Las fantasías no huelen.

María Antonieta, mujer de Luis XVI y reina de Francia, estaba enamorada de los campesinos. Se hizo construir una Aldea Campesina en Versalles con su granja, su palomar o su molino. María Antonieta paseaba por allí de cuando en cuando vestida de pastorcilla, encantada de llevar un modo de vida puro y natural como el que ella suponía que vivían los aldeanos.

La reina tenía otras aficiones. Se dice que también llevó a la corte francesa la costumbre de bañarse todos los días, y de usar el perfume no para ocultar la peste corporal, sino como modo de seducción.

Cuando una horda de campesinos la llevó a la guillotina, María Antonieta seguramente pensó en lo mal que olían los campesinos y en lo poco que se parecían a esa aldea que, después de la Revolución, languidecía en Versalles.

Cuando se convirtió en alcaldesa, Carmena comenzó a construir su Aldea Para La Gente en el centro de la ciudad, con zonas prohibidas a los coches y colorines por todas partes. Todo muy agradable, una fantasía ilustrada e inodora

Con la idea de la gente pasa lo mismo que con la de los campesinos. La gente es chispeante y supera todas las contradicciones porque nadie sabe muy bien lo que es. Según los inventores de la palabra se trata de cantidades borrosas de personas permanentemente jóvenes y con un buen gusto aquilatado para vestir, lo cual es compatible con lucir bigote. Pueden morir bajo el sol esperando para ver un festival de cine turkmeno; no gritan ni utilizan modos estridentes aunque los torturen; no trabajan en una empresa, sino en un ecosistema, y son profundamente animosos.

Aunque tiene tendencia a residir en el centro, la gente puede habitar en barrios siempre que puedan vivirlos irónicamente.

En los barrios la gente a veces se cruza con otros humanos que, curiosamente, no son diseñadores gráficos ni disfrutan de los beneficios del coworking, excepto si son jornaleros repartidores en bicicletas, momento en el cual ya pueden saborear la economía colaborativa y llamarse riders.

La gente mira a esos otros humanos con su guiño permanente, y desde hace unos años los animan a que voten como ellos a Manuela Carmena, porque creen que, de alguna manera, llegarán a ser como ellos, como la gente.

Carmena es un destilado de la gente que viene de otra época, cuando aún había clases sociales. Es divertida, joven a pesar de su DNI, viste con modestia pero con elegancia, adora la cultura no convencional y está abierta a todo lo nuevo con una sonrisa colgada en su cara.

Carmena fue elegida alcaldesa de Madrid por una alianza entre la gente y los otros humanos que viven en los barrios, triunfando sobre los preferidos por los otros dos tipos de personas que anidan en esta ciudad: los ricos y los que creen que son ricos.

Cuando se convirtió en alcaldesa, Carmena comenzó a construir su Aldea Para La Gente en el centro de la ciudad, con zonas prohibidas a los coches y colorines por todas partes. Todo muy agradable, una fantasía ilustrada e inodora.

Pero los humanos que no son ricos, ni pseudorricos ni la gente se sintieron algo defraudados: en sus barrios no notaron el advenimiento de la Buena Nueva. Las basuras seguían oliendo mal allí como el dinosaurio del cuento, y había performances pero no casas sociales.

Así, cuando las urnas han llevado al cadalso electoral a Manuela Carmena seguramente habrá notado que no había tanta gente como ella suponía.

Y que los de más allá de La Aldea del centro apestan.

 

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