a disposición del vecindario en Hortaleza. "Ya no se reparte porque no hace nada", explicaban desde la Junta Municipal

Esas carencias responden a decisiones políticas. También que los distritos se gestionen raquíticos de competencias y completamente dependientes de Cibeles, donde se deciden hasta los kilos de sal que se reparten durante una nevada. Con la remesa para Hortaleza pronto se quedaron cortos, porque el viernes 8 de enero, cuando Filomena comenzó a descargar, ya se habían agotado las provisiones en el cantón de limpieza de Mar de Kara, único punto de distribución para casi 200.000 habitantes (una cifra de población similar a la de Pamplona). “Sal ya no se reparte porque no hace nada”, explicaban desde la Junta de Hortaleza cuando la nevada se intensificaba. Los copos no cesaron durante 30 horas. En ese tiempo, fue más fácil ver un trineo tirado por perros que una máquina quitanieves por las calles del barrio.

A pesar de las alertas, el Ayuntamiento no había previsto la magnitud de la borrasca, y tampoco supo reaccionar ante lo que venía después: una ola de frío sin parangón que desplomaría los termómetros convirtiendo el paquetón de nieve en enormes lenguas de hielo. Sin sal ni pertrechos, el vecindario tuvo que salir al rescate. El mismo sábado 9 de enero ya se organizaron espontáneas cuadrillas para abrir caminos transitables antes de que la nieve se petrificara.

El movimiento vecinal, tan denostado por algunas fuerzas políticas, hizo lo que lleva haciendo décadas: estar cuando  las administraciones no llegan. Asociaciones como La Unión de Hortaleza, Danos Tiempo, Virgen del Cortijo o Manoteras fueron las primeras en movilizar al barrio para despejar el acceso a centros de salud aunque fuese con instrumentos tan precarios como bandejas de horno o recogedores de plástico. Se anticiparon incluso a los llamamientos que lanzaron en las redes sociales los líderes políticos, con mensajes que apelaban a la responsabilidad ciudadana y llevaban implícito el fracaso de los planes que habían diseñado ante una contingencia más que anunciada.

Vecinos rompiendo el hielo en la calle Mar de Bering de Hortaleza. SANDRA BLANCO

LA RESACA DE FILOMENA

El lunes 10 de enero, más de la mitad del distrito de Hortaleza tenía restricciones de movilidad decretadas por la Comunidad de Madrid ante la alta incidencia de casos de coronavirus. A la administración regional no le hizo falta hacer nada para asegurar el cumplimiento de las medidas, porque miles de personas no podían salir del barrio de ninguna manera. Sin autobuses y con apenas una decena de calles abiertas al tráfico, acudir al trabajo estaba al alcance de unos pocos elegidos. Sin colegios y con comercios desabastecidos, la situación recordaba a los días del confinamiento de marzo. Y como en aquel entonces, la solidaridad vecinal se activó rápido para socorrer a los más vulnerables. Jóvenes volvieron a hacerle la compra a los mayores, y la asociación Hortaleza Ayuda, que surgió tras la pandemia para repartir cestas solidarias, se puso a entregar calefactores en hogares donde la subida de la luz transforma un suministro básico como la electricidad en un bien de lujo.

Ese lunes anómalo fue el prólogo de una semana desesperante. Volvamos a aquellos días con el relato de compañeras y lectoras del periódico sobre lo que ocurría debajo de sus casas. La postal de Maite Morales desde Canillas hablaba de farmacias con escasez de medicamentos y calles que eran “un poema intransitable” con nieve intacta, como Gomeznarro, una de las más extensas de la ciudad: “Se están viendo cuadrillas de trabajadores de limpieza y zonas verdes del Ayuntamiento, aunque solo en las calles grandes”. Desde Manoteras, Juan Cruz transmitía una preocupación vecinal en aumento. “Ha sido el momento de las comparaciones con otros barrios o municipios. Se empiezan a oír voces que hablan de miedo y abandono. La calle cada vez es más peligrosa por el hielo”, advertía nuestro compañero, haciéndose eco de la llamada de socorro de los sanitarios del centro de Monóvar, que no pudieron atender a pacientes a domicilio hasta que “finalmente consiguieron un 4×4 solidario”.

Todas las crónicas de nuestros corresponsales de barrio incorporaron partes de lesiones por las incontables caídas. “He comprobado que un trabajador de un gran supermercado camino a su trabajo se ha roto la cadera y ha sido intervenido de urgencia, mientras otra trabajadora acabó con ambas muñecas rotas”, hacía saber Marian de Diz desde Villa Rosa. Irene del Pozo, desde Pinar del Rey, subrayaba el contagioso trabajo vecinal que abría caminos. “El encuentro entre vecinos ha sido un momento de muy buena avenencia, ha habido buena coordinación y mucha armonía. Las circunstancias meteorológicas adversas han propiciado el acercamiento y el encuentro por el bien común. De no haber sido por la nieve, quizá nunca habrían coincidido”.

El mismo día que el Ayuntamiento anunciaba que la calle Agustín Calvo estaba despejada, una furgoneta de la Policía Municipal encallaba en el hielo nada más cruzarla

Cientos de vecinos y vecinas mitigaron la situación a pico y pala ante la insuficiente respuesta del Ayuntamiento, incapaz tan siquiera de informar del progreso de la limpieza en las calles del distrito. Durante dos semanas, un mapa interactivo fue todo lo que ofrecía el Consistorio de José Luis Martínez-Almeida a un vecindario ansioso por saber cuándo les visitarían las quitanieves. La actualización de las vías despejadas incluidas en el mapa ni siquiera era del todo fiable: el día que se anunció que la calle Agustín Calvo de Canillas volvía a estar transitable, una furgoneta de la Policía Municipal encallaba en el hielo nada más cruzarla. Los transeúntes tuvieron que ayudar a sacarla del atolladero. Escenas similares, de gente empujando ambulancias o camiones de bomberos, se repitieron por todo el distrito.

“Todo es susceptible de mejorar. Que haya múltiples calles llenas de basuras y sin embargo otras tengan hasta seis carriles limpios, hace que el margen sea muy amplio”, reflexionaba María Ángeles López, vecina de Valdebebas, ante contrastes que provocaban agravios comparativos. Ninguno tan lacerante como el de la calle Tomás Redondo: el polémico aparcamiento de Iberdrola construido en una parcela municipal junto al colegio público Juan Zaragüeta fue uno de los primeros rincones del distrito donde se esfumó la nieve, mientras el centro educativo tuvo que esperar más de una semana para que operarios de Tragsa acondicionaran sus accesos. “Una estampa insultante”, resumía una de las madres del AMPA.

Con la nieve enquistada en el callejero de todo el distrito, solo quedaba encomendarse al cielo para recuperar la normalidad. Lo hizo hasta el alcalde Martínez-Almeida, que diez días después de la borrasca Filomena admitía que aguardaba a la lluvia para que ayudase a acabar con el hielo.

Y llegó la lluvia. Hasta entonces, una incansable cuadrilla de vecinos y vecinas salió a diario para despejar las estrechas calles del pueblo de Hortaleza. En una de aquellas jornadas, una agradecida vecina quiso recompensar el esfuerzo ofreciendo al grupo unas cervezas y bocadillos de jamón. “Soy hermana del alcalde”, dijo la mujer, que quiso demostrarlo mandando un audio de Whatsapp a Martínez-Almeida para contar que el vecindario le estaba sacando los carámbanos del suelo.

Basura acumulada en la plaza Chabuca Granda días después de la nevada. SANDRA BLANCO

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