No para de crecer como un escritor referencia del siglo XXI. Isaac Rosa (Sevilla, 1974), que fue vecino de Hortaleza durante casi quince años, nos ofrece en Lugar seguro, premio Biblioteca Breve 2022, una sorprendente novela; un torrente de sentimientos e ironía que emociona en la crítica social. Isaac reside en Sevilla desde hace cerca de cuatro años, pero se sigue sintiendo un hortalino más.

PREGUNTA: Lugar seguro es una novela de hilarante humor, vinculada con la tradición picaresca, y a la vez una crítica a la sociedad actual, aunque el futuro está muy presente en el relato, ¿en tus intenciones era más obra de humor o crítica social? Es tu libro más divertido…

RESPUESTA: Me alegro de que la hayas leído así, pues intentaba una novela divertida. No una comedia, sino más bien una comedia amarga, de esas que te ríes pero a veces se te queda la sonrisa congelada. Y sí, como en la picaresca, los protagonistas son buscavidas que persiguen el dinero fácil y el ascenso social, pero están condenados a fracasar como los viejos pícaros.

Un vendedor de búnkeres low-cost para las clases sociales más humildes: ¿realidad o ciencia ficción?

De pronto los últimos acontecimientos (la guerra en Ucrania) han dado otra capa de lectura a la novela con la que obviamente yo no contaba. Hay quien me dice visionario por hablar de búnkeres en un momento en que hay gobernantes pronunciando (muy a la ligera, creo) “Tercera Guerra Mundial” o “amenaza nuclear”. Yo digo en broma que si fuese un visionario no habría escrito una novela sino montado una empresa de búnkeres. Bromas aparte, no contaba con una guerra que acompañase la salida de mi novela, claro, no es una suerte sino una desgracia, y ojalá hoy tuviese que esforzarme en explicar por qué es verosímil un negocio de búnkeres, y no como sucede estos días, que todo el mundo lo lee y lo da por posible. En cualquier caso, el producto búnker existe ya, hay empresas que ofrecen refugios domésticos, solo que por ahora es un producto exclusivo, para las clases altas. Lo que plantea mi novela es su popularización y extensión vía low-cost, como suele ocurrir con todos los productos y servicios que inicialmente son para una minoría y acaban encontrando su versión asequible.

El individualismo y la obsesión por el dinero, por lo material, es algo enfermizo en la obra. Los botijeros son la alternativa, ¿quiénes son los botijeros?

“Botijero” es el término despectivo, caricaturesco, con que el protagonista se refiere a quienes intentan cambiar las cosas, aquellos colectivos que no se resignan al búnker y defienden otras formas de seguridad contra el “sálvese quien pueda”. Aclaro que se trata del protagonista, porque un malentendido común es confundir al narrador con el autor, y ya hay quien pone en mi boca opiniones de Segismundo García sobre el activismo o las alternativas transformadoras. Yo quería mostrar esa alternativa al búnker, las propuestas y experiencias que ya existen, y proyectarlas hacia el futuro. Lo que pasa es que lo vemos a través de los ojos de Segismundo, él es quien nos lo cuenta, y el lector tendrá que decidir si se fía o no, si le compra el discurso a Segismundo; si los ecomunales o botijeros son, como él dice, “la revolucioncita de cada generación” que no va a ninguna parte, o si por el contrario hay un potencial transformador que Segismundo no ve, no quiere ver, o no quiere que veamos, pues va en contra de su negocio y de su visión del mundo.

Eres un gran defensor y practicante de lo público, aunque en Lugar seguro la esperanza está en lo colectivo, en cierta gente. ¿Te estás desengañando de lo público?

No, al contrario. Cualquier intento de transformación social tiene que contar con lo público, ampliarlo y democratizarlo. La alternativa al búnker, el real y el metafórico, no puede ser la iniciativa privada, por muy colectivista que sea. Pero los ecomunales de la novela creen, desde un pragmatismo utópico, que para conseguir grandes transformaciones (que incluirán, por supuesto, lo público) hace falta un cambio de mentalidad, un nuevo sentido común, que esperan lograr mediante la práctica (“hacer, hacer, hacer”), la extensión de nuevas formas de organización, nuevas prácticas de vida, que cambien mentalidades y faciliten unos cambios mayores que, de otra forma, encontrarían resistencias.

"Ternura es una palabra importante. Para el futuro necesitamos esperanza pero también ternura"

El ascensor social”: ¿una terrible realidad en la novela y en nuestras vidas?

Es una imagen que nos acompañó unos años, tal vez un par de generaciones, desde el final del franquismo en España, desde la posguerra en Europa, y que permitió que los hijos de la clase trabajadora fuesen a la universidad y ampliasen sus horizontes laborales y vitales. Pero hace ya un tiempo que se averió, se quedó parado, y la movilidad de clase se ha bloqueado mientras aumenta dramáticamente la desigualdad social.

Los tres Segismundo García son unos tarambanas, aunque son personajes complejos que despiertan ternura en el lector, sobre todo el narrador, y al lado de ellos, las mujeres del relato son infinitamente más valiosas como personas.

Ternura es una palabra importante, no solo en la construcción de personajes. Para el futuro necesitamos esperanza pero también ternura. En cuanto a la novela, yo no quería unos personajes que provocasen un rechazo absoluto, sino que los amemos y odiemos en distintos momentos; que a veces sintamos rechazo por no estar de acuerdo con lo que uno hace o dice, pero otras veces el rechazo nos lo provoque estar de acuerdo con él, reconocernos en un personaje así.

Pero intentando también que esa ternura se abriese paso y fuese perforando el blindaje emocional y moral de alguien tan cínico como Segismundo García. Por contraste, sí, las mujeres ponen el contrapunto en la novela, y es algo que me han criticado ya en varias reseñas, que deje para las mujeres el lado luminoso de la historia. Es intencionado: yo quería mostrar por un lado una forma de ser que podemos identificar con cierta idea de masculinidad vieja y que por fortuna va quedando atrás (los García de la novela no saben relacionarse entre ellos, dicen que nunca han sido muy “de tocarse”), y por otro reconocer el protagonismo de las mujeres en tantos activismos hoy, empezando obviamente por el feminismo y siguiendo por la lucha contra los desahucios o la juventud contra la emergencia climática, activismos en donde sobre todo he visto mujeres a la cabeza.

La última frase del libro está dedicada a Hortaleza. En los agradecimientos, tras reconocer la aportación de tu amigo José Manuel López, hortalino cofundador de la emisora comunitaria Radio Enlace además de político, cierras la obra así: Y a la buena gente resistente de Hortaleza, de quienes tanto he aprendido”. Esto es enormemente emotivo para la gente de Hortaleza, que ya sabes que te quiere y que te sigue con admiración, ¿cuánto viviste en Hortaleza y qué representa este antiguo pueblo en tu vida?

Yo estoy muy agradecido y reconozco mi deuda con tanta buena gente del que sigo llamando “mi barrio” pese a llevar ya casi cuatro años viviendo lejos. Además de muy buenos amigos, en Hortaleza conocí lo más parecido a esa “comunidad” que defiende la novela como alternativa al búnker, gente solidaria, siempre dispuesta, que defiende y practica el apoyo mutuo y el cuidarnos unos a otros, siguiendo una larga tradición de luchas sociales en el barrio. He vivido con mi familia casi quince años en la zona de Parque de Santa María, desde 2005. Mis hijas estudiaron en el Filósofo Séneca, del que guardamos un precioso recuerdo y mucho agradecimiento, y me enorgullece haber podido participar en colectivos, asociaciones y movilizaciones en el barrio. No teníamos familia en Madrid, y con niñas pequeñas todo habría sido mucho más difícil sin ser parte de nuestra tribu hortalina. Dicho lo de “tribu” con todo el cariño, en el sentido en que Carolina del Olmo nos recordaba cómo para criar a un hijo hace falta toda una tribu, para romper con la individualización y privatización de los cuidados.

“A Hortaleza lo sigo llamando mi barrio, a pesar de llevar ya casi cuatro años viviendo lejos”

¿Por qué es gente resistente” la de Hortaleza?

Es un barrio con una larga historia de luchas vecinales desde el final del franquismo, y eso ha dejado una profunda conciencia de comunidad, de pertenencia, de identidad incluso, pero siendo siempre una comunidad inclusiva y abierta, que se mantiene generación tras generación y ha sobrevivido a la ofensiva ideológica neoliberal. No creo que haya muchos barrios con esa conciencia y con una trama tan rica de activismos de todo tipo y espacios compartidos. La resistencia ha quedado demostrada en numerosas luchas, siempre marcadas por la defensa de lo público y lo común, y en solidaridad con los más vulnerables. Lo mismo para mantener la Cabalgata contra viento y marea, que para salvar espacios siempre amenazados de privatización y saqueo, o para defender los servicios públicos; pero también formas de apoyo mutuo y cooperación. En tiempos de neoliberalismo, en tiempos de búnkeres metafóricos, esa resistencia es admirable, y a mí me ha inspirado en muchos momentos. El protagonista de mi novela diría que Hortaleza es un barrio botijero. No todo, claro, pero sí una parte importante e imprescindible de sus habitantes.

¿Cuál es la Hortaleza de Isaac Rosa?

La pandemia y circunstancias familiares me han alejado del barrio más de lo deseable, pero con mis hijas hacemos memoria a menudo de tantos sitios que seguimos sintiendo como nuestros, vinculados a buenos momentos, y que por supuesto echamos de menos. El parque de Huerta de la Salud fue nuestro patio de juegos infantiles durante años, lugar de encuentro con los amigos. El pueblo de Hortaleza con su trazado y construcciones todavía de pueblo, como una isla en medio de la gran ciudad. La posibilidad de salir de Madrid andando, corriendo o en bici, salir por Valdebebas hacia Alcobendas o por Sanchinarro y las Tablas hacia Valdelatas o El Pardo y en seguida encontrar campo. El colegio Filósofo Séneca y su fantástica comunidad educativa, tanto profesores como familias. La UVA, que hemos visto desaparecer poco a poco. La librería Mar Negro, que fue nuestra librería amiga muchos años; el kiosco de Lola en Santa Adela, el local siempre acogedor y creativo de Danos Tiempo. Por supuesto La Unión de Hortaleza, de donde salieron tantas cosas buenas; y las fiestas vecinales organizadas por nosotros mismos, el día del Árbol, Juan y Juana, la cabalgata… Y las bibliotecas, tanto Huerta como la de “la cátedra”, en las que he escrito y corregido buena parte de mis libros.

Te echamos de menos: ¿volverás a Hortaleza?

Ahora vivimos en Sevilla, ciudad más amable que Madrid por muchos motivos, pero claro que echamos de menos nuestro barrio. No sé si volveremos, pero siempre estaremos vinculados y agradecidos.

Foto de Iván Giménez (Seix Barral)

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