Nemesio Aguado guarda en su casa espigas de trigo de su última cosecha. Es el recuerdo de una larga vida dedicada a la agricultura, pero también el vestigio de un mundo que ya no existe. Aquella cosecha fue la última en la historia de Hortaleza, donde nació Nemesio hace 94 años. Un pueblo con siglos de tradición agraria inundado por un mar de bloques de ladrillo, dejando varado en medio de la gran ciudad a este incansable labrador. “He sido el mayor cosechero de trigo de Hortaleza y Canillas”, proclama.

La historia de Nemesio es un constante viaje de ida y vuelta por el kilómetro que separaba los antiguos pueblos de Hortaleza y Canillas, anexionados a Madrid en 1949 por decreto franquista. “Mi madre era de Hortaleza y mi padre de Canillas”, cuenta con una memoria prodigiosa este hombre espigado como el trigo que cosechaba.

Sus padres repartieron hijos entre los dos municipios: cinco nacieron en Canillas y otros cinco en Hortaleza, como Nemesio, que vino al mundo el 31 de octubre de 1925 en la calle de las Norias, no muy lejos de la finca de Huerta de la Salud, donde comenzó a trabajar con 14 años como ayudante de hortelano.

Nemesio Aguado, con las espigas de trigo de su última cosecha. DAVID NAVARRO

“Me dedicaba a regar y a llevarle las cosas a la dueña. De vez en cuando me mandaba subir al torreón a por pichones para ella, pero era un brijal, y cogía unos para ella y otros para mí. Los escondía en la arqueta que teníamos para regar y me los llevaba a casa”, relata divertido Nemesio, conocido en Hortaleza como Canete por el mechón blanco que brotó en su cabellera de joven.

Conocido en Hortaleza como Canete, labró durante décadas la zona que hoy es Valdebebas

En la Huerta de la Salud, los días que faltaba un labrador, Nemesio se ponía a arar con las mulas. “Y me daban tres pesetitas, o sea, alpargatas rotas”, recuerda con menos entusiasmo.

Después trabajaría de peón albañil, como hacían la mitad de los hombres del pueblo. “Pero estábamos más tiempo parados que trabajando”, asegura, por lo que comenzó a tantear otras opciones para llevar pan a casa, porque entonces ya era padre de familia.

INFIERNO EN VALLECAS

Si su padre canillense encontró el amor en Hortaleza, Nemesio lo hizo en Canillas, donde se casó con Margarita, con la que tuvo a sus dos hijas. Fue a principios de los cincuenta, cuando se convirtió en bombero de Madrid porque allí “se ganaban 600 pesetas”, precisa dicharachero antes de rememorar el día más difícil de su vida.

El 1 de julio de 1956, un cortocircuito incendió un almacén de maderas en la calle Crucero de Baleares, en Puente de Vallecas, extendiéndose a las tres plantas del edificio. Nemesio, junto a cinco compañeros, entró en el inmueble para sofocar las llamas, y se desplomó con todos ellos dentro. “Cinco muertos y uno vivo, solo yo. Me cayó una carga de hormigón sobre la pierna, todavía la tengo jodida”. Sobrevivió a un infierno en el que fallecieron en total 14 personas.

TRACTOR DE SEGUNDA MANO

Tras el incendio, Nemesio compensó el afecto de sus paisanos durante su convalecencia invitando a todo el pueblo a chuletas y vino en el mesón Garnacho de Hortaleza. Después colgó el traje de bombero, pero no se quedó quieto.

Nemesio, con dos mulas, a finales de los años cincuenta.

Regresó al campo para dedicarse por completo a la agricultura, arrendando al terrateniente y arquitecto César Cort, que acumulaba posesiones al este de Hortaleza, donde hoy se levanta el barrio de Valdebebas. “El administrador de César Cort me dijo: si quieres salir de bombero nosotros te damos toda la finca para que la labres”.

Nemesio, que siempre fue trabajador “en exceso”, compró un tractor de segunda mano que había visto anunciado en el periódico y se puso a labrar terrenos desde el Cerro de los Perros hasta el arroyo de Valdebebas. Un trabajo que casi siempre acometía solo.

“Me levantaba a las seis de la mañana y llegaba a casa a las ocho de la tarde”, explica este hombre enjuto, que asegura haber llegado a cosechar 150.000 kilos de trigo. “Me hubiera gustado que vierais el granero de trigo que tenía”, dice presumido.

Nemesio, con su tractor Ebro, frente su casa de Canillas.

ÚLTIMAS COSECHAS

Durante décadas, Nemesio sembró y cosechó hectáreas y hectáreas de trigo mientras otras tierras de labor, con viñas, olivares y almendros, se abandonaban. En ellas se asentaron familias del éxodo rural que buscaban prosperidad asentándose en las afueras de Madrid.

“Ahí he visto yo llegar a los andaluces y extremeños, pobrecitos, hacerse una chabola, y venir la Guardia Civil y meterles presos”, cuenta rescatando de la memoria los asentamientos ilegales que formarían barrios como Las Cárcavas, antes de que las constructoras levantaran los bloques de viviendas que transformaron Hortaleza y Canillas en una parte integrada de la ciudad.

La construcción de los recintos feriales de IFEMA condenaron sus últimas tierras de trigales

Acorralado por la sucesiva urbanización de los terrenos rústicos, Nemesio apagó el tractor definitivamente en 1990. “Fueron 500 fanegas en los parajes de Valdecarros, Cerro de Cabeza Gorda y Valdefuentes”, apuntaba Juan Carlos Aragoneses en 2013 en el artículo «El último agricultor», publicado en este periódico vecinal.

El Plan General de Ordenación Urbana de Madrid había condenado sus últimas tierras de trigales, proyectando sobre ellas los nuevos recintos feriales de IFEMA. De aquella cosecha guarda Nemesio doradas espigas de trigo que besa como si fueran un tesoro. Espigas que recuerdan el campo enterrado bajo el asfalto de Madrid.

 

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