Hoy, escuchando la radio, me sorprende oír el nombre de mi abuela a través de las ondas. La periodista habla de un artículo aparecido en un periódico del barrio de Hortaleza y de la propuesta de dedicar una plaza a Josefa Arquero, vecina del barrio que falleció con 107 años.

Y al oírlo me pregunto, ¿cuáles fueron los méritos de mi abuela para ser distinguida con este honor? Y, rápidamente, sin esfuerzo alguno, me vienen las respuestas a la cabeza:

Fue mérito de mi abuela ser una mujer normal, sencilla y trabajadora, muy trabajadora, que de niña iba a Madrid, a lomos de un burro, a vender fruta con su madre y su tío a las casas de los señores de la capital.

Fue mérito de mi abuela ser una joven que sobrevivió al desgarro provocado por una guerra civil, y al sufrimiento por el encarcelamiento y el destierro a Valencia de su marido, tan joven como ella.

Fue mérito de mi abuela convertirse en una madre excelente de cinco hijos y derrochar creatividad al  inventarse mil trabajos para sacarlos adelante durante la posguerra. Y, cuando la vida la premió con quince nietos, fue una abuela entrañable que el día de su cumpleaños nos invitaba a su casa y se pasaba la mañana en la cocina preparando tartas, bizcochos, pasteles y rosquillas para todos. Y cuando llegaba Navidad, no importaba el frío que hiciera en Madrid, nos  llevaba a ver los belenes más bonitos y tradicionales y nos obsequiaba luego con  un chocolate en la Puerta del Sol para entrar en calor.

El mérito de mi abuela fue que, cuando la vida la premió con quince nietos, fue una abuela entrañable que el día de su cumpleaños les invitaba a su casa y se pasaba la mañana en la cocina preparando tartas, bizcochos, pasteles y rosquillas para todos o a los que todas las navidades, no importaba que frío hiciera en Madrid, les llevaba a ver los belenes más bonitos y tradicionales y luego les obsequiaba con  un chocolate en la Puerta del Sol para entrar en calor.

El mérito de mi abuela fue crecer y adaptarse a cada una de las circunstancias que le presentó la vida, cambiar su pensamiento del siglo XIX al siglo XXI, y hacerse más tolerante al contrastar sus ideas y creencias con las vivencias de sus nietos.

El mérito de mi abuela fue ser una vecina cariñosa, generosa si alguien le pedía ayuda y sensible ante el dolor de los que tenía cerca, de conversación agradable y de memoria prodigiosa, que recordaba todas las historias de Hortaleza, el pueblo del que se sentía tan orgullosa, y a la que todos conocían y saludaban cuando se sentaba a la puerta de su casa, ya anciana, a “tomar el fresco” o cuando ya, en silla de ruedas, acudía a la procesión de la Virgen de la Soledad.

El último mérito de mi abuela fue que, cuando su cuerpo cedió a la fragilidad y a la dependencia, sus ojos se mantuvieron llenos de luz para mirar a los suyos, y cuando ya no reconocía a casi ninguno, al sentirse abrazada por ellos de su boca, con un hilo de voz, salía un «uy, uy, uy» que no sonaba a quejido sino a agradecimiento.

Por eso estoy convencido de que en una ciudad como Madrid, con un callejero lleno de generales, capitanes, reyes, en su mayoría hombres, sería muy innovador y a la vez necesario que hubiera una calle, una plaza o un parque con el nombre de mi abuela o de tantas abuelas que no hicieron historia pero que son  historia de esta ciudad.

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