Es una cruel paradoja, pero mientras el coronavirus se lleva por delante a miles de personas y los humanos nos refugiamos bajo techo frente a la pandemia, ahí fuera la vida se abre paso con fuerza. Los campos florecen y la fauna campa estimulada por una primavera que dentro de casa se percibe ajena, como arrebatada.

Sin embargo, el cambio de la hora, ese artificial ajuste del reloj que alarga las jornadas de un día para otro, nos sacó este domingo del letargo por decreto, empujándonos a ventanas y balcones para reencontrarnos, incluso ilusionados, con nuestro vecindario de siempre.

Desde hace dos semanas, Hortaleza como toda España, emulando lo que ya se hacía en la Italia confinada, se asoma puntual a las ocho de la tarde para aplaudir al personal sanitario, un reconocimiento que se extiende a todos y todas las profesionales que nos cuidan en estos tiempos de zozobra y aislamiento. Y esta vez, el espectáculo era novedoso, porque la luz alumbraba rostros que hasta ahora intuíamos en penumbra.

Los aplausos están siendo un momento de encuentro vecinal. SANDRA BLANCO

El domingo estaba siendo soleado e invitaba a salir de casa. Pero nos conformamos con volver a asomarnos, con el aliciente de toparnos de nuevo con los vecinos y vecinas de enfrente, con palmear al compás de todo un barrio y vernos sonrientes. Con comprobar que todo el mundo, nuestro mundo, sigue ahí a pesar de todo.

La escena fue mimética en todos los rincones del distrito: Canillas, Manoteras, Valdebebas, Sanchinarro, la UVA o Parque de Santa María, donde los aplausos, al revés que en un concierto, fueron preámbulo de la actuación de un vecino que propagó canciones a los cuatro vientos.

No nos hemos dado cuenta, pero estos días estamos protagonizando, sin salir de casa y sin pretenderlo, las manifestaciones más multitudinarias de la historia del barrio. Miles, decenas de miles de personas, aplaudiendo al unísono salvando todas las distancias. Si lo hubiéramos ensayado, no habría salido tan perfecto.

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