Me daría algo más de importancia, pero soy padre de una niña que es mi cosmos y el porqué de todo lo que hago. Digamos que soy el apéndice de ella y el aprendiz de ella; apenas un taxista que escribe, y viceversa, para que algún día me lea y tal vez comprenda la importancia que ella tiene para mí. De hecho, cada noche, le cuento historias fantásticas vividas en mi taxi con moralejas varias y pinceladas de magia.

Historias como la de aquel 24 de diciembre que llevé en el asiento trasero de mi taxi al mismísimo Papá Noel por culpa de un contratiempo sufrido por su reno Rudolf, que había sufrido un cólico nefrítico. Mi hija me preguntó asombrada qué era eso de cónico nerfético y en estas llamé a mi hermana, que es médico, para que se lo explicara.

Cada noche, le cuento historias fantásticas vividas en mi taxi como la de aquel 24 de diciembre que llevé al mismísimo Papá Noel

Me asombró muchísimo que mi hija, con apenas cuatro años por aquel entonces, se preocupara más por la salud de Rudolf que por el hecho insólito de haber llevado al mismísimo Papá Noel en mi taxi. Pero ahí no quedó todo.

A la mañana siguiente, Aitana se encontró un regalo tirado a la izquierda de su asiento cuando entramos en el taxi mi mujer, mi hija y yo para ir a casa de los yayos. Nada más verlo, me preguntó qué era eso, y yo le dije de inmediato que, seguramente, Noel, con tanto ajetreo, se lo había dejado olvidado anoche.

El regalo, por cierto, llevaba un nombre escrito: Marcos, y mi hija lo leyó y al instante me dijo que no era para ella, sino para un tal Marcos, y que tendríamos que hacer todo lo posible hasta encontrar al niño en cuestión. “Pobrecito –añadió–, se quedó sin regalo y ahora estará llorando”.

El regalo llevaba un nombre escrito y al instante me dijo que no era para ella y que tendríamos que hacer todo lo posible hasta encontrar al niño

Fue un gran detalle por su parte no haber abierto el regalo de inmediato y que, nada más leer el nombre del auténtico destinatario, decidiera entregárselo. Reacciones como esa me hacen pensar que, al fin y al cabo, tanto su madre como yo la estamos educando por el lado correcto.

El regalo al final lo entregamos en Correos adjuntándole una emotiva carta que escribí al dictado de Aitana. Hace ya dos años de esto y ella sigue recordándolo asombrada y yo también. De hecho, continúo preguntándome cómo demonios pudo habérsele olvidado en mi taxi aquel regalo a Papá Noel. En fin… ¡Feliz 2021 a todos!

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