Un tipo que abraza a un cachorro asustado con los ojos fuera de sus órbitas mientras asegura que huele a leche. Un tipo que publica sus fotos de niño para inspirar un poco de empatía. Un tipo que saca adoquines fake y papeles y folios de colores estridentes para ver si alguien le hace caso.

Ciudadanos está acabado, ha agotado su función. El Podemos de derechas que exigió algún banquero ha terminado gritando Sí se puede. Ni siquiera dejará unas ruinas dignas de ver: todo era plástico y pladur naranja. Alguien tiene que tomar su relevo.

Hay palabras que se gastan, se dan de sí, como la cintura de unos pantalones viejos de chándal, para que nos quepa la barriga que vamos criando; y al final, sin darnos cuenta, se nos cae el pantalón al suelo y nos quedamos con el culo al aire. Con el concepto fascismo pasa algo así. Lo hemos usado tanto que ahora cuando lo queremos aplicar está todo turbio, como los negocios de la pareja real de Vox sin ir más lejos.

El fascismo histórico europeo tenía un carácter de novedad (la paradoja de la ultramodernidad con raíces) del que carece Vox. Los de Abascal son herencia de los estratos geológicos de caspa que cubren la ultraderecha española con sus banderas con toros, sus mítines apopléticos à la Millán Astray, su querencia por las Vírgenes, los abrigos de visón y las joyas de esas señoras que sufren tanto en Hortaleza, según dijo El Líder en el debate del 4 de noviembre.

El término fascismo lo hemos usado tanto que ahora cuando lo queremos aplicar está todo turbio, como los negocios de la pareja real de Vox sin ir más lejos

Pero el término fascismo se refiere a algo muy preciso. Es el subconsciente de la derecha, el cura babeante o el señorito borracho que duerme debajo de esas marejadas capilares al viento —con mechas, en el caso de ellas—.

Como al niño tonto de la familia, se le esconde excepto en celebraciones (los hemos visto y mucho en el traslado de la momia de Franco, ahora sí, mirando al cielo con esperanza). Pero si las cosas se ponen difíciles (y han venido muy mal dadas, y no se han arreglado), se le da una ducha, se le peina y se le saca a asustar al personal.

Cuando aquello del fin de la historia, hace ahora 30 años, hubo que buscar nuevos enemigos a los que apuntar con el dedo enjoyado para no mirar nuestras propias vergüenzas. La izquierda ya no podía hacer políticas de reparto de la riqueza (¡lo prohíbe el mercado!) y mientras la sanidad se deja morir, los transportes no llegan a tiempo y la educación se deshilacha. La ultraderecha encontró un culpable: el inmigrante.

España siempre llega tarde, pero al final ahí tenemos a nuestros propios ultras 2.0 aullando en el Centro de Acogida de Menores de Hortaleza. Los valientes soldados de Vox señalan a niños para que otros matones descerebrados los agredan de noche.

Así los pobres castizos, los españoles de bien, podrán ver desde las ventanas de sus casas alquiladas (propiedad de algún fondo buitre, y si es en invierno sin calefacción, por ahorrar) cómo lucen sus pieles y sus joyas las señoras de Vox. Como Dios manda.

 

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