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Los últimos mercados de Hortaleza

Cuando se cumplen 25 años de la apertura del primer gran centro comercial de Hortaleza, seis galerías tradicionales resisten a la constante proliferación de nuevos supermercados en nuestro distrito


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Los últimos mercados de Hortaleza

Foto Sandra Blanco

Los últimos mercados de Hortaleza
marzo 07
10:29 2018

Los grandes eventos de 1992 vinieron acompañados de transformaciones en las ciudades españolas que los acogieron. Los Juegos Olímpicos de Barcelona cambiaron el paisaje urbano de la capital catalana, y la Exposición Universal modernizó la Isla de la Cartuja incorporándola al entramado de Sevilla.

1992 también marcó un antes y después en nuestro distrito con la creación de la Gran Vía de Hortaleza. Una avenida que reservó un lugar privilegiado, justo en el centro del distrito, para construir la primera gran superficie comercial de Hortaleza, inaugurada el 2 de diciembre de 1992, con 35.000 metros cuadrados de oficinas, tiendas y un Pryca que cambiaron para siempre la forma de comprar del vecindario.

“En aquel momento pensamos que no iba a pasar nada, pero comenzó un paulatino cambio de los hábitos de consumo”, admite el presidente de la Federación de Comercio y Mercados de la Comunidad de Madrid, Javier Ollero. Las consecuencias del “boom de las grandes superficies” tuvo una repercusión inmediata en los tenderos de toda la vida que abastecían los hogares del barrio en sus puestos de las galerías comerciales, hasta entonces negocios muy rentables.

NOSTALGIA

Lo recuerda con nitidez Juan Francisco Bermúdez, Paco para la clientela, que lleva desde 1972 detrás del mostrador de una carnicería de la galería de López de Hoyos, cuando comenzó a trabajar como aprendiz con apenas 14 años.

“Esto era de locura, la gente venía incluso antes de que abriéramos, y no se paraba hasta las nueve de la noche, todos los días”, rememora, señalando la apertura del centro comercial Gran Vía de Hortaleza como el principio del fin para su negocio. “Mira cómo está esto y es sábado”, exclama oteando los pasillos de un mercado cercenado, con la planta baja convertida en un bazar chino, donde apenas se cuenta una docena de personas comprando sin necesidad de pedir la vez.

Mercado de la calle Nápoles / Foto Sandra Blanco

Las ventas han bajado entre un 50 y un 60%”, concreta Paco. “Antes éramos cuatro o cinco personas en la carnicería, y ya quedamos solo dos. Estamos subsistiendo, y yo aguanto porque me quedan cinco años para jubilarme. La gente joven no viene. Aquí la edad media de la clientela es de 80 años”, explica como en un desahogo.

La galería comercial de la calle López de Hoyos es una de las seis que resisten en nuestro distrito a la “brutal competencia” de los grandes operadores en una ciudad situada en los primeros puestos mundiales en número de supermercados.

Cada galería sobrevive con su fórmula, y los resultados son dispares. No muy lejos del mercado de Paco, la galería de la avenida de San Luis bulle los sábados con gente apelotonada en los pasillos esperando su turno frente a puestos con varios empleados y renovada apariencia.

Conchi, en su pescadería de la galería de la avenida San Luis / Foto Sandra Blanco

Aunque detrás del mostrador hay cierto poso de amargura, como expresa Alfonso Felipe, que heredó la pescadería de sus padres y la mantiene abierta 50 años después junto a su mujer, Conchi, a costa un “sacrificio” que se traduce en jornadas laborales interminables durante seis días a la semana, pero insuficientes para enfrentarse a la liberalización horaria que exprimen los centros comerciales. “El trato personal se está perdiendo, aquí la gente te cuenta su historia, sus problemas, les aconsejas, es algo de tú a tú”, cuenta sin dejar de filetear un pez con la maestría que dan años de oficio.

NEGOCIOS MÁS HUMANOS

Alfonso lamenta que el cambio en los hábitos de consumo ha fomentado el individualismo y la pérdida de contacto entre el vecindario. Los mercados no sólo son puntos de encuentro más amables y humanos, viene a reivindicar, sino también negocios más permeables a la realidad del barrio.

En Hortaleza, comercios de todas las galerías se sumaron a la iniciativa solidaria Tiendas Amigas, promovida por el 15M, para ofrecer descuentos a los clientes en desempleo, y ahora forman el grueso de los establecimientos que aceptan la moneda social Mola, que premia el reciclaje de residuos orgánicos para obtener abono natural. Iniciativas vecinales que fomentan el consumo de proximidad que elude la población más joven.

SIN RELEVO

Alfredo Peralta, sociólogo de consumo y profesor de la Universidad Complutense, sostiene que entre las familias jóvenes se han instalado “prejucios” que les alejan de los mercados tradicionales. “Al público joven no le gusta tener que conversar con el tendero, no quiere que le den charla ni que haya un intermediario a la hora de escoger los productos”, afirma este investigador que habla con conocimiento de causa, ya que su familia regentó una frutería en un mercado de Carabanchel, negocio del que no tomó el testigo.

La falta de relevo generacional tras el mostrador también compromete el futuro de las galerías comerciales, donde la jubilación de los tenderos es sinónimo de cierre definitivo en la mayoría de los casos.

Pescadería del mercado de Canillas / Foto Sandra Blanco

Ocurre en el mercado de Manoteras, donde Mari Carmen Avilés sigue despachando fruta junto a sus hermanos en el centro de una galería donde se acumulan los puestos con el cierre echado. “Aquí no viene gente nueva”, lamenta la mujer, reconociendo que ella no dejará el negocio en herencia como hicieron sus padres.

Un fenómeno que el presidente de los mercados madrileños analiza con autocrítica. “Nosotros mismos no hemos animado a nuestros hijos a continuar con nuestros establecimientos y les hemos encaminado a otras profesiones que considerábamos de mejor nivel social”, afirma Javier Ollero.

Con 48 años, Ángel Luis González es uno de los tenderos más jóvenes del mercado de la calle Nápoles, un lugar que hace décadas fue sagrado. La galería, la más antigua del distrito, llegó a albergar misas porque se construyó antes que la iglesia del Poblado de Canillas.

Este charcutero sí aceptó el reto de mantener el negocio familiar y ponerlo al día. La Veta, su establecimiento, vende por internet y mueve su marca en las redes sociales. “Pero es muy complicado económicamente porque nos enfrentamos a gente que tiene más herramientas, dinero, y también el favor de los políticos”.

Clientes ante un puesto de la calle Nápoles / Foto Sandra Blanco

Ángel Luis reconoce que el Ayuntamiento ha emprendido iniciativas para ayudar a los mercados municipales, pero Hortaleza es uno de los pocos distritos donde no existen, ya que todas las galerías son privadas, y no están apenas coordinadas ante la nueva amenaza: la proliferación de pequeños supermercados de las grandes empresas del sector que fagocitan incluso las antiguas galerías tradicionales.

CIERRES FORZOSOS

En el último lustro, tres mercados tradicionales de Hortaleza han cerrado para convertirse en supermercados. Ese fue el destino de la galería de Virgen del Carmen y, hace un año, del mercado de la calle Mar Negro, en el casco antiguo del barrio.

Allí, los últimos establecimientos seguían siendo rentables, incluso se resistieron al cierre forzoso al que les abocaba el propietario de la galería, que encontraba más lucrativa la posibilidad de transformar el local en la enésima franquicia de Ahorra Más en nuestro distrito.

Detalle de un puesto de encurtidos / Foto Sandra Blanco

Ante el asedio de los supermercados, el investigador Alfredo Peralta invoca al refranero: si no puedes con tu enemigo, únete a él. “Los mercados de barrio no tienen la batalla perdida aunque ellos crean que sí, y en muchas ocasiones, que se ponga al lado un supermercado puede ser una ventaja”, sostiene Peralta, porque advierte que también se ha producido un cierto desapego a las grandes superficies.

“Ahora lo cool es comprar en el barrio”, asegura este experto en consumo, resaltando el éxito del mercado municipal de Santa María de la Cabeza, donde conviven los tenderos de toda la vida con un supermercado.

Una fórmula que evitó la desaparición de la galería de la Carretera de Canillas. Ante el incesante cierre de puestos, primero una planta se transformó en gimnasio, y los puestos tradicionales se agruparon a la entrada del local, en el pasillo que conduce a un nuevo súper que el charcutero Fernando López, en la galería desde 1977, no siente como una amenaza, porque sabe que la calidad está en su mostrador. “A la gente le gusta comer bien, y a veces va al súper porque tiene prisa, pero si tiene un evento no se la juegan y compra aquí”, asegura.

Charcutería de Fernando López, en Canillas / Foto Sandra Blanco

En la galería comercial Las Pedroñeras, en el barrio de Villa Rosa, Miguel Ángel Martínez tampoco pierde la esperanza a sus 64 años, porque en su pollería, como en otros puestos del mercado, que cuenta con una atractiva página web, los clientes siguen formando filas y esperando turno.

“Podemos subsistir haciendo lo que hacemos, dar el mejor género posible, y con precios asequibles, con una calidad que no tiene nada que ver con un centro comercial. Si yo ofrezco lo mejor, la gente vuelve”, proclama Miguel Ángel mientras su mujer sigue atendiendo al personal. La entrevista es breve y nos tiene que dejar, porque se le acumula la clientela.

Viñeta de Agustín Jiménez

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Ray Sánchez

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