Cuando el colegio público Juan Zaragüeta de Hortaleza abrió sus puertas en 1974 estaba rodeado de campo, aunque ahora cuesta creerlo. La desaforada expansión de la ciudad ha ido borrado el paraje bucólico de hace 50 años mientras añadía todos los elementos posibles para convertir el entorno en el menos adecuado para un centro educativo. Primero se construyó aledaño un edificio de oficinas tan grande como un trasatlántico. Después, la autopista M-40 quedó trazada a unos metros de la entrada del colegio, separándolo para siempre de las viviendas del barrio como un río de incesante caudal de tráfico que solo puede cruzarse por un puente peatonal. En el lado opuesto, sobre un talud se levanta la vía férrea por la que traquetean trenes de mercancías, extendida en paralelo a la Vía de los Poblados, donde los escolares comparten calle con una cementera y su trasiego de camiones de gran tonelaje; también con el Punto Limpio del distrito y una gasolinera. En 2020, la multinacional energética Iberdrola, que tiene su sede a unos pocos metros, completó el cerco al colegio instalando en el descampado colindante —con el beneplácito del Ayuntamiento de José Luis Martínez Almeida— un aparcamiento de casi 300 plazas para sus trabajadores junto al patio. Las familias del Zaragüeta se rebelaron y consiguieron revertir el párking para transformarlo en una zona verde con columpios y pista deportiva, el único rincón agradable entre tanta hostilidad urbanística.
“Es un entorno incómodo, por eso solemos decir que el colegio es un oasis dentro de todo lo que nos rodea”, afirma Elisabeth Contreras, presidenta de la asociación de madres y padres (AMPA) del Juan Zaragüeta, un centro de “ambiente familiar, con un proyecto educativo potente” por el que apostó para la formación de su hijo, a pesar del ruido y malos humos circundantes, a los que esta semana se han sumado los bólidos de la Fórmula 1: apenas 300 metros separan el Zaragüeta del trazado del circuito Madring donde se disputa el Gran Premio de España desde este viernes, en plena jornada lectiva y con el colegio enclavado dentro del perímetro de restricciones al tráfico impuesto por el Ayuntamiento de Madrid en su plan de movilidad ante un evento al que acudirán decenas de miles de personas.
Esta semana, la dirección del Juan Zaragüeta aconsejó a las familias de sus 350 escolares que el viernes prescindieran del coche para traer a sus hijos a clase, ante la previsión de un colapso en los accesos a los recintos feriales de Ifema que acogen el campeonato de Fórmula 1. Contra todo pronóstico, esta mañana la entrada al colegio ha resultado plácida: la mayoría de los empleados de las oficinas de la zona han teletrabajado y en los alrededores reinaba la quietud de un festivo, aunque por las aceras fueran desfilando, en goteo, aficionados con gorras rojas de Ferrari o polos de la escudería Aston Martin del piloto español Fernando Alonso.
Un sonómetro instalado por Ifema en el exterior del colegio marcaba poco más de 60 decibelios cuando empezaron a circular los bólidos, que se escucharon a kilómetros de distancia
“La verdad es que no estaba preocupada, aunque no le vea ningún sentido a que tengamos aquí la Fórmula 1”, reconocía Lidia, una madre, en los minutos previos a que arrancasen los motores en el circuito. Ocurrió poco antes de las diez, sin provocar el temido estrépito dentro del colegio: los bólidos del Madring se han escuchado a kilómetros de distancia, pero en el cercano Zaragüeta sonaban como un persistente zumbido no demasiado molesto. Un sonómetro instalado por Ifema en el exterior del patio marcaba poco más de 60 decibelios, un nivel inferior al que registraría después con la algarabía durante el recreo. Según uno de los técnicos, el Zaragüeta se ha beneficiado de una “sombra acústica” por encontrarse en una hondanada, a menor altura que el circuito. Además, el talud de las vías del tren ha contribuido a mitigar el sonido.
“En realidad, nuestro problema son los otros ruidos que tenemos todos los días”, expone la presidenta del AMPA, que admite su sorpresa por la ausencia de incidencias en una jornada que todas las familias tenían marcada en rojo en el calendario. “No hemos tenido ningún caos y las clases se han desarrollado con normalidad”, apostilla. Desde el centro subrayan que la inmensa mayoría de los escolares han acudido a las aulas, y que el rugido de los bólidos era casi imperceptible porque el descenso de las temperaturas permitía cerrar las ventanas durante las clases. El gran estruendo del día se ha producido a la hora de la salida, y no porque los niños hayan festejado con gritos la llegada del primer fin de semana del curso: justo en ese momento, un caza ha sobrevolado el barrio, dejando como rastro una burrada de decibelios caídos del cielo.



