La población de Hortaleza se puede segmentar en tres generaciones por cómo se refieren al centro comercial Gran Vía de Hortaleza, porque nadie lo llama por ese nombre. Para los más jóvenes es el carrefour, a secas. La población de mediana edad se distingue por haberlo conocido como el pryca, mientras los mayores apostillan que allí se jugaba al fútbol cuando aquello era campo. Lo llamen como lo llamen, todos lo conocen. En el barrio es más fácil toparse con un extraterrestre que encontrar a alguien que nunca haya pasado una tarde dentro de la primera gran superficie de Hortaleza, que abrió sus puertas hace 30 años cambiando para siempre los hábitos de consumo del vecindario.

La Gran Vía de Hortaleza fue un proyecto urbanístico que pretendía coser definitivamente los entramados de Hortaleza y Canillas, dos antiguos pueblos fundados en el medievo a ambas orillas del arroyo de Rejas, que discurría por el lugar que hoy atraviesa una avenida que reservó su mejor parcela, ubicada en el centro del distrito, a una gran superficie comercial promovida el grupo francés Trema. Con 19.000 millones de las antiguas pesetas se levantó un centro “multifuncional” que integraba 17.000 metros cuadrados de oficinas y 29.000 de zona comercial, repartidos entre 69 tiendas y el hipermercado Pryca, además de cuatro plantas de aparcamiento subterráneo para alojar más de un millar de vehículos. Un edificio que parecía gigantesco y no tenía parangón en un barrio que acusaba cierto “déficit comercial”, según el entonces concejal presidente de Hortaleza, Jorge Tapia, del Partido Popular. “El Ayuntamiento apoya decisivamente a la iniciativa privada”, proclamó el edil en la inauguración del reluciente centro comercial Gran Vía Hortaleza el 2 de diciembre de 1992.

Vista aérea de la parcela del centro comercial tras su vaciado.

El centro comercial, en 1992, con la construcción avanzada.

La apertura fue el acontecimiento del año. El centro comercial se convirtió pronto en lugar de peregrinación para vecinos y vecinas de todas las edades. Muchos jubilados se especializaron en la búsqueda y captura de las degustaciones gratuitas que se ofrecían en el hipermercado. Las familias acudían motorizadas al reclamo de ofertas con las que llenaban el maletero y la despensa. Los más pequeños suspiraban por ir al flamante Burger King y zambullirse en su piscina de bolas, mientras adolescentes de todo el distrito hacían expediciones hipnotizados por zapatillas, prendas y artilugios que hasta entonces solo veían por televisión y ahora quedaban al alcance de su mano. Tan cerca que la tentación era irresistible: robar en el Pryca fue rito de paso para la chavalada del barrio y muchos acababan visitando el cuartito de los vigilantes de seguridad. Allí se formaban unas colas que ni en la pescadería.

"Fue tremendo, venía gente incluso de fuera de Madrid. Se perdían niños, incluso maridos, y tenías que avisar a sus mujeres por megafonía”

“Al principio no tenían alarmas ni la ropa, ni el calzado, ni los productos de informática. Tampoco existían paneles detectores en las cajas, y había mucha habilidad y pillería. Yo me encontraba a clientes que escondían salmón ahumado y jamón de Jabugo debajo de las cajas de leche”, cuenta risueña Mari Carmen Navas, de 69 años, que trabajó en el hipermercado desde la jornada de apertura hasta su jubilación en 2018.

Ella fue una de las 300 cajeras que estrenaron el Pryca. “Fue una suerte, porque vivo enfrente, en la calle Torquemada, y cuando empezaron las obras presenté la solicitud. Yo puedo decir que nunca he llegado tarde al trabajo, porque solo tenía que cruzar la calle”, apostilla riendo, aunque los primeros días fueron duros. “Era horrible porque no sabías a qué hora ibas a salir. Fue tremendo, porque los fines de semana venía gente incluso de fuera de Madrid. Se perdían niños, incluso maridos, y tenías que avisar a sus mujeres por megafonía”.

Estantes en el antiguo Pryca de Hortaleza en 1999, con los precios todavía en pesetas. DORA CORRAL

El centro comercial Gran Vía de Hortaleza trajo 650 puestos de trabajo directos, aunque tuvo un efecto devastador en el pequeño comercio y supuso el principio del fin para muchas tiendas familiares. “Aquello ha sido la mayor ruina del barrio”, resume Paco Bermúdez tras el mostrador de su carnicería, en el mercado de López de Hoyos, donde ha pasado los últimos 50 años: entró a trabajar como aprendiz con 14, recién llegado del pueblo, cuando la galería comercial de Pinar del Rey era “la mejor de todo Madrid”.

“Aquí vendíamos burradas”, hace saber Paco, el último tendero que resiste en el mercado. Hace 30 años, en los 56 puestos de la galería se trabaja a destajo. “A las ocho y media de la mañana teníamos a gente esperando a que abriera el mercado. Pero el centro comercial nos dio la puntilla, y desde entonces todo ha ido bajando. Mi clientela tiene una media de edad de 80 años, porque aquí no viene nadie que sea joven”, lamenta el carnicero, que cuenta los meses para jubilarse el año que viene.

COCHE BOMBA

En 1992 el enorme Gran Vía de Hortaleza no tenía rival en el distrito. Apenas competía, y con ventaja, con el centro comercial Colombia (inaugurado en 1989) que era mucho más pequeño. Durante años solo sintió una amenaza por su proximidad al complejo policial de Canillas: el terrorismo. El 20 de marzo de 1996, ETA aparcó un Citröen ZX robado con 28 kilos de explosivos junto al centro comercial. Una integrante de la banda avisó de la colocación del coche bomba. Todo el edificio fue desalojado, también las viviendas situadas en un radio de un kilómetro, mientras un robot que parecía sacado de la película Cortocircuito desactivaba el artefacto alojado en una olla en el interior del maletero.

El centro comercial renovará su fachada en los próximos meses: "Es una reforma que pedía a gritos"

La verdadera competencia llegaría a finales de 1997, cuando El Corte Inglés abrió un Hipercor de Campo de las Naciones con 23.000 metros cuadrados de espacio comercial. En 2003, tras años de retraso, también lo hizo el Palacio de Hielo, una mole construida en suelo municipal de uso deportivo. Ambos proyectos contaron con el visto bueno del Ayuntamiento de José María Álvarez del Manzano (PP) aunque desafiaran la normativa urbanística: El Corte Inglés excedió en 11.300 metros cuadrados la superficie autorizada, mientras la lista de irregularidades del Palacio de Hielo es interminable.

“Cuando abrieron se notó, y después también con los Mercadona”, asegura Mari Carmen Navas, que se jubiló cuando el centro comercial Gran Vía de Hortaleza ya había pasado por completo a manos de Carrefour. Además del hipermercado, la multinacional francesa también gestiona mediante su filial Carmila la propiedad del resto de establecimientos, que intentan sobreponerse a la resaca del Covid y a la deserción de clientes por el comercio online.

“Durante este año hemos recuperado las ventas perdidas con la pandemia y prevemos una importante mejora de crecimiento en 2023”, explica Jon de Vega, actual gerente de Gran Vía de Hortaleza, que relativiza el impacto de comercio electrónico en sus establecimientos. “Tenemos uno de los hipermercados con más venta y tráfico de España, y no nos afecta mucho porque somos más de comercio de proximidad, sin tiendas de grandes marcas”, argumenta. Sin embargo, varios locales han echado el cierre, y el centro comercial prepara un buen un lavado de cara para modernizarse. En los próximos meses se renovará por dentro y por fuera, remozando hasta la fachada del edificio, que no se ha tocado en los últimos 30 años. “El centro pedía a gritos esta reforma”, sentencia el gerente.

Recreación del aspecto que tendrá la fachada del centro comercial tras su reforma.

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