A menudo me da por pensar que no soy taxista, sino alguien (o algo) disfrazado de taxista que en apariencia busca calles y usuarios cuando en realidad solo busca estados de ánimo.

Subir Gran Vía de Hortaleza a media tarde, por ejemplo, es para mí un estado de ánimo. Me hace sentir relativamente bien. El semáforo en rojo de la plaza de Santos de la Humosa es otro estado de ánimo (aún más placentero, por cierto).

La parada de taxis del centro comercial Palacio de Hielo, sin embargo, se me hace bola dentro. Supongo que será por aquella sentencia judicial de 2009 que obligaba a demoler semejante mole, pero que nunca llegó a cumplirse. Por lo visto, según quién seas, puedes pasarte el Plan General de Ordenación Urbana por el forro del fondo de inversión. Vamos, lo de siempre.

Aún guardo nítido cuando yo era niño e iba con el carro y con mi madre de la mano a comprar carne, fruta, pan o pescado en puestos distintos donde siempre te llamaban por tu nombre

Algo similar me sucede cada vez que circulo por Mar Negro (la calle, no el mar) y me cruzo con el recuerdo de aquella galería comercial, hoy reconvertida en otra cadena de supermercados. Eso me duele todavía más, porque aún guardo nítido cuando yo era niño e iba con el carro y con mi madre de la mano a comprar carne, fruta, pan o pescado en puestos distintos donde siempre te llamaban por tu nombre, y a tu madre la llamaban por su nombre, y tu madre llamaba al verdulero por el suyo.

Hoy, sin embargo, todo se vende envasado y en bandejas, no hay papel de estraza, nadie conoce a nadie y el cajero o la cajera duran en su puesto lo que tarden en encontrar algo mejor.

Hay que ser un actor de primera para mirar a tus hijos a los ojos sin que perciban en tu rostro un terror casi paralizante por el futuro que los espera

Hay que ser muy fuerte para no pensar que nos vamos a pique, que la cultura de barrio se ha ido diluyendo en silencio a golpe de franquicia y que el tejido social acabó deshilachado a base de inyecciones de capital de fondos extranjeros. Hay que estar loco de atar para evadirte del desastre ecológico que está provocando este capitalismo voraz, insaciable, controlado por perros de Pávlov que solo salivan cuando huelen dinero.

Hay que ser un actor de primera para mirar a tus hijos a los ojos sin que perciban en tu rostro un terror casi paralizante por el futuro que los espera. Aunque también podría evitarlo. Podría no pasar por las calles que me evocan malos pensamientos, pero soy taxista. No puedo evitar formar parte sustancial de esto. De hecho, nadie puede.

 

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