El hueco que deja un árbol es algo parecido a un nicho abierto, a un espacio sin aire, sin armonía. Sentir que están ahí, que nos ayudan a respirar, a sentirnos un poco más cerca de nosotros mismos, de lo que fuimos, es algo que a menudo olvidamos. Supongo que es más fácil talar que pensar en cómo no hacerlo.

Hace unos años recibí un mensaje en mi móvil, era un grito de auxilio. “Van a talar más de treinta árboles del bulevar” decía el mensaje, “hay que impedirlo”. El barrio se movilizó, lo hizo de manera algo precaria, porque apenas éramos unos pocos los que pasábamos un 18 de agosto de 2020 en nuestras casas. Los árboles llevaban clavados en los troncos su sentencia de muerte y rápidamente nos movilizamos.

No sé muy bien cómo ocurrió, pero, en pocos días, medio centenar de vecinos nos encontramos ahí, entre los plátanos, magnolios y cedros, caminando de arriba abajo de nuestro bulevar. Añastro es uno de los rincones fronterizos más emblemáticos de nuestro distrito; en Añastro, se han librado muchas batallas en las últimas décadas, gracias a los vecinos, a nosotros, el bulevar existe todavía, así que era complicado quedarnos en casa mirando por la ventana y sin hacer nada, mientras lo peor sucedía.

Logramos que los responsables de la ordenación y reconstrucción del pavimento se hicieran la pregunta que todos deberían hacerse, ¿hay alguna otra manera?

Ese mes de agosto de hace más de tres años, todo se detuvo, se analizaron nuestros más de treinta árboles sentenciados y tan solo los que estaban enfermos, pocos, entraron en la tala. Digo, nuestros, porque son nuestros, de los vecinos, de los caminantes, forman parte de nuestra vida y nos corresponde estar en primera línea defendiéndolos, con uñas y dientes. Quizá, aquel mes de agosto, logramos que los responsables de la ordenación y reconstrucción del pavimento se hicieran la pregunta que todos deberían hacerse, ¿hay alguna otra manera? Sí, sí la había, ¡claro que la había!

Las aceras del bulevar podían rehacerse con más cabeza, las obras se podían rediseñar y así salvar muchos más ejemplares condenados. Una vez más, ganamos. ¡Qué satisfacción! Sí que se talaron algunos de los ejemplares, es cierto, pero se sustituyeron por otros que hoy crecen, altivos, orgullosos y el bulevar sigue siendo un hermoso paseo en el que continuamos respirando y viviendo.

En realidad, solo necesitamos detenernos y pensar, pensar en esas prioridades ya caducas que se imponen demasiado a menudo en una ciudad como la nuestra, en un barrio, frondoso como el nuestro, en el que no necesitamos más asfalto, sino verde, mucho verde. No dejemos de asomarnos por la ventana, de estar vigilantes, de impedir que estos rincones hortalinos se extingan.

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