En La Noche Boca Arriba, Julio Cortázar cuenta la historia de un joven que tiene un accidente de moto en la ciudad. En su delirio, al ser trasladado al hospital, el joven sueña que es un prisionero de los aztecas a punto de morir en un sacrificio humano en el que van a sacarle el corazón para ofrecérselo al oscuro dios Tezcatlipoca.

La historia del solar de la calle Machupichu (nombre que no es azteca, sino inca, pero ya sabemos que para Casado o para Ayuso, todo es lo mismo: cosas de indígenas comunistas) da también para un delirio, pero esta vez no es literatura.

Como si ceder el suelo público para un supuesto teatro a alguien tan cumplidor con la legalidad como José Luis Moreno no fuera suficiente, ahora nos enteramos de que Nacho Cano, un iluminado, quiere construir allí una dizque pirámide azteca para un espectáculo de los que le gustan a la derechona, con sus conquistadores y sus hazañas. Después del escándalo montado, Cano puntualiza: no será una pirámide de verdad, con su piedra y sus dioses floridos; bastará con una estructura metálica gigantesca recubierta por una carpa que recuerde las pirámides que dejaron boquiabiertos a los castellanos que llegaron en el siglo XVI a Tenochtitlan, especialmente cuando vieron sacerdotes sacando del pecho corazones en vivo a sus prisioneros.

Con los antecedentes del PP en el sector cultural y de los hermanos Cano con la música, sobre todo si hablamos de alta cultura (¿alguien recuerda Luna, la ópera de José María Cano?), se hace difícil imaginar la trama del evento. Especulando, y sin irnos demasiado de madre, podemos aventurar que, dada la amistad de Cano con Ayuso, le guarde un papelito. Al parecer la cosa se va a llamar Malinche, pero no creemos que la lideresa se conforme con el papel de la amante de Cortés. Ella, lo menos, debería ser el tlatoani Moctezuma, y Cano, qué menos, el conquistador.

En plan método Stanislavski no descartemos sacrificios humanos en el show. Si vamos por algo más metafórico, enfrente del solar está el centro de salud, que Ayuso ha sacrificado, como al resto de la sanidad pública, en aras del mercado, un dios más sangriento que Tezcatlipoca. La entrada triunfal de Ayuso, en una carroza y con la música de Aída (¿qué más da?) sería apoteósica. Una de sus míticas sonrisas con giro de ojos, que tan bien efectúa, mientras se proyecta en las paredes de la pirámide el mensaje «¡¡¡DISFRUTEN LO VOTADO!!!» sería el grand finale.

En el cuento de Cortázar, al final el protagonista comprende que en realidad es un prisionero de los aztecas a punto de ser sacrificado que sueña que es un joven que conduce una moto en un futuro imprevisible.

Igual todo esto es sólo un mal sueño.

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