Era mayo y era 1989. El último año de una década seguramente igual de singular y apasionante que todas, pero que para los que la vivimos tiene una mística especial: los ochenta.

Tiempos en los que en España habían cambiado muchas cosas, aunque algunas no tanto como quisiéramos. Los límites de la realidad de los que tanto hablan algunos. Uno de esos límites, sin duda de los más injustos y crueles, era la desigualdad. A pesar de ser años de expansión económica, las diferencias seguían creciendo generando una fractura que, a día de hoy, lejos de acortarse, seguramente se ha hecho más profunda.

Sigue siendo un hecho que existen personas sin hogar, algo que dice muy poco de los elementos de protección que hemos construido para las personas más vulnerables

La asignatura pendiente de la justicia social es, sin duda, una de las eternas suspensas de esta democracia de intensidad limitada en la que vivimos. Las personas sin hogar son, por supuesto, uno de los niveles más bajos del edificio de la desigualdad. A ese colectivo destinó su trabajo desde su origen la asociación El Olivar y, más en concreto, a las personas jóvenes que viven en situación de calle o en riesgo de estarlo.

Mucho ha cambiado desde entonces la realidad de este país. Hoy nuestro piso acoge a personas que, en su mayoría, no nacieron en este país, y no era el caso entonces. También hemos visto que el número de chavales que entraban en nuestra casa apenas cumplidos los 18 años era cada vez mayor.

De izq. a dcha., Deborah (educadora), Youssef (antiguo usuario del piso) y Nabil (usuario del piso) dan la bienvenida y explican las normas de convivencia a Muhammad Salem, recién incorporado a la familia de El Olivar. SANDRA BLANCO

Por desgracia, lo que sigue siendo un hecho hoy es que existen personas sin hogar, algo que dice muy poco de nuestra sociedad y de los elementos de protección que hemos construido para las personas más vulnerables.

Ojalá, 30 años después, no tuviéramos que existir. No parece que los que mandan en nuestras instituciones consideren una prioridad la atención a aquellos a los que se niegan derechos fundamentales como el acceso a una vivienda digna, la sanidad o la mera supervivencia.

Donde no llega lo público, para deshonra de quienes lo gestionan, tiene que aparecer la ciudadanía. Ese es el papel que hemos venido desarrollando el grupo de personas que, por el simple interés de acoger a aquellos a los que se desposeyó de la oportunidad de vivir una vida plena, hemos creado el piso de El Olivar.

Donde no llega lo público, para deshonra de quienes lo gestionan, tiene que aparecer la ciudadanía

Quién sabe cuánto tiempo más seremos necesarios, mientras eso sea así, la puerta de El Olivar, siempre en Hortaleza, por cierto, estará abierta a quienes necesiten ese bien tan imprescindible para la vida como es tener un hogar, en el sentido más amplio del término. Un hogar, muchas vidas: ese es nuestro lema, ese es nuestro compromiso, ese es nuestro deseo.

 

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