Cristina Jiménez tiene 48 años y siempre había vivido en la calle Príncipe de Vergara, pero tras el fallecimiento de su madre se mudó al barrio de San Lorenzo, en Hortaleza. Pensionista por una discapacidad que reduce su movilidad, lleva nueve años en un bajo de 17 metros cuadrados que figura como almacén en el catastro. Paga 360 euros de alquiler por unas condiciones indignas: sus paredes están repletas de humedades y hongos, lo que empeora su asma. “Tengo que dormir con todos estos almohadones, casi sentada, porque es que, si no, me ahogo”.

La respuesta de su casero cuando ella pide el arreglo de las humedades es que se marche. El 1 de enero de 2025 recibió un burofax para abandonar el inmueble. Sin embargo, al estar al corriente de pago y no tener otra opción, ella y su gatita Sissi siguen viviendo en este cubículo sin apenas luz natural. Su casero es el fondo buitre Origin Inversiones Inmobiliarias, con el que este periódico ha intentado comunicarse sin éxito. La comunidad de vecinos de Cristina está al tanto de la situación: “Dijeron que, si venían a hacer un lanzamiento, me defenderían”. Desde Servicios Sociales la ayudan con diferentes trámites, como poner denuncias. En su situación, ha solicitado ayuda a la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) y a la Comunidad de Madrid, sin respuesta. Los elevados precios del alquiler y la proliferación de pisos turísticos hacen que sea imposible buscar una alternativa. “Todo supera lo que puedo pagar. Ya he dejado de mirar porque es todo carísimo”, afirma.

VIVIR SOBRE CUATRO RUEDAS

Marco tiene 64 años y vive en una autocaravana instalada desde hace años en el descampado de Mar de Cristal. De padre canario, nació en Don Torcuato (Argentina) y, tras un tiempo en Brasil, en 2001 llegó a España, pasando por Málaga y Oropesa del Mar antes de asentarse en Madrid. En 2013 se compró la autocaravana con el objetivo de vivir ahí tras varios años alquilando habitaciones. «Yesero» de profesión, trabaja 11 horas al día como conserje en Arturo Soria por 1.270 euros, donde ahora “aguanta” porque cree que en breve su contrato se rescindirá. El sueldo le permite ahorrar algo mientras sigue amortizando un préstamo bancario. No tiene mucha relación con su familia. De sus tres hijos, el mediano va de vez en cuando a dormir a la pequeña caravana que está al lado de la suya. “La policía dijo que me vaya”, cuenta Marco, que se puede arriesgar a una multa. Espera jubilarse e irse “a cualquier sitio donde pueda vivir”. A unos metros de su autocaravana, en el mismo descampado, tiene vecinos: Marco asegura que en un coche aparcado a unos metros sobre el barro viven dos personas, aparentemente un padre y un hijo.

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Autocaravanas en el descampado de Mar de Cristal, como en la que vive Marco desde hace años. M. CARRETERO

Junto a la puerta de la centenaria Huerta de Mena, la finca de Los Almendros de la calle Gregorio Sánchez Herráez, llama la atención otra autocaravana minuciosamente decorada. En ella vive Adama, de 59 años: hace 23 llegó desde Ghana para buscarse la vida en España. Desde entonces siempre ha estado, de forma precaria, instalado en el barrio de Las Cárcavas. Adama se dedica a la chatarra, la vigilancia y a pequeños trabajos que van surgiendo. Colaborador con el vecindario, muchos residentes lo conocen desde hace años y siempre han defendido que se le respete. En palabras de Laureano Díaz, presidente de asociación vecinal Las Cárcavas-San Antonio, Adama es un “icono del antiguo Cárcavas”.

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La inconfundible autocaravana de Adama está instalada junto a la puerta de Huerta de Mena. M. CARRETERO

CHABOLAS JUNTO A LAS VÍAS

Ismael (41 años) y Memet (55) también llevan unos años asentados junto a Huerta de Mena, encajonados ahora junto a las vías del tren bajo el puente de Las Cárcavas. En 2024, el Ayuntamiento derribó las chabolas que habían construido junto a la tapia de la finca en una zona más expuesta. Tras unas semanas durmiendo en un parque, se instalaron en su nueva ubicación, más protegida, donde viven ocho personas en construcciones muy precarias levantadas con maderas, alfombras, plásticos y telas encontradas en la calle. Ismael y Memet llevan 17 años en España. Yerno y suegro, ambos se dedican a la chatarra, cuyas ganancias dependen del día: reciben un euro por cada diez kilos y, con lo que obtienen, ayudan como pueden a su familia en Rumanía. Su día a día consiste en “pedir y trabajar como se puede”, resume Ismael.

El invierno se les hace muy duro. Compran botellas de alcohol de quemar para calentarse y cocinan mediante un pequeño recipiente en el que vierten el líquido. Lo prenden con un pañuelo y un mechero, y encima de esa lumbre ponen la sartén sobre dos ladrillos. Los techos de sus moradas están recubiertos con plástico, pero si llueve el acceso se hace muy difícil. Cerca se forma un gran charco de agua estancada, y solo pueden salir del campamento por un camino resbaladizo. En varias parroquias del barrio, como Santa María del Parque, Cristo Salvador y San Matías, les proporcionan ayuda (mantas, ropa y comida). Antes recibían la visita de Cáritas y de los Servicios Sociales, aunque no acuden desde hace tiempo. Por el momento, dicen estar tranquilos junto a las vías. No se plantean moverse del barrio, ya que aquí conocen a la gente.

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Memet e Ismael frente a las chabolas que habitan junto a las vías del puente de Las Cárcavas. M. CARRETERO

HABITANDO UN SOLAR

Andrés, hortalino de 54 años, ha estado casi cuatro años viviendo en un solar de la calle Pegaso donde acaban de empezar a construir. Se ha tenido que ir a una furgoneta que le han prestado unos vecinos de etnia gitana de la calle Josefa Herradón, con quienes a veces trabaja en lo que salga. También colabora con los dueños en la tienda de autoservicio López de la calle Agustín Calvo. “Yo les ayudo y ellos me ayudan. No pido nada a cambio”. Su oficio es la construcción. Perdió a su hermano gemelo, a su hermano mayor y a su madre. Los domingos acude a la parroquia Nuestra Señora del Tránsito donde el cura Gabriel le presta ayuda.

Su caso es uno más de la cifra creciente de excluidos de un mercado de la vivienda inalcanzable para personas sin ingresos. El artículo 47 de la Constitución española establece que: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias […], regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

En 2025, Hortaleza fue el segundo distrito donde más subió el precio del alquiler de todo Madrid: un 8% en solo un año

En Hortaleza apenas quedan terrenos municipales para la vivienda social. Uno de los últimos solares donde se podían haber construido inmuebles para personas sin recursos era la parcela 106 de Valdebebas, de titularidad municipal hasta que el Ayuntamiento se la vendió al Grupo Ibosa para levantar el Residencial Kentarus, con 65 viviendas de promoción privada. En el barrio de la UVA de Hortaleza, cuya remodelación sigue sin culminar, la Comunidad de Madrid tiene pendiente todavía la construcción, siempre pospuesta, de varias promociones de vivienda social.

PRECIO SIN TECHO

Según el informe La vivienda en alquiler en España en el año 2025 del portal inmobiliario Fotocasa, el precio de la vivienda en alquiler en Hortaleza se había incrementado un 8% el año pasado, lo que supone el mayor incremento en un distrito madrileño (solo por detrás de Vicálvaro, con un 9,2%). Respecto a los barrios, donde más ha subido es en Sanchinarro, con una variación anual del 19,9%.

Según el portal Idealista, el precio de venta del metro cuadrado en Hortaleza era en diciembre de 2025 de una media 5.080 euros. En cuanto al alquiler, el precio del metro cuadrado se situaba en 18,10 euros. Una década antes, el precio de venta del metro cuadrado de vivienda en Hortaleza estaba en 2.804 euros y el de alquiler, en 10,60 euros. El encarecimiento de la vivienda parece no tocar techo, dejando relatos de extrema precariedad y poca esperanza para los que ansían alcanzar un derecho básico como el de disponer de un hogar digno.