Una de las ciudades más antiguas conocidas en el mundo es Mohenjo-Daro, en el actual Pakistán. Entre el 3.000 y el 1.990 antes de nuestra era, allí se desarrolló una civilización tan avanzada como sus contemporáneas de sumerios o egipcios. Y sí, claro, en Mohenjo-Daro ya había piscina.
El llamado Gran Baño medía 12 metros de largo por siete de ancho y casi dos y medio de profundidad. Poca cosa comparada con la clásica piscina de una urbanización de Valdebebas, cierto, pero ambas comparten un punto importante: no todo el mundo puede bañarse allí. En aquella época el uso de las piscinas tenía un componente ritual o religioso. Si tenías calor, en Mohenjo-Daro, donde ahora se registran hasta 50 grados de temperatura, no podías meterte en la piscina por las buenas. Se cree que los sacerdotes controlaban quién podía bañarse, por qué razones, cuánto tiempo.
Ahora, en Valdebebas (es un poner) se mantiene ese uso ritual, pero relacionado con la única religión actualmente vigente: la del dinero. Si puedes tener una piscina en tu urba, con el calor que nos va dejando el cambio climático, bañarte no sólo es un modo de refrescarte. Además, compartes —pero sólo con tus iguales— agua fresquita, fluidos, en algunos casos incluso césped rozagante. El agua es un (otro) signo de riqueza y sobre todo de separación de los pobres.
Ah, los pobres. Como a veces dan guerra, los romanos, que eran gente práctica, aficionada al baño, y que ya tenían calor, determinaron que los baños y termas públicas fueran muy baratas, o incluso, cuando los emperadores se sentían generosos, directamente gratuitas. Así, la plebe, con la excepción de esclavos y otros seres nefandos, podían refrescarse y tenían menos ganas de, qué sé yo, degollar al emperador.
En Hortaleza hemos recogido un poco de todo en esta historia de las piscinas. Valdefuentes, el barrio administrativo que fue cinturón naranja de Madrid, ahora azuloscurocasiverde, tiene más piscinas en urbanizaciones que ningún otro barrio de la ciudad, qué curioso. Mientras tanto el Ayuntamiento, que parece que no aprende de Caracalla (véanse sus complejos termales en Roma: te dejan pasmado), sólo deja abiertas dos piscinas municipales en verano en todo el distrito.
El señor alcalde, a quien alguien una vez apodó también Cara Algo, debería aprender del propio Caracalla, que, incluso después de dejar en Roma unas termas monumentales, terminó apuñalado por la espalda por uno de su partido. Perdón, quise decir de su escolta.
A ver si la falta de piscinas para los pobres va a causar un calentón, y eso nunca se sabe cómo termina.



