Neruda escribió Difícil es ser otoño, fácil ser primavera”. No cabe duda de que en otoño volvemos a ser quienes éramos, porque en verano eso se nos olvida; en octubre nos sumirnos de nuevo en lo cotidiano, en nuestras rutinas de casi invierno, en los quehaceres domésticos, en las horas fijas, en los caldos y pucheros y buscamos el sol en la mañana fría del domingo.

Neruda comparaba el otoño con un jinete que galopando huía del negro invierno. Y, sí, viene negro, para qué engañarnos. Hemos pasado tanto estos años que, ahora, volver a arrimar el hombro, aguantar un poco más, esperar a que todo mejore, no puede ser tan complicado, hemos aprendido a ser otoño, venimos entrenados.

En pocas semanas, recogeremos las hojas color ocre de nuestros árboles hortalinos, esos grandes plátanos que a veces se curvan con el viento y nos dan más de un susto, y verán que, cuando menos se lo esperen, volveremos a caminar entre los brotes de lo que parecía muerto.

Quizá seamos más felices si sacamos provecho a cada estación, a cada momento que la naturaleza nos regala, siempre, o casi siempre, puntual. Quizá, este año, no haya sorpresas, no haya plagas, ni heladas. Quizá, este año, vivamos nuestra vida sin sobresaltos. Aunque nunca hemos sido más barrio que cuando salíamos todos juntos a aplaudir, o cuando hacíamos la compra a los mayores o cuando nos dejábamos los picos y las palas para retirar el hielo de la calle que compartíamos.

Esta columna va dedicada a mi vecina, a la mujer joven y risueña que miro a través de mi ventana

Yo lo echo un poco de menos, sí. Con esto no quiero decir que quiera que nos lluevan langostas la semana que viene, ni que una riada se nos lleve la iglesia de San Matías o un rayo parta en dos el Silo, no me malinterpreten.

Tan solo rememoro aquellos días en los que conocí a muchos de mis vecinos. La familia de la esquina, por ejemplo, a la que solo veía cargar y descargar el coche, o salir a manifestaciones los domingos, se convirtieron en mis mejores aliados con la pala quitanieves y, unos meses después, ya charlábamos de nuestras cosas mientras acariciaban el lomo a Elvis.

Hoy, me alegra siempre cruzarme con ellos, sé que lo están pasando muy mal, que la enfermedad ha acampado en sus vidas para no marcharse, sé que mi vecina, una mujer estupenda, joven, risueña, alegre y generosa, sufre y lucha.

Tener ese dolor tan cerca y no poder hacer nada, me produce una terrible desazón, un desasosiego que no logro sacudirme; por eso no hay que dejar nunca de asomarse a la ventana, a la vida; juguemos con las hojas secas, dejemos que la lluvia lo limpie todo, recibamos al frío con sus facturas del gas, la luz y la nueva cuota hipotecaria, como si fuera la consecuencia de estar vivos, porque, al fin y al cabo, vivir es nuestro regalo, lo demás es siempre circunstancial. “Así de las raíces oscuras y escondidas podrán salir bailando la fragancia y el velo verde de la primavera”, decía el poeta al final del poema.

Esta columna va dedicada a mi vecina, a la mujer joven y risueña que miro a través de mi ventana.

(Visited 43 times, 1 visits today)