Los vientos de marzo anunciaban un mes de luchas en Hortaleza. Pareciera que el dios Marte se aprestaba a salir por la Carretera de Canillas, la UVA o la avenida de San Luis ataviado de armas poco convencionales como la solidaridad, la empatía o la justicia social, algo que hubiera dejado perplejos a los antiguos helenos, aunque, para los actuales, es el pan de cada día, especialmente desde que se supo que la Unión Europea planeaba deportar en masa a quienes llegaban a sus costas desde la vecina Turquía. En estas fechas, una joven del barrio parte hacia aquellas aguas para llevar un soplo de aliento y dignidad y nuestras banderas penden a media asta avergonzadas.

Pero el marzo hortalino al que nos referimos tenía nombres propios. Se trataba de Rosa, una mujer con discapacidad intelectual a la que el sistema administrativo y judicial maltrató apropiándose indecentemente de su vivienda en propiedad para dejar a esta mujer en la calle.

Se trataba de Patricia, una joven estudiante que había acudido en el 2011 al stopdesahucios de Azucena y que, tras cuatro años y tres meses, se veía en un juicio acusada de una supuesta agresión indemostrable e invisible ante numerosos testigos y cámaras de medio mundo.

Se trataba de Esther, una viuda que asumió su responsabilidad como madre de cuatro hijas a las que, con menos de 500 euros al mes, no podía dar lo básico y, por ello, se equivocó y hurtó, pero más de 150.000 firmas comprendieron en una semana que la pobreza era la causa y que merecía el indulto.

Se trataba de Amejhor, que es nombre, más que propio, en propiedad del barrio de la UVA, una asociación de más de treinta años de labor social, que veía llegar el derribo de su local sin alternativa ni reconocimiento de ese Instituto maquiavélico de la Vivienda que, ahora, trata de camuflar sus nombres y sus vergüenzas.

Se trataba del Rosa Chacel, un instituto al que se mutilaba al suprimir la oferta de enseñanzas obligatorias para que otros hagan caja.

Comenzaba así marzo y, entonces, llegó la incertidumbre, ese principio de la mecánica cuántica enunciado por Werner Karl Heisenberg en 1927 para hacernos ver, desde el mundo subatómico, lo que ocurre en el día a día. Según lo explicado por este físico alemán, si, en un momento dado, hay certeza de conocer el movimiento lineal de un electrón, entonces, habrá incertidumbre en conocer su posición, o al revés. Esto se produce por el instrumento o proceso de medición, que interfiere en uno de los dos hechos.

Aplicado el principio al marzo que nos ocupa y utilizando como instrumento de medición la información mediática en los casos de Rosa, Patricia, Esther, Amejhor y el Rosa Chacel, no podemos tener certidumbre sobre si Rosa se hubiera quedado en la calle o hubiera logrado una solución social, tampoco en lo relativo a la entrada de Esther o Patricia en prisión, incluso al logro o no de un local para la asociación de la UVA o de la permanencia por un curso más de 4.º de la ESO en su instituto.

Pero este medio, Hortaleza Periódico Vecinal, que ha sido instrumento de medición en esos casos, es, a su vez, objeto de un experimento en el que la certidumbre sobre su futuro no puede determinarse de forma lineal en sus ediciones al tiempo que se fija la posición o tirada de ejemplares de cada número.

El instrumento de medición que influye en la certeza se llama Enamórate, la campaña de financiación que influirá en la velocidad y densidad de este átomo denominado Hortaleza, que es todo un universo habitado por 173.966 partículas en movimiento que, ahora, se disponen a votar sus primeros presupuestos participativos. ¿Qué incertidumbres nos aguardan? Si, ahora, tenemos la certeza de poder participar, ¿nos quedamos con la incertidumbre de la densidad en participación? ¡Bendita o maldita incertidumbre!

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