Hemos quedado fuera del barrio. No nos conocemos, pero viene con determinación a mi encuentro. Es joven, sencilla, asertiva, práctica y, cuando habla de los derechos humanos, se delata su pasión. Entramos en un local de música acaramelada, pero esto no la condiciona porque, de modo discreto, se adapta a cualquier ambiente. Cuando nos sirven un té, deduce que el Ibiza es el preferido de la camarera. Pero toma la iniciativa ante tanto preámbulo: “Yo me dejo guiar por ti en esta entrevista maravillosa”. Tendrá razón en el adjetivo, pero quien guíe será ella. A fin de cuentas, más allá de su profesión de abogada y de su empeño por la justicia, es alguien que sabe lo que quiere y lo que no quiere decir; en especial, los nombres.

Durante la conversación, pienso en la mirada de Nuria, modelada con miles rostros de refugiados y migrantes a los que ha atendido y en las miles de historias que habrá anotado en sus pocos años de intensa labor por los derechos humanos, sus dos palabras para transformar el mundo.

PREGUNTA: ¿De dónde eres?

RESPUESTA: Yo nací en Esperanza cuando se empezó a construir la colonia Virgen de la Esperanza.

P: ¿Siempre en el barrio?

R: También tengo el barrio de Ventas-El Carmen. Allí, pasé la adolescencia, toda la época del instituto, y es donde también tengo un gran grupo de amigos.

P: ¿Y en Hortaleza?

R: Tenía muchos amigos aquí, aunque la mayoría vive en otros barrios. Pero yo he vuelto. Decidí contribuir como vecina comprometida, como militante y activista.

P: Explícanos…

R: Porque es el barrio en el que nací, que me ha gustado y es donde considero que están mis raíces. El regreso a Esperanza para mí ha sido muy emotivo, muy importante y muy bonito. Vuelve a ser otra vez mi barrio, aunque tengo el corazón partido.

P: ¿Tus amigos hortalinos son activistas?

R: No, aunque intento meterles… (risas). Ahora, por ejemplo, en ver si sacamos el espacio vecinal, que es tan necesario y que pedimos que se abra en Esperanza, allí, en Andorra 79. Estas iniciativas se las traslado y terminan firmando con lo cual… (risas). Cada uno, en su medida, contribuye.

P: ¿Dónde has estudiado?

R: Hice primaria en un concertado porque trabajaba allí mi madre, pero, después, pasé al IES Ciudad de los Toreros y a la Complutense. Quiero enseñanza pública. Este es mi espacio, donde me siento identificada, donde encuentro gente que comparte conmigo valores e iniciativas.

P: ¿Fue una liberación ir al instituto?

R: Entre tú y yo, sí.

P: ¿Y después qué?

R: Fui a la Complutense y estudié Derecho. A mí me chiflaban las relaciones internacionales y quería trabajar en algo que sirviese para intentar transformar. Derecho es una carrera que, si se estudia con ese enfoque, ayuda porque te da las herramientas, aunque, desde todas las disciplinas, puede impulsarse la transformación.

P: ¿Solo la Complutense?

R: El último año, me fui a Francia a estudiar (Erasmus) y a aprender francés. Después, viajé a Costa Rica a trabajar con una beca en CEJIL (Centro por la Justicia y el Derecho Internacional), una organización que trabaja con la Corte Interamericana y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Está dedicada a la defensa de casos de violación de derechos humanos en Iberoamérica.

P: ¿Qué aprendiste?

R: Que la situación en Centroamérica es terrible. ¡Bueno!, son muchas las situaciones terribles a lo largo del mundo. Era mi primer contacto con la defensa directa de los derechos humanos ante tribunales.

P: ¿Recuerdas tu primer juicio?

R: Fue sobre la desaparición forzada de niños y niñas en la guerra civil de El Salvador, que, al cabo de los años, hubo sentencia positiva. Fue impactante estar de cerca con las familias que perdieron a sus hijas […], el ver lo importante que es que toda víctima de derechos humanos tenga acceso a esa reparación y esa justicia porque, si no, es un dolor que se lleva siempre.

P: ¿Era ese el objetivo de tu formación?

R: La defensa de los derechos humanos puede hacerse de todas las formas, tanto a través de juicios como con los vecinos de al lado de tu casa.

P: ¿De qué otras formas?

R: Por ejemplo, que el catálogo de demandas del distrito de Hortaleza pueda hacerse realidad va a ser una herramienta para avanzar en los derechos humanos y en la justicia social, dos conceptos que van estrechamente unidos. No hay que ser abogada para defender los derechos humanos. Este trabajo puede y debe hacerse desde muchos sitios, día a día.

P: Y tuviste que regresar…

R: Cuando volví a España, empecé a trabajar en intervención directa, sobre todo, con personas migrantes y refugiadas.

P: ¿Dónde?

R: En muchos sitios. En un centro de atención a migrantes en Usera, en un sindicato, luego en CEAR, en la universidad… En diferentes espacios. Es interesante tener experiencias en todos los ámbitos para entender muy bien qué tienes que hacer y dónde.

P: ¿Hay alguna historia que te haya impactado más?

R: Son muchas. No podría elegir ninguna y sí que es cierto que unas más que otras te conmueven o te llenan de incredulidad porque… ¿cómo puede ser que, a una persona en un lugar del mundo, le haya podido suceder esto, que esté aquí con toda la valentía y que haya llegado a superar esa tremenda situación y se le pongan las trabas que se le ponen?

P: ¿Estás en incidencia y participación social en CEAR?

R: Intentamos visibilizar la importancia que tiene la participación social para hacer llegar a los gobernantes y a las instituciones en general nuestro mensaje, un mensaje de defensa de los derechos de las personas refugiadas.

P: ¿En qué ámbito os movéis?

R: Somos una organización estatal. Vamos a Grecia para ver qué está pasando, qué puede hacer España y qué podemos exigir a nuestro Gobierno.

P: ¿Se entiende el tema de los refugiados?

R: Tenemos la sensación y debemos tener la precaución, no solo quienes trabajamos en las organizaciones, sino también la ciudadanía, de que no debemos crear refugiados de primera y refugiados de segunda. Hay que entender el asilo y el refugio de una manera amplia.

P: ¿Cómo calificas el acuerdo de Europa y Turquía?

R: Este acuerdo que se ha adoptado es completamente inmoral, ilegal e inaceptable.

P: ¿Es peligroso el Mediterráneo?

R: La ruta por mar más mortal del mundo ahora mismo es la del Mediterráneo. En el informe del año pasado de la Organización Internacional de Migraciones, para los últimos quince años, se habla de cifras de más de 25.000 muertos.

P: ¿Qué políticas habría que tener?

R: Con medidas a corto y medio plazo: vías legales y seguras, que se concedan visados humanitarios, posibilidad de pedir visados en consulados de España, así como en embajadas y consulados de Europa […]. También favorecer y flexibilizar la reagrupación familiar. Quitar barreras como el visado de tránsito […].

P: ¿Y a largo plazo?

R: Trabajar en erradicar las causas que provocan los desplazamientos forzados, en la resolución pacífica de conflictos como el sirio, en apostar por una cooperación al desarrollo no condicionada al control de los grupos migratorios, en evitar la vulneración de los derechos humanos en las fronteras, en impedir las devoluciones ilegales […].

P: ¿Qué puede hacerse en los barrios?

R: Todo lo que pueda hacerse de sensibilización e información como de intercambio de conocimientos es fundamental. Es importante que no seamos nosotros quienes pongamos voz a las personas refugiadas, sino que sean ellas mismas las que sean su altavoz y exijan sus derechos. Es fundamental que se cree ese tipo de espacios en lo cercano y no crear guetos. Ahora, lo que tenemos que hacer es construir juntos.