«Los dos oseznos siguieron a la osa hasta el fondo de aquella oquedad en la montaña que llamaban “casa” cuando empezaban a caer los primeros copos del invierno. Antes de entrar, giraron la cabeza y, con las orejas gachas, dijeron adiós al mundo exterior. Nunca antes en su corta vida les había pasado esto, pero su madre ya les había explicado que durante muchos días se quedarían muy quietos y no podrían salir al exterior. Se llamaba “hibernar” y, cuando llegase la primavera y pudiesen volver a salir al exterior, todo sería una explosión de primavera en la que el mundo les parecería totalmente limpio y nuevo, como un regalo recién sacado de su envoltorio una mañana de Navidad».

Hace muchos años que en Hortaleza o en Madrid el único oso que campa a sus anchas por nuestros valles y bosques en primavera es la Ursa rampante con su inseparable madroño. Sin embargo, muchos niños y niñas de Hortaleza se habrán sentido identificados con los dos ositos de nuestra historia en las últimas cinco semanas y, especialmente, este último domingo.

Durante más de un mes, todos ellos han permanecido en sus casas, como los oseznos en la oseras, para proteger y protegerse durante lo más fiero de este inverno atrasado en el que se han convertido marzo y abril. Muchos los han llamado héroes y heroínas sin capa, e incluso los mayores han salido a aplaudirles en los balcones como señal de reconocimiento.

Con los colegios y los parques cerrados, sus días se han visto reducidos a las paredes de sus casas, los libros, los deberes, la televisión y los ratos de juegos en familia, pero todo con la promesa de que un día, más pronto que tarde, podrían volver a salir a tomar las calles y desperezarse de su hibernación.

Este domingo, muchos han amanecido muy temprano para asegurarse de que no era un sueño y que podrían salir a la calle

No es fácil explicar algunas cosas a los pequeñuelos: ¿por qué ayer no se podía y hoy, sí?, ¿me voy a contagiar?, ¿me tendré que duchar al volver a casa?, ¿puedo hablar con la gente y saludar a mis amiguitos si los veo?… A veces, hasta nos cuesta a los mayores, pero nuestros niños lo han entendido desde el principio, aunque les haya costado algún lloro o una rabieta.

Por eso, este sábado, muchas casas de nuestro barrio han apagado las luces con los mismos nervios que una noche de Reyes cualquiera después de haber recogido caramelos en la Cabalgata Participativa. Este domingo, muchos han amanecido muy temprano para asegurarse de que no era un sueño y que podrían salir a la calle.

Desde la puerta ya se podía ver a padres y madres con niños recorriendo las calles. Todos con ojos de sorpresa, como si la luz y las hojas verdes de los árboles fuesen nuevas; todos mirando el mundo como si lo estuviesen aprendiendo por primera vez. Algunos con cierta aprensión de separarse un metro de su padre o su madre y muchos nerviosos como si temiesen haber olvidado cómo era el mundo.

Muriel, Jana y Néstor, en el parque Villa Rosa-Paco Caño este domingo. SANDRA BLANCO

«La calle huele a primavera», dice Jana mientras descubrimos que en el Jardín de Josefa Arquero han salido matas de hierbas en casi todas las esquinas. «Oh, ahora ya no tiene las flores», señala Muriel al pasar por delante de un pruno que antes del confinamiento estaba cargado de flores rosáceas y ahora luce frondoso en un tono rojo intenso.

Durante el paseo, las calles parecen volver a la normalidad de los domingos por la mañana, con sus niños en patines o en bicicleta, los bebés en sus carritos o el niño que chapotea con la mano en la fuente de la plaza de Victoriano Elipe Sánchez.

De camino al carril bici de la M-40, muchos niños y niñas caminan con sus padres guardando las precauciones que traen aprendidas de casa. En el parque Villa Rosa-Paco Caño, hermanos y hermanas juegan en la hierba o buscan ranas en el riachuelo mientras no se olvidan de mantener las distancias y de no caerse al agua.

Lo que más se echa en falta son los abuelos en tranquilo paseo por el vecindario o sacando a sus nietos a tomar el aire para abrir el apetito

Sandra, la fotógrafa del periódico, va retratando todos estos momentos y las caras de felicidad de los pequeños, mientras Julia ofrece mascarillas de tela de tamaño infantil que han confeccionado vecinas y vecinos. Ha sido solo una hora, pero el sol, el paseo, alguna carrera y algún juego han sido más que suficiente para volver a casa con las pilas cargadas para otro día más, otro día menos.

«Recuerda que los oseznos pasaron meses y meses en su osera mientras fuera nevaba y la ventisca cegaba los caminos. Nosotros, ahora que ha pasado lo peor del invierno, podemos salir un ratito cada día… Y pronto, muy pronto, volveremos ahí fuera», añadirá esta noche al acabar la historia el narrador.

Se echa de menos los bares abiertos a la hora del vermú, el bullicio de las terrazas al sol del mediodía o los corredores y los ciclistas en las cercanías del anillo verde… Pero lo que más se echa en falta son los abuelos en tranquilo paseo por el vecindario o sacando a sus nietos a tomar el aire para abrir el apetito.

Este domingo los niños han tomado las calles y los abuelos siguen en sus casas. Hoy han sido los niños los que han abierto la puerta hacia una nueva normalidad, pero anhelamos el día en que volvamos a las calles, las plazas y los parques todos juntos y nos volvamos a abrazar como antes.

Néstor y Muriel juegan en el reloj solar del parque de Villa Rosa. SANDRA BLANCO

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