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Calles que se esfuman

Era un barrio de charcos en inviernos en los que olía a carbón, y de veranos de sol sin tregua. La vida se hacía en la calle, desde jugar al fútbol durante horas hasta cantar villancicos detrás de una zambomba o tirar petardos en navidades. Incluso las broncas entre vecinas eran públicas, épicas y callejeras.


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Calles que se esfuman

Foto extraída del libro 'Canillas' de Ricardo Márquez

Calles que se esfuman
Enero 21
12:41 2015

Las felicitaciones navideñas que mandaba puntualmente cada año mi tía desde Cantalejo, en Segovia (“aquí todos bien, espero vosotros también lo estéis”), iban dirigidas a una calle que ya no existe, Rubí de Bracamonte, y terminaban con una expresión, Poblado de Absorción de Canillas, que yo entonces no entendía.

Después comprendí que lo de poblado era un ejemplo de esa jerga entre fascista y tecnocrática del franquismo que parecía señalar a quienes habitábamos allí como una especie de indígenas de las praderas en su reserva o internos en un campo de reclusión, vencidos de una guerra que no terminaba nunca mezclados con exlegionarios alcoholizados, con chivatos por supervivencia, con inadaptados de nacimiento y sobre todo con mucha gente trabajadora.

Lo de Absorción, en cambio, reflejaba mejor la realidad de un barrio que era como una colcha llena de remiendos, donde se superponían familias que acababan de llegar a Madrid con personas que habían sido arrojadas años atrás a Canillas sin alternativa desde una zona de Ventas cuyos caminos (¿dónde quedó la calle Pignatelli?) tampoco existen ahora porque desaparecieron enterrados bajo la M-30.

En el poblado de Canillas todo se hacía a voces: el butanero gritaba sus bombonas, el cartero pregonaba quién recibía cartas ese día rodeado de un corro expectante, y las madres se pasaban el día llamándonos a gritos desde los balcones de los pisos de correderas que recorrían los cuatro bloques que, junto a multitud de casitas bajas, formaban el poblado.

Era un barrio de charcos en inviernos en los que olía a carbón, y de veranos de sol sin tregua. La vida se hacía en la calle, desde jugar al fútbol durante horas hasta cantar villancicos detrás de una zambomba o tirar petardos en navidades. Incluso las broncas entre vecinas eran públicas, épicas y callejeras. Entre otras cosas porque los pisos y las casas eran tan pequeños que allí dentro no cabía tanta gente ni tanta fatiga ni tanta tristeza como a veces había, especialmente cuando la droga, allá por los setenta, se llevó por delante a muchos en el barrio.

Una mañana de sábado de hace 27 años aparecieron unos desconocidos a los que miramos con recelo (¿qué extraños iban a querer venir al barrio?) mientras exponían las bondades de un plan para reformar el poblado. Muchos vecinos se tendrían que ir a un lugar lejano, el barrio de San Lorenzo, para poder concentrar a los que quedaran en sólo dos bloques y así, en un proceso muy complejo, ir consiguiendo espacio para edificar unas viviendas decentes después de más de 30 años allí, como venían demandando las asociaciones de vecinos y como reclamaban las mujeres del barrio siempre que tenían oportunidad.

Hubo dos grandes mudanzas y muchas lágrimas antes de que el barrio dejara de parecer el barrio. Ya sólo quedan en pie unas pocas casas bajas y la reforma podría terminar pronto, que para eso hay elecciones en 2015, pero la literatura de la Comunidad de Madrid aún se refiere al barrio como Poblado de Absorción de Canillas. Aunque se esfumen las calles, hay cosas que nunca cambian.

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Julián Díaz

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