Cuando los componentes de Pearl Jam salieron al mastodóntico escenario principal del Mad Cool ignoraban que se encontraban en un lugar llamado Hortaleza, aunque el barrio entero supo de inmediato, con los primeros y tímidos acordes de la canción ‘Release’, que la banda estadounidense nos estaba visitando.

Era jueves y la música de la banda de Seattle se colaba con nitidez en muchas viviendas del distrito. Algunos aseguran que se oía como si Eddie Vedder cantara en la ducha de casa con la puerta del baño abierta. El concierto fue el epítome de la primera edición en nuestro distrito del mayor festival musical de España: decenas de miles de personas se emocionaban apelotonadas en una parcela de Valdebebas, mientras otras decenas de miles maldecían, en la comodidad de su hogar, tener que oír el eco de casi un centenar de bandas procedentes de todo el mundo.

Público durante unos de los conciertos / Foto Sandra Blanco

RUIDO Y CAOS

El traslado del Mad Cool al norte de los recintos feriales de IFEMA, al este del barrio de Las Cárcavas, trajo una deslumbrante constelación de estrellas del rock y el pop internacional, pero también más molestias de las previstas para residentes y asistentes durante tres largas jornadas.

Hubo atascos, ruido de madrugada, caos en las entradas y, como colofón, el aparatoso accidente sin víctimas de un autobús que quedó suspendido sobre un puente de la M-11. A pesar de todo, no se produjo ningún incidente de gravedad como el que empañó la anterior edición del festival celebrada en la Caja Mágica, donde el acróbata Pedro Aunión perdió la vida al precipitarse al vacío desde una altura de 30 cuando realizaba un espectáculo.

Asistentes al festival, en la entrada al recinto del Mad Cool / Foto Sandra Blanco

Con 80.000 asistentes por jornada, la ausencia de algaradas resulta casi milagrosa, porque existieron conatos desde la primera tarde, cuando el acceso al festival se convirtió en un embudo bajo el sol donde se incubaba la impaciencia mientras por los siete escenarios instalados dentro del recinto desfilaban Eels, Toundra o Iván Ferreiro, entre otras actuaciones.

Tras la bochornosa espera, pisar el césped artificial que alfombraba del festival se celebraba como quien alcanza un oasis en el desierto. La alegría duraba lo que se tardaba en buscar alimento o refrigerio: de nuevo largas colas para hidratarse, mientras al otro lado de la barra un ejército de trabajadores batallaba sin parar ante el asedio de los sedientos.

Josh Homme, de Queens Of Stone Age, durante su actuación / Foto Sandra Blanco

ASISTENCIA INTERNACIONAL

El estirón del Mad Cool en esta tercera edición tiene esas consecuencias. Transformado en un macrofestival, ha perdido escala humana y jibariza a los asistentes hasta reducirlos a meros consumidores que, resignados, encontraron consuelo en la música. El cartel había provocado peregrinaciones desde todos los puntos cardinales del planeta, sin exagerar.

Sirva la anécdota protagonizada por Enos, finlandés afincado en Londres, que se plantó en Valdebebas con diez amigos del Reino Unido y procedencias remotas como Australia, Nueva Zelanda o Suráfrica. Cuando entró al recinto, les perdió de vista a todos. Se quedó solo en la multitud, hasta que entre la marabunta se encontró a un amigo español, y de Hortaleza para más señas. El mundo es un pañuelo.

En efecto, todas las incomodidades se esfumaban en cada concierto memorable. La lista es larga y diferente en el recuerdo de cada asistente, porque el cartel fue tan ecléctico como extenso, tanto que los solapamientos de actuaciones provocaron incluso una espantada, la de Massive Atack. Una leyenda urbana sitúa al enigmático Bansky en esta formación británica, y hubo quien imaginó a los de Bristol adornando un muro del barrio mientras se esperaba su truncada aparición en el festival.

Alex Capranos, de Franz Ferdinand, durante su actuación en el Mad Cool / Foto Sandra Blanco

No lo hicieron porque les molestaban las irresistibles canciones de Franz Ferdinand que llegaban desde otra punta del recinto. El líder de los escoceses, Alex Kapranos, fue el primero en denunciar la existencia de una segregadora zona VIP bajo el escenario.

Al día siguiente, Josh Homme, de Queens Of Stone Age, también amenazó con detener su actuación si los organizadores no levantaban el cerco. Quedó como un señor ante toda España, porque el concierto se retransmitía en directo en televisión, pero su grupo había prohibido que los fotógrafos se acercaran a hacer su trabajo, al igual que Pearl Jam, Artic Monkeys, Nine Inch Nails o Alice In Chains. Son detalles que no suelen aparecer en las crónicas.

En esta, que tiene inevitable mirada barrionalista, quiere dejar constancia del orgullo de patria chica que sentimos al ver a Alejandro Ovejero, vecino y impulsor del colectivo Hortaleza en Vivo, en uno de los escenarios del festival con su banda Morgan.

El hortalino Alejandro Ovejero, con su banda Morgan, en el Mad Cool / Foto Sandra Blanco

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