El ser humano es más propenso a desear lo que no tiene que a disfrutar de aquello que se muestra ante él con la costumbre y la simplicidad con las que, en ocasiones, el mundo se manifiesta. Es cierto que lo simple no siempre agita nuestros sentidos, pero ahí está.

Paseamos por nuestras vidas con la prisa que el tiempo nos marca, un tiempo que casi siempre es ajeno. Los horarios de las tiendas, las guarderías, los colegios, las oficinas, las comidas… Los horarios de un mundo, de una urbe, que establece sus normas de convivencia, su orden preciso. Un sistema que, poco a poco, nos engulle, arrebatándonos los instintos más naturales, esos con los que nacemos.

Durante estos pasados días festivos, decidí pasear por el barrio a través de la mirada de los más pequeños. Vi como algunos metían los dedos regordetes bajo el agua helada de las pocas fuentes que manan en el barrio, otros hundían las manos en la arena blanca que cubre las áreas de juego y observaban cómo las piedras resbalaban por el acero del tobogán. Dos niñas en cuclillas seguían la formación de las hormigas negras, avanzaban junto a ellas, despacio, evitando pisarlas. Otros coleccionaban los colores de las hojas caídas de los plátanos que pintan nuestro barrio como lo haría el pincel de Van Gogh.

Si estos días tienen la oportunidad de mirar a través de los sentidos más infantiles, y dejar el barullo de la realidad que acecha, saquen unos minutos para pasear por el parque de Los Llanos, en la avenida de Machupichu.

Aunque nos la vayan arrebatando y nade en cardúmenes de edificios, la naturaleza siempre es un espacio distinto que reconforta

No es el valle sagrado de los incas, es cierto, pero sus arces, alineados a lo largo del paseo nos dan la bienvenida teñidos de fuego, de otoño, se alzan majestuosos, y nos recuerdan que esos sentidos adormilados pueden despertar y reconfortarnos. Aunque nos la vayan arrebatando y nade en cardúmenes de edificios, la naturaleza siempre es un espacio distinto que reconforta.

Escribía Thoreau que “los individuos, como las naciones, deben tener adecuados y amplios límites naturales, así como un considerable terreno neutral que los separe”. Me pregunto si no serán nuestros parques ese terreno neutral. Ahí fuera, bajo la ventana, hay todo un cosmos listo para hacernos olvidar, durante un rato, todo lo que deseamos y no tenemos.

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