Le pregunté a Teresa, mi médica de cabecera, por alguien especial para esta página. Las médicas nos conocen muy a fondo. La respuesta fue casi inmediata: “¡Chelo Martín! Para mí es entrañable, fuerte y maravillosa paisana charra”.

Sí, soy de quienes siguen llamando médicos de cabecera a los facultativos de Atención Primaria y no solo por el cuento La muerte madrina de los hermanos Grimn. ¿Quién será la tal Chelo de Salamanca? Seguramente, sea otra de las médicas encerradas en el barrio.

Pues me equivoqué. Un toque de teléfono me situó en Virgen del Cortijo. Nines nos abrió la puerta de la asociación vecinal y allí empecé a conocer a Chelo, una mujer delgada y “jubilosa”, en sus múltiples sentidos, que expresa sus ideas claramente en cada detalle de su imagen, pero con un torrente interior difícil de conocer.

Su voz calmada, una hermosa voz de radio, está habituada a disimular el torbellino de pensamientos que se amontonan en su cabeza y se anticipa a la entrevista enumerando sus prácticas de estudiante en la inclusa, con toxicómanos, en Cruz Roja, en los pisos tutelados… y su jubilación meses antes de los 65 años.

Tengo que detenerla y me justifico con que este retrato tiene que empezar desde lo primero.

PREGUNTA: ¿Nombre y apellidos?

RESPUESTA: Apellidos, Martín Martínez, y el nombre tiene que ver mucho con el trabajo social, se ve que me predestinaron: María Consolación.

¿De dónde eres, Chelo?

Estudié en Salamanca, pero soy de Peñaranda de Bracamonte.

¿No había instituto en el pueblo?

Allí solo podían hacer el Bachiller Superior los chicos porque tenían un instituto laboral que no era mixto, entonces me tuve que ir interna porque mi padre, machista, no quería que estuviera viviendo en una casa. Mi madre sí abogaba porque lo hiciera, pero mi papá no quería, entonces estuve interna en un colegio de monjas.

¿A qué se dedicaba tu familia?

Mi padre era agricultor, uno de los ricos del pueblo, y tenía panaderías. Mi madre había trabajado en una casa de modas francesa, sabía coser muy bien. Cuando se casó, en Peñaranda montó un taller de modistillas para tener su emancipación económica. Yo siempre estaba por ahí abajo escuchando y les oía lo de los novios… (risas); mi mamá les enseñaba métodos anticonceptivos. Afortunadamente, tuve una madre aperturista.

"Afortunadamente, tuve una madre aperturista"

¿Y tu padre?

Era totalmente machista. De esos de cómo se va a levantar el chico a por agua habiendo dos chicas aquí.

¿Algo positivo de tu padre?

Era un hombre solidario. Decía que el pan no tenía que faltar a nadie y, realmente, la panadería no le rentaba nada. Tenía cuadernos y cuadernos donde iba apuntando lo que se llevaba a deber cada uno de pan y, cuando dejamos la panadería, lo que teníamos era un montón de cuadernitos azulitos con lo apuntado.

¿Llevabas mal lo de las monjas?

En principio, lo que quería era emanciparme. Mi padre me mandaba un giro y por eso tenía que estar donde él quisiera. Por él, hubiera estado en la residencia de monjas toda la vida.

¿Cómo fue tu emancipación?

Fui con mis tíos a Alicante y allí descubrí una academia que preparaba para las oposiciones para aduanas. No salieron y empecé a trabajar en ventas, que era en aquella época lo más fácil. Vendía enciclopedias en inglés y yo no sabía nada de inglés. Ganaba bastante contratando anuncios en las guías telefónicas, páginas amarillas…

¡Qué sorpresa!

Ahí tuve que luchar mucho porque era un terreno de chicos. A mí me dieron las páginas turísticas y yo, poquito a poquito, fui haciéndome con bastante publicidad. Ya me permitieron ser jefe de grupo. Como el director general vio que vendía mucho, pasé a tener todas las guías. Desde la venta, empecé a ganar dinero y a ser independiente.

De todo eso ya no me acordaba.

¿Por qué lo dejaste?

Necesitaba algo más que ganar dinero. Ya me emancipé y podía ir a la casa de mis padres y ser yo la que les hacía regalitos a ellos.

¿Y el cambio al trabajo social?

No he rememorado cómo descubrí el trabajo social, pero fue en Madrid. Me puse a hacer la carrera de Trabajo Social a la vez que estaba trabajando.

¿Era una carrera?

Al principio, era Asistente Social y luego se creó una diplomatura y tuve que hacer como una reválida e ir a Badajoz a examinarme. Al final se convirtió en una carrera de grado medio, similar a Enfermería, pero al principio éramos asistentes sociales y luego se cambió el nombre por trabajadores o trabajadoras sociales.

¿Cómo fue tu formación?

Tres años y, cuando terminaba la carrera, hacíamos prácticas. Una de las prácticas fue en el Instituto Provincial de Puericultura, que era la antigua inclusa de Madrid. Allí, trabajando con madres y niños, se me removió mucha historia.

"Una de las prácticas fue en el Instituto Provincial de Puericultura, que era la antigua inclusa de Madrid"

¿Y tu inicio laboral?

Entré en Cruz Roja trabajando con toxicómanos. Había toxicómanos en rehabilitación y en deshabituación; también toxicómanos a los que solo podías ayudar a tener una mejor higiene: pincharse bien, comer bien, lugares de aseo, albergues…

Llegamos a crear pisos tutelados. En vez de estar viviendo en la calle, estaban en pisos tutelados.

¿El VIH empezaba?

Empezaba, empezaba ya, a ver…

Ahí, mucha prevención con los preservativos (tono de tristeza). Nos coordinábamos mucho con los centros de salud del Ayuntamiento.

¿Recuerdas Madres contra la Droga?

¡Cómo no las voy a recordarlo! Madres contra la Droga estaban aquí en la UVA, ¡claro!

Recuerdo haber trabajado con madres, muchas, y trabajábamos con las familias por la zona de San Martín de Porres.

¿Qué les aportabais?

Poner límites, que era muy difícil. Muchas veces, les compraban la droga con tal de que los hijos estuvieran tranquilos. Poner límites, aunque tuvieran que llorar y venir a nuestros grupos diciendo que me muero y se lo tengo que dar.

¿Qué recursos había?

Desde el Plan Regional sobre Drogas de la Comunidad de Madrid, hicimos una guía de recursos. Me colaba en las entidades sin identificarme como trabajadora social para conocer desde dentro realmente lo que pasaba. Te estoy hablando de El Patriarca, de Remar, de Reto, sectas… Había que saber qué era aquello.

¿Te pillaron alguna vez?

Salí escaldada en algunos porque me descubrieron.

¿Has pasado miedo?

Miedo, no. El corazón me ha palpitado muchas veces, pero miedo no porque tú ibas con la verdad.

¿Qué recomiendas?

No soy partidaria de estas sectas. Soy partidaria de las comunidades terapéuticas, aunque no dependan del Ayuntamiento o de la Comunidad de Madrid, pero que sean de profesionales donde haya sanitarios, psicólogos, personas profesionales.

Chelo Martín

Chelo Martín en el parque Doña Guiomar. MANOTERAS TE ENFOCA

¿Cuándo empezaste en Monóvar?

En 1990 empecé a trabajar en el centro de salud Monóvar. Éramos laborales y nos hacían contratos incluso por meses. Luego saqué una oposición.

¿Con quiénes has trabajado?

Yo incluso en el centro de salud trabajaba con Cáritas, con Cruz Roja… Había grupos de desintoxicación tabáquica, grupos de relajación, hacía consulta…, mujeres maltratadas… Además, en Monóvar abrimos una Mesa de Coordinación Comunitaria: reuniones periódicas con todas las entidades del barrio donde se exponían los problemas y propuestas de soluciones. Con radio Enlace hacíamos las campañas de vacunación antigripal con cuñas animando a los vecinos a vacunarse.

¿Y ancianos?

Junto a la trabajadora social del Centro de Salud Mental de Hortaleza, coordinábamos los talleres de la asociacion Kwizera, donde derivábamos a los ancianos de alto riesgo haciendo un seguimiento continuado. Mi marido se atrevió a hacer un taller de teatro con los ancianos de alto riesgo y no te puedes imaginar… Tienes que hablar con ellos porque la persona que se merece una contraportada es la presidenta de Kwizera, que es quien siempre ha tirado de todo y ha conseguido que los mayores se encuentren mejor calidad de vida.

Y de poesía, ¡eh! Que los ancianos leyesen poesía y supiesen leerla. Tenemos personas de ochenta años que hacen poesías.

¿Y mujeres?

Con otras trabajadoras sociales monté la Asociación de Mujeres en Barrios para hacer grupos de mujeres. Tenía la sede en mi casa. Esto era por la época del síndrome tóxico, la colza, que es cuando nos conocimos diferentes trabajadoras.

¿Qué hacíais?

Lo que hacíamos era ayudar a las mujeres a empoderarse, a saber decir que no, a controlar el tema de la sexualidad, a dejarse querer, a exigir que la quieran y exigir también que tenían que formar parte de una familia íntegra, ayudada por los demás, todos al mismo nivel. Las mujeres tienen mucha fuerza y tienen posibilidades de conseguirlo.

¿Y en caso de maltrato?

El tema de la mujer maltratada es tremendo. He trabajado, conjuntamente con la compañera del Centro de Salud Mental del distrito, con mujeres maltratadas que, en el fondo, se sienten culpables. Sin embargo, no se puede trabajar con los maltratadores. Ellos son perversos y no son capaces de sentirse culpables.

¿Qué se hacía en estos casos?

Yo trabajaba con ellas para que denunciasen y llegaban a denunciar. Después vino el tema de ponerse las muñequeras aquellas, pero la mayoría tenían que marcharse fuera. Y creamos pisos de mujeres maltratadas aquí en Madrid, pero no sabía nadie dónde estaban.

"He trabajado mucho con mujeres maltratadas que, en el fondo, se sienten culpables"

¿Y mujeres gitanas?

Yo había hecho prácticas en la Asociación Española de Integración Gitana trabajando con gitanos cuando terminé la carrera. En mí confiaban mucho porque yo era paya, pero una paya que sabía entender a los gitanos. Confían en ti si saben que les vas a apoyar y no les criticas, que no les estás juzgando y que entiendes que tienen su manera de ser.

Atendíamos sus demandas; entre otras, informarles sobre métodos anticonceptivos, por ejemplo, que si se ponían un DIU. Trabajar con mujeres te da gusto, te entienden perfectamente. En la zona de Cárcavas, que vivían muchos gitanos en rulots, íbamos a vacunarles allí. ¿Qué pasa? Que se confiaban: “¿Cómo está fulanito…? Pues que vaya al centro”.

¿Y con los menores?

También, con el centro de atención a la infancia (CAI) hemos tenido mucha coordinación. Desde Servicios Sociales estaban los educadores de calle y los educadores de familia. Estábamos muy en contacto. Amejhor trabaja también con niños y demás. Era una completa colaboración y seguimiento.

¿En caso de abortar?

Cuando eran menores, trabajábamos mucho con las familias. En Mar Báltico teníamos el COF (centro de orientación familiar). De ahí venía el tema de la posibilidad de abortos, no abortos.

¿Te acuerdas de aquellos tiempos en que el aborto no, pero mandaban a sus niñas a Londres a abortar? ¿A los que no podían qué pasaba? ¿Usar una aguja o tirarse desde una altura para ver si…?

¿Te formaste también?

Con esa asociación de trabajadoras sociales que montamos en mi estudio, decidimos ir a Holanda para formarnos allí y trabajar con las mujeres que no tenían para pagarse el ir a Londres.

A través de juegos, teníamos que hacer intervenciones con las jóvenes y las familias, seguir terapias, trabajar más la comunicación, la interacción a través de juegos… Los temas de desarrollo personal y comunitario.

¿Te jubilaste antes de tiempo?

Me prejubilé y ahora cobro 400 euros mensuales menos, pero qué me importa si va en mi salud y ahora no me duele nada.

¿Qué pasó?

Me jubilé antes de tiempo por la tensión personal. Mi trabajo era trabajar con personas. Psicológicamente, estaba muy agotada porque ni dormía pensando en los casos.

Te desvelas viendo la cara de… y el llanto de… porque tienes corazón, porque eres persona.

¿Después de tantos años?

En Mar Báltico son como 4 zonas básicas, como cuatro veces Monóvar. Yo era la única trabajadora social. En general, he sufrido maltrato institucional. Lo que les está pasando ahora a los médicos.

¿Cómo no vas a llorar si no puedes hacerlo bien? Atención Primaria es saber que esa persona que viene con un ojo morado tiene una historia y conoces la historia.

"En general, he sufrido maltrato institucional. ¿Cómo no vas a llorar si no puedes hacerlo bien?"

¿Eso te producía estrés?

Lo que me producía malestar era que no me cuidaban los compañeros. Me seguían derivando y derivando, absorbiéndome todo. Agotamiento total.

¿Algo de lo que te arrepientas?

A lo mejor tenía que haberme puesto más límites. Al igual que enseñaba a los demás a poner límites, tenía que habérmelos puesto yo para no agobiarme.

Tengo poco de lo que arrepentirme. Cuando hago las cosas, las hago con todas sus consecuencias.

¿Qué te ilusiona ahora?

Viajar. Acabamos de venir de ver las auroras boreales. Nos hemos recorrido Suecia, Noruega y Finlandia. Estamos viajando muchísimo.

¿Se me olvida algo?

Fui una de las cofundadoras de la asociación Mis Mujeres. Estuve mucho tiempo con Mis Mujeres.

¿Y ese nombre?

Eso de Mis Mujeres, como si fueran mía, no me gusta nada. Quien nos convocó y nos formó, una chica joven muy maja que hace teatro, nos consideró sus mujeres. A mí no me hace mucha gracia el nombre.

¿Satisfacción?

Si hablamos de los toxicómanos, conseguir que algunas madres supieran poner límites y aguantasen hasta conseguir que el hijo demandase ayuda y acceder a un tratamiento de desintoxicación.

¿Algo que eches en falta?

Tuve un hijo para conocer la maternidad porque no me quedo sin conocer las cosas. Sí me hubiera gustado tener más de uno. Hecho ahora de menos nietos, pero no quieren tener hijos (risas).

¿Te preocupa algo?

Yo de lo que estoy muy preocupada es del tema sanitario, de la salud pública. No nos hemos ido a Alicante por estar aplaudiendo, tenemos que estar apoyando, ¿cómo no vamos a estar!

¡Gracias, jubilosa!

Jubilosa, jubilosa, sí.

Chelo Martín

Chelo Martín, señalando una de las partes del mural del parque Doña Guiomar. MANOTERAS TE ENFOCA

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