Cuando la realidad es abrumadora, cuando duele, buscamos un refugio. Unos se agazapan en lo cotidiano, en la tarea aprendida, en la monotonía de lo doméstico; otros llenan sus horas de una actividad frenética que distorsiona el tiempo hasta acelerarlo y sentir que todo va más rápido. Los de siempre vuelcan sus voluntades y energía en la comunidad, lo hacen con una pasión única y una entereza envidiable. Y luego, estamos los que necesitamos vaciarnos de esa realidad para crear.

En nuestro barrio somos muchos los creadores. Todo cabe en Hortaleza, es como el Aleph borgiano, pero con forma de barrio. Me pregunto cómo se abstraen nuestros pintores, Alberto, Ana, Rosa, María José, Mona, Eugenio, Elisa… Si logran sacarle al lienzo colores de primavera o si las sombras se hacen mancha. Cómo consiguen nuestros compositores mezclar las estrofas, fraseos y estribillos sin que asome el grito, el estruendo. ¿Y la ORCAM? ¿Y todos esos músicos rusos, alemanes, rumanos, húngaros, polacos, peruanos, brasileños y búlgaros? ¿Qué sentirán?

Quizá es ese dolor el que convierte la miseria en arte, en canción, en pintura, libreto, escultura o en una columna como esta

Me pregunto si nuestros guionistas y cineastas clavan las uñas en las imágenes que, como cohetes desbocados, amenazantes, irrumpen en nuestras casas cada noche cuando nos sentamos frente a los informativos. Intento imaginar unas manos que esculpen la piedra fría, el barro cansado, unos dedos que comban los metales sin apenas asombro. Vuelo hacia nuestro pequeño Teatro Atril e intento reconstruir las caras de Vicente y Santiago, ¿seguirán representando a Zorrilla? Quizá hayan decidido acercarse a Ionesco, al teatro de lo absurdo.

Termino siempre asomada a mi ventana. Hago señales de humo, con forma de párrafo no escrito, a mis compañeros escritores y escritoras que, como hago yo, buscan ese espacio en la imaginación que la descarnada realidad ocupa. ¡Es tan difícil! Creo que a veces nos sentimos pequeños, la desazón, el dolor ajeno, el futuro tambaleante, borracho, nos ata de pies y manos. O quizá no, quizá es ese dolor el que convierte la miseria en arte, en canción, en pintura, libreto, escultura o en una columna como esta. Quién sabe.

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