E n Hortaleza, aunque nadie se lo crea, tenemos dos grados de temperatura por debajo del centro de Madrid, esto significa que, cuando los vecinos de Tetuán, Latina o Salamanca están a punto de dar con los dientes en el asfalto, a nosotros nos queda todavía aliento. Pero aliento es lo que nos ha faltado esta primavera.

Entre la política y las alergias, los estornudos son constantes y sí, por favor, descansemos un poco, recostémonos en mundos de ficción, sumerjámonos en la música o en las artes: hablemos con la naturaleza y, si es preciso, abracemos a los árboles o hablemos con las urracas, las hormigas… ¡Hagamos algo diferente!

El periodo estival es eso, ruptura. El ser humano necesita cambiar el paso para no hundirse en las arenas movedizas de la insomne rutina. Tenemos la suerte de tener un barrio verde, arbolado y, si uno se empeña, hasta con río propio. Sí, para aquellos que han decidido que hacer un safari en Kenia, submarinismo en Cozumel o un crucero por Islandia resulta agotador, les queda la opción del circuito de parques hortalinos. Un tesoro, sin duda.

El parque de Juan Carlos I, que ocupa nada más y nada menos que 160 hectáreas, ofrece una avenida de olivos que ya quisieran tener los alemanes o suizos y un río artificial que, dentro de no se sabe ya cuándo, acoja tablas surferas y fabrique olas que salpiquen. Es un parque donde habitan los patos, las colinas, donde pueden alquilarse bicis y canoas. Y además está sembrado de fuentes. Si somos más de época, más de rincones con encanto, de paseos decimonónicos, tenemos el parque de Isabel Clara Eugenia, que esperemos que vaya recuperando, poco a poco, el esplendor de antaño.

En fin, que podemos quejarnos de muchas cosas, pero no de barrio. Tenemos bulevares para tomarnos un granizado de limón que refresca hasta el páncreas y horchata granizada que nada tiene que envidiar a la de la playa de la Malvarrosa o a la del barrio de El Carmen de Valencia. Además, si lo nuestro es el paseo en bici multigeneracional, otro de nuestros parques, el Juan Pablo II, tiene todas las condiciones para que los incontrolados menores puedan disfrutar de sus artilugios sin atropellar a los pausados octogenarios.

Y si todo lo anterior no nos convence, pues nos queda agazaparnos bajo el aire acondicionado o cutreventilador con un buen libro entre las manos. Quizá, una recopilación de cuentos de Dino Buzzati, Edgar Allan Poe, Cortázar o Carver. Aunque, para sacar libros de nuestra biblioteca, la cosa está complicada porque permanecerá cerrada hasta septiembre, así que no tendremos más remedio que salir al extranjero, cruzar la frontera e irnos a La Guindalera o a Ciudad Lineal.

Nosotros, reporteros, editores, maquetadores, comerciales, dibujantes y repartidores, desde este nuestro periódico, daremos la bienvenida al mes de agosto; saldremos con los prismáticos colgados al cuello, con las chirucas, el cazamariposas, el gorro de explorador y la cantimplora para no perdernos nada de lo que suceda en el barrio y seguir informando sobre esos dos grados de diferencia que nos convierten en seres de otro mundo.