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HORTALEZA EN TAXI

Mi otro yo

El taxista en cuestión se llamaba Daniel. Y el caso es que, observándolo a través del espejo (desde el asiento trasero), me dio por pensar que era yo quien conducía llevándome a mí mismo a casa


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Mi otro yo

Foto Sandra Blanco

Mi otro yo
mayo 29
12:35 2018

Por mi taxi han pasado monjas, títulos nobiliarios, punkis, fascistas, millenials, ancianos centenarios, parados de larga duración, ricos de cuna, actores y actrices de renombre, funcionarios en excedencia, crápulas vocacionales o incluso políticos de toda índole. Vividores y gente hastiada de vivir. Estados de ánimo ciertamente extremos, del negro más oscuro al blanco inmaculado.

Trayectos por trabajo, por ocio, viajes sin rumbo indefinido (“Llévame lejos, a 20 euros de aquí”, llegó a decirme uno), o incluso urgencias realmente urgentes. No es del todo raro hacer las veces de ambulancia porque un niño acaba de partirse el cráneo en un columpio y, acto seguido, nada más salir del hospital, llevar en ese mismo asiento a una pareja feliz, despreocupada, de camino al cine o a tomar algo. O vivir el drama de quien acaba de perderlo todo al póker y, en la siguiente carrera, llevar a una mujer que acaba de recibir buenas noticias y desea compartir su dicha con el primero que encuentra (en este caso el taxista).

O llegar incluso a presenciar esos mismos altibajos en una misma persona, como aquel tipo al que llevé del tanatorio Sur a las Fiestas de Hortaleza porque su abuela favorita había muerto el mismo día que tocaba su grupo favorito: “No es incompatible el duelo y el ocio”, recuerdo que me dijo. Aquella frase se me quedó grabada a fuego.

Después de aquel trayecto (principios de junio del 2017), aproveché que estaba ahí, en las Fiestas de Hortaleza, y decidí aparcar mi taxi con la idea de pasarme a saludar a los amigos de Radio Enlace y Hortaleza Periódico Vecinal (y, ya de paso, celebrar también el duelo de la abuela de aquel tipo).

Al final me lie, lo reconozco, y acabé tan beodo que opté por dejar mi taxi aparcado y buscar otro taxi que me llevara a casa. El taxista en cuestión se llamaba Daniel, igual que yo. Y el caso es que, observándolo a través del espejo (esta vez desde el asiento trasero), me dio por pensar que era yo quien conducía llevándome a mí mismo a casa. Me vi desde fuera, quiero decir, haciendo lo que normalmente hago, que es conducir un taxi. Y aquello supuso tal cura de humildad que, desde entonces, ya no soy realmente yo, sino aquel anciano, aquel punki o aquella actriz que observa por la espalda a un tal Daniel.

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Daniel Díaz

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