El confinamiento nos ha dejado pequeñas grandes historias en el barrio. Una de ellas la encontramos por casualidad. A finales de marzo, nuestra compañera Julia salió a la calle con su cámara buscando la imagen que confirmase una noticia que había llegado a la redacción: algunos trabajadores municipales seguían obligados a acudir a centros municipales cerrados a pesar del estado de alarma.

Con ese propósito, se acercó al centro de mayores Nuestra Señora de la Merced de Canillas. No encontró a los trabajadores, pero se topó con una inesperada imagen. En el alféizar de una ventana del centro, alguien había apilado una docena de libros acompañados de una nota manuscrita.

“Para entretenerte en la cuarentena, divertíos”, había escrito “una vecina” que rubricaba el mensaje con el “quédate en casa”, donde la tinta se difuminaba por las gotas de lluvia que cayeron en un papel a la intemperie adornado con flores. Una preciosidad en las formas y en el fondo que se sumaba a las incontables iniciativas de solidaridad, cuidados y apoyo mutuo que han brotado en el barrio durante esta primavera como bálsamo contra la virulencia de la pandemia.

La foto era demasiado bonita para condenarla al archivo, así que decidimos darle difusión invocando a la magia de las redes sociales. El 10 de abril la compartimos en los perfiles de Facebook y Twitter del periódico vecinal , a ver qué pasaba.

“Nos encantaría descubrir a la vecina anónima que está detrás de esta bonita iniciativa”, escribimos en la publicación indicando nuestro correo electrónico por si alguien nos daba alguna pista. No hizo falta, porque pocos minutos después la anónima donante de libros se despojó del antifaz: “Os despejo la duda, la vecina soy yo”.

LA DONANTE DE LIBROS

La vecina en cuestión es Maite Prieto, de 56 años, vallecana afincada en Canillas desde 1996 y auxiliar de información en el centro cultural de Hortaleza. Maite fue una de esas trabajadoras que tuvo que seguir acudiendo a su puesto de trabajo en centros municipales a pesar del estado de alarma. Justo lo que buscaba nuestra compañera Julia el día que se encontró con la pila de libros. Tremenda carambola.

“Estaba de baja, porque tuve síntomas coronavirus, y aproveché para hacer limpieza de libros en casa”, contaba unos días después por teléfono desde su casa de la calle Gomeznarro, frente al centro de mayores donde hizo este bookcrossing que dicen los modernos. “Me dije, a ver qué hago con ellos”. Y Maite intentó buscar un digno cobijo a esas lecturas que le acompañaron durante años.

Ofreció los libros en un hospital, pero estaba complicado por la dramática situación que había provocado el coronavirus. También tanteó bibliotecas, pero con la pandemia en aumento no era el momento. Entonces una vecina le encendió la bombilla. “Allí hay un techado y no se mojan”, le dijo señalando la ventana del centro de mayores. A Maite le pareció buena idea, y comenzó a sacar por tandas esas novelas que había leído “hasta cinco veces” para que encontrasen nueva compañía.

"Un antiguo compañero vio la foto, reconoció la letra de la nota y me escribió después de 15 años sin hablar con él”, relata Maite

“Así los podía vigilar desde casa”, explica Maite, que cada vez que echó una ojeada comprobó que “la gente es supercívica”, topándose con alguna enternecedora anécdota. Como el día que pilló a una señora que “se estaba llevando unos cuantos bastantes” y al ser descubierta “le dio apuro”: confesó que quería dejarlos en el Espacio de Igualdad Carme Chacón, situado en la misma calle, para que llegaran a manos de otras mujeres.

Durante varios días, Maite fue liberando poco a poco libros de su casa a demanda del vecindario que se los llevaba. Llovió, incluso nevó, pero ninguno se echó a perder. En Semana Santa ya había desalojado los 200 ejemplares que le sobraban: misión cumplida.

“Se los ha llevado mucha gente, ha estado muy repartido”, relata como si fuera la lotera que ha vendido El Gordo de Navidad. Su gesto animó a otros donantes. “Hubo alguien que dejó crucigramas en el mismo sitio”, recuerda riendo.

PILLADA EN LAS REDES

Entonces apareció nuestra foto en las redes sociales. Maite, lectora empedernida, es conocida y querida en el barrio. Los usuarios del centro cultural de Hortaleza ven como devora novelones en cuanto tiene un rato muerto en la garita. Con muchos de ellos, estudiantes y opositores que utilizan la sala de estudio de esta instalación municipal que albergó la Junta de Hortaleza, comparte grupos de Whatsapp. Algunos, cuando vieron la foto en Facebook, sospecharon que era ella.

“En una semana me leo dos libros fácilmente, muy deprisa, y ellos lo saben. También que quería hacer limpieza, así que se lo imaginaron”. Maite se sintió acorralada y no le quedó más escapatoria que admitir públicamente la autoría de esta generosa iniciativa.

“La verdad es que me hizo muchísima ilusión ver publicada la foto, que estaba muy bonita, y por eso contesté inmediatamente”, explica agradecida, porque con la publicación de la foto también recibió un emocionante regalo: “Un antiguo compañero la vio, reconoció la letra de la nota y me escribió después de 15 años sin hablar con él”.

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