PUNTO DE PARTIDA: EL ESTANQUE DE ALBERTI

Cuando leí la entrada ‘El estanque de Alberti‘ que Juan Carlos Aragoneses publicó en 2013 en su blog Historias de Hortaleza me pareció muy curioso e interesante saber que a 15 minutos a pie de mi casa se conservaba una finca histórica, conocida popularmente (entre otros nombres) como Huerta de Mena o Los Almendros, que fue residencia de verano del famoso dramaturgo Carlos Arniches en la década de los años veinte.

Gracias a Hortaleza Periódico Vecinal, que volvió a publicar la entrada varias veces, me interesé de nuevo por la historia. Me llamó mucho la atención que en Huerta de Mena se celebraron encuentros en los que participaron intelectuales y artistas de la época de esplendor de la Residencia de Estudiantes e incluso deportistas; y que fue en esa finca, alrededor de un estanque, donde el poeta Rafael Alberti se inspiró, al conocer a la joven Victoria Amado, para escribir algunos de los versos que aparecen en Sobre los ángeles, uno de los libros de poesía referentes de la literatura de nuestro país.

Desde entonces todos aquellos datos recopilados por Juan Carlos centrifugaron en mi cabeza como si fueran las pistas del corcho de un detective. Estaba fascinado y enganchado con la historia. En 2019 volví a consultar la entrada del blog. Para su contenido, Aragoneses se basó en parte en los recuerdos de José María Amado y Arniches, un sobrino-nieto del reconocido autor teatral. Como el que hace un receso en el estudio y holgazanea sin ganas por la red, llegué hasta el final del documento y leí los comentarios de los lectores. Anónimo dijo: “Yo me he bañado en ese estanque”. Juan Carlos respondió: “Cuéntanos más, amigo”. Y ahí se quedó todo. Y ahí empezó todo. Fue como si ese vacío se dirigiera a mí para que uniera las piezas de un rompecabezas: “Vamos, zambúllete en el estanque: cuéntanos cómo era la finca; averigua de dónde vienen esos recuerdos del sobrino de Arniches; cómo fue la relación entre Rafael Alberti y Victoria Amado y qué aparece de todo esto en Sobre los ángeles; y por último, trata de reconstruir cómo eran esas veladas culturales. Empecé con la visita a Huerta de Mena, que más o menos, por los datos que había en internet, sabía dónde estaba.

HUERTA DE MENA O LOS ALMENDROS

La primera vez que merodeé por Los Almendros fue en mayo de 2020, cuando el Gobierno autorizó los primeros paseos permitidos en la pandemia. Teníamos muchas ganas prudentes de airear piernas y cabezas. La vegetación crecía salvaje por todas partes. Hortaleza olía a manzanilla y jazmín. Aunque la finca está situada entre vías de tren, autopistas y un parque empresarial, nos la tenemos que imaginar cuando en los siglos XIX y XX fue quinta de recreo y residencia de verano y estuvo aislada de ruido, coches y contaminación. Si te abstraes de todo eso puedes imaginar un día de verano a Carlos Arniches con su familia e invitados disfrutando del clima, el entorno y la calma del lugar.

El día que fui por Huerta de Mena había un taxista estirando las piernas. Subí a unos montículos cercanos desde donde pude ver parte del interior de la finca. El recinto estaba integrado por varios edificios con fachada blanca y amarillo albero y persianas verdes laminadas (durante el siglo XX sirvieron como residencia familiar, convento, hospital, colegio y cuartel), zonas arboladas, huertas, columpios, una piscina vacía y abandonada, ruinas de construcciones y un terreno que podría ser un campo de fútbol. A simple vista el edificio principal parecía un orfanato antiguo y todo tenía un aspecto fantasmal. Se respiraba silencio de cementerio. Era como si de repente sus inquilinos hubieran abandonado el lugar. En la puerta principal había unos carteles con grafitis y unas letras comidas por el sol que indicaban que había sido un centro terapéutico y de día de la Comunidad de Madrid conocido como “Residencia Los Almendros”. Y es que, como pude comprobar en internet, fue a finales de los noventa centro de desintoxicación y rehabilitación de drogodependientes que atendía a toxicómanas embarazadas. Cuando se escriben estas líneas, el centro- sin ninguna función social concreta- estaba regentado por las Madres Adoratrices.

Imagen aérea de la Huerta de Mena sobre 1960.

Después de todas las fases del plan de desescalada, el verano con el que hicimos lo que pudimos y la “nueva normalidad” declarada en junio, llegó octubre y el Gobierno decretó de nuevo el estado de alarma para hacer frente a la segunda ola de la pandemia. Volví a visitar la finca. Esta vez fui con mi hijo Mateo de cuatro años y con María, mi mujer, que tenía curiosidad por conocer el sitio. Llamé al interfono varias veces sin esperanza. Entonces se abrió la valla y apareció un chico joven, de unos cuarenta y tantos, vestido de negro con barba hipster, tatuajes y aspecto de técnico de escenario. Era el encargado de mantenimiento. Le expliqué que estaba investigando para un humilde concurso de historia del distrito y que me gustaría saber si se podía visitar la finca. Tal vez se ablandó con la estampa familiar propia de un cuadro de Murillo pero el caso es que fue amable y colaborativo. Una semana después me facilitó un correo electrónico de una de las madres adoratrices. Mandé varios correos electrónicos e incluso escribí cartas a mano, a la vieja usanza, que dejé en el buzón, tal y como me recomendó uno de los ángeles consejeros en esta investigación. No obtuve respuesta. Luego me enteré que, por un lado, había intereses empresariales en la finca y que, por otro, también la querían defender y declarar Bien de Interés Cultural. Entonces entendí que un chaval como yo, aunque fuera con buenas intenciones, no interesaba que estuviera por allí husmeando. Además, con el protocolo covid tampoco tenía fácil el acceso teniendo en cuenta que allí se encontraban monjas tal vez de edad avanzada. Así que respeté la situación, no perdí la esperanza de poder visitar algún día Los Almendros y seguí investigando por mi cuenta. De alguna manera, entrar en los libros y averiguar datos era como acceder a aquella casita de campo con aspecto de fortaleza, en mi imaginario.

DESDE AQUEL PRINCIPIO DE JUVENTUD: RECUERDOS DE JOSÉ MARÍA AMADO

En tiempos de coronavirus era muy difícil acceder a las bibliotecas, así que extraje todo lo que pude de la red. Además de artículos, estudios y tesis consultadas en diversas fuentes digitales, me enganché a Iberlibro como Don Quijote con los libros de caballería. A través de esta plataforma, pedí libros físicos sin medida ni control sobre la obra y vida de Rafael Alberti y de algunos de sus contemporáneos. Así fue como encontré las cartas del sobrino de Arniches, que fueron muy reveladoras para esta investigación.

Muchas veces hay que regresar a las fuentes por si nos hemos dejado contenidos. Me pasó con el blog de Juan Carlos. No me había fijado bien en una de las imágenes que ilustraba el texto. Era una carta que Alberti escribió en 1968 a José María Amado, quien entonces era editor y director de la revista Litoral. Amado estaba preparando un número dedicado al poeta y, como era habitual en esos casos, los dos amigos y amantes de la poesía se enviaron varias cartas para definir la diagramación y el contenido de la publicación. En ésta en concreto el poeta gaditano le recordaba “aquellas noches o tardes en Huerta de Mena diciendo versos cerca de un estanque. Tú serías muy chico, pues apenas hoy te veo en mi memoria. Pero cuántas cosas hermosas y lejanas me han iluminado esta inesperada carta tuya. Todo eso pasó en 1928. ¡Hace ya 40 años!, en la época de Sobre los ángeles. Bien.”

¿Pero dónde estaba el resto de la correspondencia? Después de varias pesquisas detectivescas descubrí que estaban en un número de la revista Litoral de 1993 que encontré en una de esas maravillosas librerías antiguas del Barrio de las Letras. Me emocioné cuando abrí el ejemplar y leí en la primera página: “El principio fue en el pueblecito de Hortaleza, hoy barrio de Madrid, en la finca de mi tío Carlos Arniches”.

Era una publicación preciosa: una cuidada edición en color que contenía cartas, manuscritos, estupendas ilustraciones y tipografías y parte del álbum que Alberti dedicó a Victoria Amado, hermana de José María. Reproduzco un fragmento de una de aquellas cartas en las que el director cuenta las cosas que les unieron “desde aquel principio de juventud”:

“La finca se llamaba Huerta de Mena. Desde entonces no he vuelto por allí: supongo que lo que fue un amplio horizonte de trigales, abierto a la luz del sol donde apenas se alzaba la pequeña iglesia y el campanario llamando a misa los domingos, será hoy un conglomerado de bloques, de urbanizaciones. A la izquierda de la amplia alameda de árboles corpulentos que desde la verja de entrada conducía a la casa, estaba el estanque de Sobre los ángeles. Un lateral de la casa servía a mi tío para jugar al frontón, y cuando tú venías me tomabas por Platko (aquel portero húngaro que defendió la puerta del Barcelona y al que dedicaste un poema), lanzándome una y otra vez un viejo balón. Apenas recordarás aquella melena que caía por mi frente en aquellos mis años infantiles. El estanque, con patos que se zambullían en el agua, estaba frente a la casita de los guardas y allí, en su borde, te recuerdo sentado con mi hermana Victoria, la musa que inspiró el álbum que centra este libro de homenaje de Litoral a tus noventas años”.

El dramaturgo Carlos Arniches, en una imagen sobre 1924.

Me fascinó conocer la existencia del álbum y la descripción de la huerta. Del estanque ya no quedaba nada porque fue destruido cuando se construyó la M-40, pero de la relación con Victoria había más datos. En sus memorias, La arboleda perdida, Rafael Alberti contó en relación con los amores de sus libros más conocidos, que “Algunos viven todavía. No sé si morirán antes que yo. No lo quisiera. Vive todavía aquel que le dije en Sobre los ángeles: Tú. Yo. (Luna). El estanque/brazos verdes y sombras/te apretaban el talle. Esa persona vive, repito y hace poco me escribió una beatífica postal”. Estaba claro que el poeta se refería a Victoria. De la postal y las posibles cartas que se cruzaron no encontré ningún rastro. Seguí leyendo las cartas de Litoral. Al final de una de ellas, en la que parecía que sólo hablaban de negocios y poesía, encontré este testimonio de José María: “En el año 1991 ha muerto Victoria y, recordándola, volvieron a mi imaginación aquellos días infantiles, aquel amor tan dulce como un mundo naif; esos amores que sólo pueden brotar en los años primeros, cuando la vida y sus ‘golpes’ aún no han roto tantas cosas, tantas ilusiones…”. Cuando leí este fragmento tuve claro que era una parte importante de lo que quería reflexionar en este trabajo: lo que queda en nosotros de los amores de juventud. Pero también me di cuenta de que, al igual que me decepcionaría lo que pudiera encontrar en la finca si conseguía entrar, tal vez no encontrase muchos datos sobre la relación entre Alberti y Victoria Amado porque pertenecía a la intimidad y pudor de lo que fue una relación intensa y viva pero tal vez fugaz y espontánea.

No sabemos en qué fecha exacta coincidieron en Hortaleza los Amado y Rafael Alberti pero, como iremos desgranando, tuvo que ser en torno a 1927-1928. El caso es que José María tendría unos 10 años cuando conoció al poeta; Alberti, 25 más o menos, y Victoria, 17 o 18. Ella, que era una joven más bien ajena a los círculos culturales del momento, debió frecuentar Los Almendros para visitar a la familia, a sus tíos Carlos y Pilar, y sobre todo para pasar el rato con sus primas Rosario y Pilar y con su hermana Carmen. Esto podría estar en nuestra memoria colectiva porque todos de alguna manera hemos veraneado en casas de campo o apartamentos de familiares y amigos; y luego esos ratos nos han marcado y los hemos recordado. Alberti, que más adelante veremos cómo llegó a la finca de Arniches, debió de seducir a la joven con sus versos, canciones y juegos teatrales y se inspiró en esos momentos para escribir algunos de los versos que aparecen en Sobre los ángeles y para, digamos, “diseñar” el álbum que le dedicó a “Victorita”, como él la llamaba.

¿Pero qué se sabía de álbum? Para averiguarlo me basé en el número de Litoral antes citado, en el catálogo Sobre los ángeles que editó en 2003 la Residencia de Estudiantes junto a la fundación El Monte y en una conversación telefónica que mantuve con Carmen Garrido Amado, la hija de Victoria Amado. Su contacto me lo facilitó uno de los ángeles que me ayudó en ese trabajo. ¡Estaba viva! Tenía 85 años. No me lo podía creer. Al principio me atendió con cordialidad y cierta distancia. Tal vez pensó que era un periodista despiadado con ganas de destripar la intimidad familiar o algún investigador que quería ver otra vez ver el álbum que ya estaba cansada de enseñar y que, según me contó, se caían los pétalos cada vez que se abría. Pero cuando entendió cuáles eran mis sanas y entusiastas intenciones, el trato fue más cercano y cariñoso. No sé si por los nervios o por inexperiencia, pero el caso es que la llamé sin pensar en preguntas tipo entrevista. Hablamos de su madre como el que llama a una tía del pueblo para ver cómo está y si necesita algo. Sus recuerdos eran entrañables, lejanos y tal vez algo desenfocados: como el que mira una foto en un álbum familiar y da varias pinceladas sueltas y ligeras sobre los recuerdos que le vienen en ese momento. Entendí que aquello pasó hace mucho tiempo, que tenía que respetar la intimidad familiar, no ser muy pesado y agradecer su atención. Dos días después volví a llamar para darle mi número, por si recordaba algún dato más, y pedirle alguna fotografía. Unos días después recibí la fotografía (después llegarían más) que encabeza este artículo y fue uno de los momentos más felices de la investigación.

En la imagen, Victoria y su hermana Carmen pasean por Huerta de Mena. Victoria, con cara más ingenua e inocente, más de niña, no nos mira. Está distraída y como ensimismada con algo que sujeta entre las manos. Sin embargo, su hermana, con ojos en sombra y pose taurina, parece que nos desafía con la mirada. Es una foto costumbrista, sencilla, bucólica y romántica propia de la adolescencia. Su paisaje (tapia y restos de la huerta) encaja tanto en lo que pude ver desde los montículos adyacentes a la finca actual como en la reconstrucción de los hechos. Nos podemos imaginar a Alberti momentos antes o después cortejando a la chica con sus dotes sociales y seductoras y con poemas suyos o de los cancioneros de los siglos XV y XVI y de Gil Vicente, que tanto le gustaban y que aprendió de los trabajos de Menéndez Pidal, en el Centro de Estudios Históricos. Y nos lo podemos imaginar también tal y como lo describió E. Giménez Caballero en 1929 en La Gaceta Literaria “portado por vagabundos, golfantes, toreros, deportistas y hacendados, que le portan en automóvil de vez en cuando, como portaban los caballos de los magnates mediévicos a los juglares y divos electos. De corte en corte. De dama en dama. Alberti: poeta cortés, cortesano. Por tanto: pícaro. Hubiera desempeñado mil oficios: barbero, clérigo, oficinista chauffeur… Pero fracasado por genial vagancia, se fijó sobre el Verso, como halcón sobre su presa”.

Ilustración del álbum que Alberti dedicó a Victoria Amado.

El álbum está fechado en marzo de 1928. Hoy es un objeto artístico de coleccionista, pero de alguna manera es algo que todos hemos hecho alguna vez por algún amor de juventud. Me refiero a escribir canciones o poemas (nuestros o de otros) y guardar todo tipo de objetos como fotos, entradas de conciertos, museos y cosas así. El álbum de Victoria que conserva su hija contiene imágenes a color de ángeles, exlibris y símbolos de la modernidad y vanguardia de la época (coches, aviones, entradas de cine, el dibujo del fotograma mítico de la película Viaje a la luna de Georges Méliès y billetes de tranvía) y poemas de amor de sus autores favoritos, entre otros, Gil Vicente, Dante, Bécquer, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Según recoge Luis García Montero en 2003 en la biografía incluida en Rafael Alberti, el poema compartido “son versos que avisan de la fugacidad de la vida, de la necesidad de aprovechar el buen amor, versos que exaltan la intimidad amorosa, destinados a una señorita más bien cursi, aprendiz de pintora, que tenía poco que ver con la figura de Maruja Mallo”. Volviendo al álbum, si uno se fija bien aparece muchas veces el nombre de la joven, como cuando nosotros escribíamos en los libros de EGB los nombres de las chicas o chicos que nos gustaban. Pero, claro, era Alberti quien lo hacía: “¡Te saludan los ángeles, Victoria, luna de los balcones!”. Uno de los poemas que Alberti le dedica es uno suyo propio, fechado en 1927, y que escribió inspirándose en el estanque de Huerta de Mena. Curioso distinguir, como si fuera una marca de agua, las letras “los almendros”, que es el nombre con el que también se conoce a la finca. Ese año, según fuentes consultadas, fue cuando le envió a Victoria la sección cuarta del libro Sobre los ángeles, denominada “El cuerpo deshabitado”. Ahí estaban los famosos versos “hortaleceños” del estanque.

Poema manuscrito de Rafael Alberti. Archivo de Tudanca (1928).

El propio autor reconoció que este libro era autobiográfico. Según recogió la profesora Solita Salinas, hija del poeta Pedro Salinas, en El mundo poético de Rafael Alberti, “fue el amor perdido lo que más le angustia, lo que viene a hacer estallar toda esa acumulación de insatisfacciones sin salida”. Y, efectivamente, así se puede comprobar en un texto de las memorias del poeta muy trillado que no podemos obviar aquí: “¡Cuántas cosas reales, en claroscuro, me habían empujado hasta caer, como un rayo crujiente, en aquel hondo precipicio! El amor imposible, el golpeado y traicionado en las mejores horas de entrega y confianza; los celos más rabiosos, capaces de tramar en el desvelo de la noche el frío crimen calculado, la triste sombra del amigo suicida, como un badajo mudo de campana repicando en mi frente; la envidia y el odio inconfesados, luchando por salir”.

De izquierda a derecha, José María Amado, Carmen Amado, y Victoria Amado, que aparece sentada.

EN LAS MEJORAS HORAS DE ENTREGA Y CONFIANZA: LA RELACIÓN DE ALBERTI CON MARUJA MALLO Y VICTORIA AMADO

Para entender estos “amores imposibles, golpeados y traicionados” tenemos que saber que Alberti y Maruja Mallo mantuvieron una relación artística y personal muy vital, creativa y atormentada de 1925 a 1929. Participaron en las actividades culturales del momento (exposiciones, recitales, obras de teatro, etc.) y compartieron amistades, escándalos sociales, viajes y proyectos conjuntos (poéticos, plásticos y teatrales). Así lo describe el poeta en sus memorias y así lo podemos relacionar con Sobre los ángeles: “De la mano de Maruja recorrí tantas veces aquellas galerías subterráneas, aquellas realidades antes no vistas, que ella, de manera genial, comenzó a revelar en su lienzos”. Según nos cuenta García Montero en la biografía antes mencionada, en esa relación “se interpuso a principios de 1928 el interés repentino de Alberti por la señorita Victoria Amado”. Pero digamos que la relación con la joven no cuajó. Las crisis que tuvo con Maruja, el desengaño con Victoria y otras crisis personales hicieron que el poeta gaditano buscara asilo en la casa que su amigo José María Cossío tenía en Tudanca (Cantabria), entre abril y junio de 1928. Así lo cuenta en La arboleda perdida: “Allí, entre aquellos vientos, brumas y montañas, continué Sobre los ángeles. Las soledades y el silencio sonoro eran grandes allí, y algún ángel, como espíritu de la inconstancia y del mal, me llevó a volar hacia otro ser, del que me prendé, y a pesar de su nombre –se llamaba Victoria–, me llevó desde lo que yo creí ascensión de los astros, a la caída más vertiginosa en los infiernos”. Es decir, que algunos poemas del libro angélico los escribió y publicó antes (a principios de ese año o incluso en 1927). Después los continuó en el pueblo cántabro y por último los publicó en 1929 en la Editorial Ibero-Americana. Pero volvamos a Tudanca para descubrir otra curiosidad relacionada con Victoria.

Maruja Mallo y Rafael Alberti en 1928.

EL MANUSCRITO SOBRE LOS ÁNGELES

En la actual Casa-Museo de José María Cossío se conserva el manuscrito original de Sobre los ángeles y otros documentos que Rafael Alberti se debió dejar allí tal vez por olvido o por no darle importancia. El sitio merece la pena ser visitado. Lo conocí en el verano de 2018, sin saber que más tarde investigaría sobre el lugar. Recuerdo que fue un día de lluvia intensa, mientras mi familia esperaba en el coche. Era el único visitante. Me hicieron una visita individual. Entendí que aquella casona con aspecto de convento le sirviera al poeta para inspirarse, calmarse y descansar mientras describía el paisaje y hablaba con sus aldeanos, como lo hacía Arniches para documentarse, y leía a Quevedo y a Bécquer. Valga este inciso para recalcar la importancia de los lugares donde se escriben libros que luego serán únicos. Bueno, en cualquier caso la editorial Pre-Textos publicó un libro sobre la correspondencia entre Cossío y Alberti. Entre la documentación gráfica resulta curioso encontrar una imagen de esas que pueden pasar desapercibidas o no aportar nada si no estás puesto en la materia, en la que el poeta garabateó el nombre de Victoria. Esto nos demuestra que mientras escribía y se abría en canal fruto de las crisis mencionadas, seguía pensando en ella, garabateando su nombre por las esquinas y pasando al manuscrito final poemas inspirados. Pero no todo fueron sufrimientos en esa estancia. También tuvo momentos de distracción: fue al fútbol, a las cuevas de Altamira y salió con amigos por Santander o Bilbao. No nos olvidemos que, a pesar de las crisis, era un joven lleno de vida, creatividad y desparpajo en una maravillosa época de esplendor cultural en España como fueron los años veinte.

Cuando en la “Fase O” de la pandemia reabrieron las librerías (con cita previa) compré en el barrio una edición de Castalia de Sobre los ángeles. El libro me pareció atormentado, angustioso y difícil de entender. Él mismo llegó a decir en enero de 1929 en La Gaceta Literaria, “he rasgado mis vestiduras poéticas (porque las tuve). Cubrí mi cabeza con ceniza. Me estoy quemando vivo…”. En mi caso, para la lectura, reconozco que no ayudaban tampoco los momentos de inquietud, incertidumbre y ansiedad propios de la Covid. Cuando volvieron a abrir las bibliotecas municipales cogí todo lo que pude del poeta en la biblioteca Huerta de la Salud de Hortaleza, que es un lugar especial, mágico y familiar situado en lo que fue otra quinta de recreo del distrito. Todo lo que acumulé, sumado a lo que ya tenía en casa, hizo que la investigación me superara. Ya no sabía por dónde tirar. Todo lo que leía me parecía que era lo mismo y que no encontraba más de lo que me interesaba. Me tomé un descanso y leí en casa con mi hijo Mateo todo lo que cogí de Alberti en la sala infantil y juvenil de la biblioteca. Incluso un día dando un paseo nos encontramos, tirada entre la basura, una edición del Romancero de las que daban a los clientes de Paradores. Pasamos unos ratos maravillosos no sólo leyendo poemas, trabalenguas y canciones populares suyas y de sus contemporáneos, sino reproduciendo los dibujos que hicieron mientras escuchábamos música de maestros como Falla, Albéniz, Turina, Granados y Rodrigo.

Carta de Rafael Alberti a Victoria Amado en 1928.

A partir de ahí fui cogiéndole el pulso a un poeta del que solo conocía su icónico aspecto físico de melena blanca, gorra y camiseta de rayas, su militancia comunista y los versos marineros que nos enseñaron en el colegio. Poco a poco fui leyendo su obra poética de los años veinte. Resulta curioso saber que muchos poemas que pensamos que Alberti los escribió para niños realmente no estaban pensados para ellos sino que los incluyó en libros como Marinero en Tierra, La Amante o El Alba del Alhelí. Esto me ayudó a entender cómo el poeta debió “encantar” con todo eso a los niños que correteaban por la finca del tío Arniches. En cualquier caso, aquello me sirvió para retomar con otro ánimo la lectura de Sobre los ángeles. Del libro entendí que era un viaje interior que hizo el poeta, mientras lo estaba pasando muy mal, para encontrar su propia identidad: como una especie de road movie dolorosa sobre el bien y el mal en la que se cruza con ángeles de todo tipo (incluidas Victoria y Maruja) para sanarse, purificarse y de alguna manera entenderse personal y creativamente. En algún momento de nuestra vida nos hemos podido sentir también así, “vacíos y deshabitados” como dice el poeta, sin ver sentido a nada ni saber dónde encontrarlo. Él mismo, en una entrevista que en 1977 le hizo Televisión Española al volver del exilio, dijo, hablando del libro, que “son formas del espíritu adaptables a tantos estados del ánimo”. Y como resultado de ese cocktail tenemos que saber que nacieron algunos de los versos inspirados en Hortaleza.

¿Pero qué le pasó al joven Rafael Alberti además de las crisis sentimentales “difíciles, confusas y mezcladas” como él mismo las definió? Por aquellos años de 1927 y 1928 (además de momentos históricos gloriosos como el homenaje a Góngora que dio nombre al grupo del 27) el poeta tuvo problemas económicos; se distanció de sus padres; sufrió crisis creativas y le pasó factura la huella de la educación jesuita, el paraíso perdido de la infancia y la nostalgia por su añorada tierra andaluza. Además de todo, y de las luchas contra la dictadura de Primo de Rivera que despertaron su conciencia política, ingresaron a su hermana en un sanatorio y un amigo suyo se suicidó al pensar, tras tener un accidente de coche con Maruja Mallo, que ella estaba muerta. Alberti se enteró en Tudanca de esta tragedia y regresó a Madrid. Intentó reconciliarse con la pintora de las crisis que habían tenido, pero ya era tarde.

Por esas fechas ya perdemos la pista de Victoria Amado, pero es importante apuntar todo eso porque de alguna manera su estela seguiría flotando por el aire aunque ya casi no tuvieran contacto y Alberti se dedicara a escribir, recitar y publicar sus poemas y codearse con sus círculos de amistades culturales del momento. Tal vez sea especular pero es posible también que a Victoria le abrumó todo el revuelo de Alberti y prefirió el silencio y el anonimato y que todo fuera pasajero para ella y para sus familiares.

En 1930 aparece en escena María Teresa León, que le da el consuelo, ánimo y apoyo que necesita. Comienza entonces para el poeta una etapa más personal, combativa y social que él mismo define como de poesía civil o de «poeta en la calle». Pero retrocedamos en los hechos para averiguar qué hacía en Huerta de Mena o Los Almendros; qué vinculación tuvo con la familia Arniches y por tanto con Victoria Amado; y cómo fueron aquellas veladas y encuentros intelectuales y artísticas que apuntó Aragoneses en su blog y que situaremos en el contexto social y cultural del momento.

DE CÓMO RAFAEL ALBERTI LLEGÓ A HUERTA DE MENA Y DE LAS VELADAS ARTÍSTICAS, INTELECTUALES Y DEPORTIVAS QUE ALLÍ SE CELEBRARON

Alberti debió de conocer a los Arniches a través de su íntimo amigo y escritor José Bergamín, que era el novio de Rosario, una de las dos hijas de Carlos Arniches y Pilar Moltó. El matrimonio tuvo cinco hijos: José María, Fernando, Pilar, Rosario y Carlos. Los tres últimos eran los que más iban por Huerta de Mena y digamos que los que más estaban relacionados con el ambiente cultural del momento. El caso es que el poeta conoció al dramaturgo porque fue uno de los miembros del jurado que le concedió, en junio de 1925, el Premio Nacional de Poesía por su libro Marinero en tierra. Era normal que los premiados visitaran a los miembros del jurado. Alberti fue con Bergamín; no queda claro si a Hortaleza o al domicilio que tenían por Chamberí. Así lo cuenta en sus memorias con un aire kafkiano o como de comedia de Jardiel Poncela o Mihura: “Me convidaron a almorzar, cosa que acepté no sin cierta zozobra, pues en aquella época, después de tantos años de aislamiento, era además de tímido un tanto silvestre en mis reacciones y modales. Don Carlos Arniches, hombre que había hecho reír a varias generaciones de España y América, presidía la mesa, pero encerrado, serio, como escondido tras sus pequeñas gafas. Durante todo el almuerzo no despegó los labios. Sus hijas, hermosas y admiradas por mí, antes de conocerlas, en el Paseo de Castellana, me sentaron entre las dos, saliendo graciosamente al paso de mis vacilaciones y torpezas. Rosario era la novia de Bergamín y Pilar, la de Eduardo Ugarte, joven comediógrafo en vísperas de estreno. Los demás comensales eran la señora de Arniches y otros dos hijos del matrimonio: Fernando, militar, y Carlos, excelente arquitecto. De esta comida sólo recuerdo mis tropiezos, mi no saber qué hacer ante varios platitos tapados con servilletas y otras desgracias por el estilo. Debo a Rosario y a Pilar el haberme aliviado aquellas horas. Mi respiración se hizo más ancha cuando ya con Pepe Bergamín me encontré en la calle”.

Es posible que también asistiera a aquellos encuentros en Hortaleza José Ortega y Gasset, que ya conocía la finca de sus tiempos “mozos” puesto que fue propiedad de su tío

Con lo cual Alberti se hizo amigo de la familia y le invitaron a la “casa de campo” que tenían en el por entonces pueblo de Hortaleza. La propiedad fue residencia de verano de los Arniches de 1922 a 1930 aproximadamente. Aquí el poeta gaditano se codeó con actores consagrados de las obras del sainetista (Aurora Redondo y Valeriano León) y con otros artistas e intelectuales de la época. Resulta curioso como el propio Valeriano (en una entrevista en Radio Nacional de España de 1946) describe las meriendas que se celebraban con escritores y actores en Los Almendros: «Pródigo con los suyos y generoso con todos. Las meriendas de su finca de Hortaleza eran famosas. Filetes para unos; tortilla o huevos fritos para otros; chocolate, café o té con leche; quesos de todas clases: lo que cada cual de los veinte o treinta deseara. La merienda suya por aquel entonces se reducía a una cucharada de bicarbonato, que, naturalmente, degustaba rápidamente, y, entre cuento y cuento, un paseíto alrededor de la mesa con un abanico (sombra y aire) para ahuyentar los mosquitos».

El rincón de Arniches de la Huerta de Mena, en el estado en el que se encuentra en la actualidad.

Hoy en día, la finca ha perdido la zona de bosque donde estaba el estanque, pero aún conserva un rincón que ha permanecido inalterado: “el rincón de Arniches” del cual nos ha hablado Joseba, el biznieto de Arniches. Las actuales propietarias denominan así al jardín que está frente a la casa principal. Son dos ambientes con sus mesas de piedra, sus bancos y sus árboles, que recuerdan perfectamente a las obras del dramaturgo alicantino como la de La señorita de Trevélez en su segundo acto. Ese jardín coqueto, apartado, en el que Florita le pide a Nume que le explique cómo es su amor por ella, el por qué de su amor… Y Nume, que no la ama, le contesta atribulado: «¿Por qué me gustas?… Por todo… Es algo así como en globo». «¡Huy, qué concepto tan elevado!», responde ella. «Pero Nume, ¿no crees que el amor es como un pájaro azul que se posa una vez en la vida y no sabes cuándo volverá?». «Sí», le responde. «Pero, y si viene alguien y lo espanta y lo divulga? Así que vámonos de aquí».

Además de Bergamín y Carlos Arniches hijo, Alberti se relacionó en la finca (y puede que los conociera de otros círculos y encuentros), entre otros y tal y como nos cuenta Aragoneses, con el escritor, cineasta y fundador de La Barraca, Eduardo Ugarte; el también cineasta y escritor José López Rubio; el compositor Gustavo Pittaluga; el ingeniero Eduardo Rodrigáñez y el filósofo Xavier Zubiri. Incluso es posible que también asistiera a aquellos encuentros el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset que ya conocía la finca de sus tiempos “mozos” puesto que, curiosamente, fue propiedad de su tío don José Gasset Chinchilla. Allí es posible que Ortega fraguara amistad con su prima Ángeles Gasset de las Moreras (hija de José Gasset Chinchilla) que fue pedagoga, maestra y una mujer emancipada de la época. Siguiendo con Zubiri –el “curazo” le llamaba Alberti– hay que decir que era amigo de la familia Arniches y que fue el que casó a Rosario Arniches y a Bergamín en 1928. El matrimonio vivió en un edificio de la calle Velázquez donde también vivían sus cuñados Pilar y Eduardo, que se casaron ese mismo año. Y por allí aparecieron Federico García Lorca, Bergamín, Zubiri y el propio Alberti, entre otros. Y esto viene en relación porque Alberti y Victoria (el poeta vivía en la calle Lagasca y la joven en Sagasta) seguramente coincidieron con ellos en Madrid y porque de esas salidas tal vez son los billetes de tranvía y las entradas de cine que Alberti añadió en el álbum que le regaló a “Victorita”. Como se puede comprobar la palabra “Sagasta” aparece en el álbum muy señalada. José María Amado describe en las cartas de Litoral aquellos momentos: ”Nosotros, niños aún, servíamos como una especie de viejas señoras de compañía de Rosario y Pepe, de Victoria y tú, al ir a los cines de Madrid”. Los versos del poema “Madrid” de La Amante (1926) parecen sacados de esos días: “Por amiga, por amiga. /Sólo por amiga/Por amante, por querida./Sólo por querida./Por esposa, no./Sólo por amiga”.

Y en esas mismas cartas José María nos cuenta que en Huerta de Mena Rafael Alberti recitó versos, mostró dibujos y figurines y jugó al fútbol con los niños que por allí correteaban. Estos dibujos seguramente fueron los que diseñaron Maruja Mallo y Benjamín Palencia para obras de teatro de Alberti como pudieron ser Colorín colorete o La Pájara Pinta. En esta obra salían personajes en forma de marionetas y trabalenguas sacados de los cantos y los juegos infantiles.

Así que podemos imaginar a Victoria Amado con sus tíos, primos y todos aquellos invitados formando un corro alrededor de Alberti mientras éste, tal vez acompañado por algún instrumento musical, recitaba versos del Romancero, de poetas clásicos y contemporáneos o suyos propios, como estos: “Quisiera vivir, morir/por las vereditas, siempre/ ¡Déjame morir, vivir/deja que mi sueño ruede/ contigo, al sol, a la luna/ dentro de tu carro verde!”. Y también nos lo podemos imaginar siguiendo estas acotaciones de La Pájara Pinta: “Todos (arrodillándose ante La Pájara y cumpliendo lo que luego manda la copla). Me arrodillo a los pies de mi amante/ fiel y constante; toma una mano/ toma la otra/toma un besito/para tu boca”. Todas estas “representaciones” las haría con esa alegría “frutal, verde y fresca de su risa juvenil y humana” que describe Bergamín en el capítulo “El alegre” de su obra Caracteres.

En Huerta de Mena no sólo había amplias alamedas y tierras de labor, sino un frontón, tal vez una pista de tenis y terrenos para montar a caballo y jugar al fútbol

No olvidemos que además de estas veladas literarias e intelectuales también en la finca de los Arniches se practicaron deportes. Los Arniches eran muy aficionados y le dieron mucha importancia a la naturaleza y al deporte (esgrima, frontón, tenis, esquí, etc,) tanto en sus vidas como en sus profesiones.

En Huerta de Mena no sólo había amplias alamedas y tierras de labor, sino un frontón, tal vez una pista de tenis y terrenos (eras y trigales) para montar a caballo y jugar al fútbol; de hecho Carlos Arniches fue presidente de la Federación Madrileña de Fútbol durante una temporada y lo más seguro es que fuera seguidor del Atlético de Madrid. Aragoneses nos contó en el blog que a la finca acudió el equipo rojiblanco con motivo de la celebración de un campeonato que, según fuentes consultadas, pudo ser el Campeonato Regional Centro de la temporada 1927/28. Al hilo de todo esto resulta curioso saber que Lorca era aficionado al fútbol y que algunos de los jugadores que estuvieron en Hortaleza seguramente fueron amigos o conocidos suyos de la Residencia de Estudiantes. Con lo cual no nos extrañaría que el poeta granadino, con lo que admiraba al sainetista y la relación de amistad que tuvo con Alberti (le llamaba “primo”), también frecuentara Hortaleza.

Concha Díez-Pastor, arquitecto, estudiosa de la obra de Carlos Arniches hijo y allegada a la familia, nos cuenta (en un texto de la interesante y completa web El universo Arniches de Joseba Barron-Arniches Ezpeleta) que Carlos hijo no concebía la vida sin deporte y sin ejercitar el cuerpo. Pero es que además de destacar en su profesión y heredar las dotes pedagógicas (no hay que olvidarse de los estupendos edificios sociales y educativos que realizó) y sociales de su madre (capítulo especial aparte merecería esta gran mujer), fue un enamorado de la vida, de la gente, del entorno y del aire libre y tuvo fama de dandy. Con lo cual no nos extrañaría que congeniara bien con Alberti y que compartieran charlas intelectuales, aficiones deportivas e incluso juegos de flirteo y seducción con mujeres.

Era muy frecuente que los artistas e intelectuales no sólo plasmaran el deporte, el movimiento y la velocidad (elementos de vanguardia y modernidad) en sus obras, sino que lo practicaran (como distracción propia de la juventud y de la clase burguesa de la que procedían muchos y muchas de ellos) por su cuenta o en entornos como la Residencia de Estudiantes. Maruja Mallo lo plasmó en sus cuadros; Alberti, en sus poesías sobre futbolistas, nadadores y aviadores de la época; Carlos Arniches, además de destacar en esgrima, proyectó el deporte en edificios como el Hipódromo. En cuanto a la práctica, podemos mencionar algunos ejemplos: la dramaturga y poeta Concha Méndez (amiga íntima de Mallo, novia de Buñuel y mujer de Altolaguirre), fue campeona de natación; el director de cine Edgar Neville fue internacional de hockey sobre hielo; y de uno de los invitados de Huerta de Mena, José López Rubio, dijo Lorca que “su arte es el arte del volante del automóvil y de la raqueta de tenis, arte de gracia dominada y elegancia dirigida”. También hubo leyendas, poses y coqueteos curiosos con el deporte y el ejercicio físico como la de Buñuel con el boxeo o la de Ramón y Cajal con el culturismo.

Para ubicar y entender estas veladas en Hortaleza hay que tener en cuenta que se enmarcan en una de las grandes épocas de esplendor cultural y modernidad de este país conocida como Edad de Plata. Muchas de las “representaciones” que se celebraron en la finca ya las practicaron y vivieron desde principios de los años veinte en la Residencia de Estudiantes con un concepto de amistad y grupo muy arraigado y unitario (ya fuera entre residentes o entre invitados). No olvidemos los recitales de Lorca (con los que hechizaba al personal) al piano que aun se conserva en la Residencia; las actuaciones de Buñuel en pijama de textos clásicos del teatro español; los dibujos de Salvador Dalí en su habitación; las conferencias nacionales e internacionales (de grandes personalidades de la historia, la literatura y la ciencia como Marie Curie o Howard Carter), conciertos, presentaciones de libros y revistas y películas históricas como; las salidas a verbenas populares que les divirtieron e inspiraron; la afición por disfrazarse y provocar escándalos sociales (muchas veces inofensivos o agrandados por su leyenda) como fueron la anécdota tan conocida que dio origen a “Las Sinsombrero”; cuando se vistieron de hombres para entrar en el monasterio de Silos; las octavillas panfletarias que repartían en tertulias que no les gustaban o la conferencia de Alberti en el Lyceum femenino en 1929 ataviado con una indumentaria estrafalaria y burlándose de la socias y de algunos intelectuales del momento.

Por aquellos comienzos de los años veinte Rafael Alberti (que iba más para pintor que para poeta), conoció, gracias al pintor Gregorio Prieto, a Lorca y de alguna manera, aunque no era residente, entró en el círculo de la institución. Allí se rodeó de maestros como Manuel de Falla, Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Unamuno o Antonio Machado. En ese mismo entorno (tanto en la Residencia como en círculos culturales y personales paralelos) se relacionó, entre otros muchos, con José Bergamín, Fernando Villalón, Juan Larrea, José María Hinojosa, Juan Chabás, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Jorge Guillén, Moreno Villa, Emilio Prados, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Manuel Altolaguirre, Pablo Neruda, Óscar Esplá, Gustavo Durán y compositores del llamado Grupo de Madrid o Grupo de los Ocho como por ejemplo fueron los hermanos Halffter, Salvador Bacarisse y Gustavo Pittaluga. Y con otros como Eduardo Ugarte (como hemos dicho miembro familiar de los Arniches y allegado a Alberti), el gran colaborador de Lorca en La Barraca y de Buñuel en Filmófono y que por desgracia acabó triste, apartado y enfermo en el exilio. Valga este inciso para reivindicar a aquellos y aquellas que como sostiene el catedrático e investigador Juan Antonio Carratalá en el artículo El anonimato de un barraco: Eduardo Ugarte, “prefirieron el silencio, aun a sabiendas de saberse condenados al olvido, a esa sombra desatendida por unos investigadores deslumbrados por el brillo de los grandes protagonistas”. Y tampoco nos olvidemos de Pepín Bello: el hombre que no hizo nada (reseñable en lo creativo), estuvo en todo y le debemos tanto al cronista y de alguna manera catalizador del grupo del 27.

Se nutrieron los unos de los otros. Tanto en las letras como en las ciencias (aparte de los ingenieros, musicólogos y científicos que cayeron por Huerta de Mena no olvidemos las investigaciones que tuvieron lugar en los laboratorios que había en los sótanos de la Residencia con personalidades como Ramón y Cajal, Juan Negrín o Severo Ochoa, entre otros muchos).

Interactuaron y colaboraron entre ellos y entre ellas. No nos olvidemos a las mujeres ( y centros como el Lyceum Club Femenino o la Residencia de Señoritas) creadoras, trasgresoras, libres, modernas e injustamente olvidadas hasta no hace mucho como Margarita Salas, Concha Méndez, Margarita Manso, Marga Gil Roësset, María Teresa León, Ernestina de Champourcin, Josefina de la Torre, Concha Espina, Clara Campoamor o Blanca de los Ríos entre otras muchas, muchas más. Y lo hicieron tanto desde las disciplinas artísticas en las que destacaron como de las que bebieron, ya fueran filosóficas, históricas, musicales, científicas, religiosas, políticas, sociales y comprometidas (enseñanza, ayuda humanitaria, defensa del patrimonio, etc.) o relacionadas con el ocio (viajes, verbenas, cine, teatro, deporte, toros…). Absorbieron y crearon todo lo que pudieron para dejar huella en nuestra cultura y en nuestra historia. Estaban vivos y vivas y querían comerse el mundo. Disfrutaron todo lo que pudieron (no olvidemos lo bien que se lo pasaron Buñuel, Jardiel, López-Rubio, Neville y Ugarte, entre otros, en Hollywood cuando fueron a aprender y a trabajar como directores, guionistas y dialoguistas). Fueron libres hasta donde les dejaron las circunstancias personales (familiares, económicas y creativas), sociales y políticas tanto en España como en sus exilios. Y, en cualquier caso, todos ellos y ellas, y los que estuvieron en la sombra, fueron geniales, grandes y únicos. Y fue ese espíritu, aunque tal vez con un carácter más sano, ocioso, amistoso, tranquilo, familiar y protocolario, el que tuvieron los protagonistas de aquellas veladas en la finca del tío Arniches.

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