Cuando convirtamos Hortaleza en una patria, God forbid, su bandera será una colcha vieja hecha de retales, recortes de chalés de lujo y pisos de realojo, retazos de gente de cualquier parte que ha llegado al barrio como guijarros arrastrados por las tormentas de la historia.

Así es Hortaleza, uno de esos sedimentos que parece anodino, pero que, si le prestas atención, está lleno de reflejos —aunque sean de aceite de motor bajo la lluvia—, curvas cósmicas, tactos que cortan. Un objeto de lujo modesto, el que saben apreciar los niños.

Como todo lo vivo, Hortaleza es un ser impuro, infiel a unos orígenes que pocos recuerdan, formado por acumulación de fantasmas y fragmentos del tiempo de cada uno, campo y burdel, escenario de tiros y de chutes, proporcionado según el diseño de algún dios loco o borracho.

Mucho antes de escuchar guitarras eléctricas en el auditorio del parque, justo enfrente, hubo, en los años cuarenta y cincuenta, un cabaret en el que, dicen, se celebraban las fiestas más dulces de Madrid y donde sonaba música de las mejores orquestas para disfrute de lo más selecto del franquismo —valga el oxímoron— y sus beneficiarios, esa gente que está en los lugares por nacimiento. Es de justicia que, ahora, sea la Junta Municipal de Hortaleza y ya no la gobiernen sus herederos.

Por eso, las Fiestas de Hortaleza tienen que ser, ahora, de todos y solo puede celebrarse en un parque que es lo que parece y mucho más. Debajo de los toboganes, de las praderas, de los bancos, de todo el parque Pinar del Rey, aún huele a hierba amarga, a lagartija, a espigas silvestres.

El solar de lo que, ahora, es parque era una mezcla de escombrera ilegal, ruinas de lo que, quizá, fue una vaquería y matojos. Un conjunto de cuestas y zanjas entre la tubería del Canal y un pinar sitiado. Bajo el estruendo de la música y de los tenderetes, aún puede escucharse a niños corriendo por los desmontes, rebuscando y gritando mientras saltan sobre viejas puertas desvencijadas y luchan con palos como espadas de piratas de extrarradio.

Quizá, por eso, cuando la primavera ya quiere ser verano y se celebran las Fiestas de Hortaleza, todas las canciones suenan a barrio, aunque se anuncie a Nena Daconte o a Un Pingüino en mi Ascensor. Entre olor a bocata y cerveza, subidos a los coches de choque o escondidos en la oscuridad más caliente, Celtas Cortos son de Valladolid como si fueran de aquí, como Obús, como Porretas o como, hace muchos años, Mano Negra, que nunca se supo de dónde venían, aunque parecían de cualquier esquina. ¡Felices fiestas!

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