Durante estos dos últimos años, he visto cerrar muchas tiendas en mi barrio, y siempre noto una desazón terrible, me pongo tristísima, incluso frente a aquellos comercios a los que no he llegado a entrar; quizá, en esos casos, el desasosiego es mayor, me siento un poco culpable.

Imagino los comienzos del negocio, cómo buscaron el nombre de la tienda, o encargaron el rótulo, imagino a una pareja joven haciendo números después del trabajo, pidiendo prestado aquí y allá, a los suegros, a la abuela, y siempre con ese miedo mezclado con una especie de triunfo que los nuevos proyectos nos traen. Buscar un emplazamiento, negociar un alquiler, los arreglillos antes de abrir y la gran inauguración, ¡ese vinito en la puerta de la tienda!

Recuerdo entonces la tienda de revelado, el videoclub, la ferretería, el quiosco de helados o la mujer panadera que regalaba libros y organizaba mercadillos

Recuerdo entonces la tienda de revelado, el videoclub, la ferretería, el quiosco de helados o la mujer panadera que regalaba libros y organizaba mercadillos. O de Lara, que abrió una tienda muy hippie y alternativa en una calle muy conservadora y clásica. Decidió irse al casco histórico de Hortaleza a seguir con su hatha yoga, tengo que visitarla para que me cuente qué tal le va ahora. Otros negocios, tras la pandemia, se han traspasado, como la librería El Bosque, ahora hay dos chicas jóvenes que están deseando hacer cosas nuevas.

La semana pasada, el pobre Elvis iba con la lengua fuera, hacía mucho calor, arrastraba sus 12 años y sus cuatro patas cuando se detuvo en seco a beber agua en un cuenco que alguien había colocado en la entrada de un nuevo negocio, ¡una nueva panadería! Mientras el perro bebía, entré a echar un ojo y, ya de paso, me llevé el pan.

En realidad, son las ganas lo que mueve un barrio, las ganas de la gente y, muchas veces, también, la simpatía

A Elvis y a mí ya nos han ganado como clientes, porque, al final, son más que negocios, ¿no? Son tus vecinos haciéndonos, casi siempre, la vida un poco mejor. En realidad, son las ganas lo que mueve un barrio, las ganas de la gente y, muchas veces, también, la simpatía. Digo casi siempre, porque, en otras ocasiones, la amargura de los años, la crisis, la monotonía, quizá, o un mal día, se transforman en esa famosísima frase de la serie americana Seinfeld: “No soup for you”, o sea, no hay sopa para ti. Que viene a decir que te largues por donde has entrado y no vuelvas.

Eso me pasó hace un año en el zapatero, me miró y me señaló la puerta con un no soup for you, que sonó muy castizo mientras golpeaba el tacón de un zapato de charol contra el mostrador y me miraba con sus ojos vivaces y pequeños… A veces, nosotros, los clientes, también tenemos un mal día, entramos en una tienda relinchando, nos quejamos de esto o de aquello. Confío en no tener que cambiar las suelas de mis zapatos en mucho tiempo. Aunque pensándolo bien, igual, sin mascarilla, ya no me reconoce y se alegra incluso de verme. O, a lo mejor, ha empezado a hacer hatha yoga con Lara.

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