Uno de los órganos vitales de un barrio es su biblioteca. Es ahí donde se hacen los corros alrededor del libro, de la historia, de la nuestra. Es en la biblioteca donde unos van a estudiar, otros a buscar el libro de lectura del trimestre o solo se acercan a echar un vistazo; y también es ese rincón con olor a papel, en el que alguno entra a resguardarse del frío o del calor.

La biblioteca es el ágora, el fuego que nos protege de las bajas temperaturas que conlleva la ignorancia. Es, al fin y al cabo, una ventana al mundo. Cierto que no basta un clic, que no es una ventana fácil por la que asomarse, pero sí un principio, una fuente inagotable de conocimiento. Si, además, estamos atentos y podemos complementar esas visitas a la biblioteca con exposiciones, teatro, conciertos y, dentro de poco, con cursos, talleres y todo tipo de actividades, quizá, nos podamos convertir en seres un poco más sabios.

Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que siempre había imaginado el paraíso como algún tipo de biblioteca. Y qué mejor paraíso de barrio que aquel que encierra lo mejor y lo peor de la condición humana y, además, lo pone a nuestro alcance.

Junto a las bibliotecas —nuestro barrio tiene dos, bueno, una y media y una tercera aterrizando en Sanchinarro—, están los centros culturales, donde, a diferencia de la biblioteca, el silencio, no es un requisito, sino un incordio. Es en ellos donde el barrio habla, expone, intercambia y levanta la voz. Es en los centros culturales de Hortaleza donde la literatura, las artes y las ciencias se dan cita, están a nuestro alcance, cerca. Por ese motivo, preservar estos rincones, alimentarlos de iniciativas interesantes, iniciativas de calidad, donde unos demos, otros recibamos y todos compartamos, es prioritario.

Las iniciativas de barrio son, sin duda, las semillas, el caldo de cultivo, de una plantación mayor, la de nuestra propia ciudad. Madrid no solo debe alimentarse de los grandes espacios institucionales, de grandes centros de exposiciones, de lujosas construcciones de grandes aforos, a veces demasiado exclusivos. Madrid se alimenta también de barrios como el nuestro, donde viven y crecen músicos, escultores, pintores, bailarines, escritores, actores, ellos y ellas, todos haciendo barrio, haciendo cultura. Lo contrario nos embrutecería.

Por eso, desde este periódico, queremos acercar a los vecinos de Hortaleza a todo aquello que sucede en nuestros pequeños paraísos y —a veces no tan pequeños— rincones. Dentro de algunos meses podremos reestrenar el silo, El Silo de Hortaleza, con mayúsculas. Un lugar emblemático del barrio, cerrado por obras, que esperemos vuelva a brillar y albergue lo mejor de nuestra cultura, esa que ha convertido un pueblo agrícola del siglo XIII en lo que tenemos hoy. Confiamos en que albergue todo tipo de actividades interesantes y enriquecedoras para todos nosotros.

¿No creen que cualquier inversión pública en convertirnos en seres un poco más sabios es buena? Nosotros sí lo creemos.

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