Mi padre contaba que allá por los años cincuenta había visto a Alfredo Di Stéfano por Arturo Soria tomándose algo en el bulevar cuando el genio iba de vez en cuando a ver al Plus Ultra. Imposible, pensaba yo. ¿Qué haría allí Di Stéfano? ¿Y por qué mi padre, que vivía en el Poblado de Absorción de Canillas desde 1956, había visto algo así?

Canillas siempre fue un lugar extraño. Los domingos salíamos a andar y terminábamos en un lavadero digno de un villorrio. De fondo se veían las luces de Barajas como un ovni, pero entre medias aún había furtivos cazando gorriones silvestres. Y sin embargo contaban que allí mismo, en pleno franquismo, tuvo su epifanía en forma de película el Moscú revolucionario. ¿Cómo llegó el Doctor Zhivago a vivir en un pueblo de traperos?

Sólo un sabio puede ordenar la incoherencia. Escuchando a Ricardo Márquez, autor del libro Canillas y del blog Historias Matritenses, el domingo 4 de junio en el Centro Cultural Carril del Conde aprendimos que Canillas es más que una parada de metro, más que otro barrio de un distrito cualquiera. En Canillas conviven una ermita del siglo XVII con villas de la Ciudad Lineal que imaginó un visionario como Arturo Soria y todo ello mezclado con los restos del naufragio de miles de inmigrantes arrojados a los bordes de una ciudad que reventó en la segunda mitad del siglo pasado.

De entre las sombras durante el coloquio emergieron voces de personas que décadas después se escuchaban a ellos mismos contando lo penoso y lo insólito de la construcción de un barrio, la aventura que supuso y lo incierto del resultado. De sus bocas salían nombres borrados, oficios olvidados, todos bajo el asentimiento o el matiz de Ricardo Márquez, al que, confiamos, podremos oír en años próximos.

Aprendimos que Canillas tuvo que reinventarse después de ser absorbido por decreto en 1949, cuando sus límites aún alcanzaban el puente de Ventas e incluían estudios de cine como la CEA, o un estadio, el Velódromo de Ciudad Lineal, primero con césped en España, en el que jugó el Plus Ultra, después conocido como el Castilla, hasta finales de los años sesenta. Al fin y al cabo no era tan raro que don Alfredo se pasara por allí para ver a los muchachos de la Fábrica.

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