Imagínate por un momento en mis zapatos, conduciendo un taxi por las calles de Hortaleza. Imagina que, además, llueve. Lluvia fina, de esa que te llevaría a sacar la cabeza por la ventanilla si tu vida fuese una peli romántica. Hay poca gente en derredor, la tarde cae a plomo y el cielo insiste en convertirse en una suerte de placenta. En la radio, suenan temas suaves, medio tempo (la música es parte esencial de lo que intento decir), y el caso es que, la suma de detalles sensoriales, este atrezzo ad hoc, no te hace sentir precisamente alegre o feliz en un sentido clásico, sino más bien reflexivo, introspectivo, en perfecta comunión contigo mismo. Se ha creado, digamos, un clima perfecto para el ensimismamiento que tal vez, desde fuera, obviando los detalles del contexto, pudiera confundirse con eso que entendemos por tristeza. Pero nada más lejos. No, no estás triste. Te sientes frágil y punto. Blandito. Vulnerable. Sin embargo, te sientes bien.

Imagina ahora que, en ese preciso instante, inmerso como estás en la melancolía, alguien te alza la mano y no te queda otra que frenar a su altura (recuerda que eres taxista: a fin de cuentas, estás trabajando). Y que, cuando el usuario o la usuaria abre la puerta trasera de tu taxi, de repente, te asalta el temor de ver truncado el cosmos que te habita. Por un momento, te planteas cambiar la expresión de placidez en tu mirada por otra más fría; más protocolaria. Pero luego piensas que no tienes por qué hacerlo. En cierto modo, también está la opción de incluirlo a él o a ella en todo esto: invitarla a tu mismo cosmos, pero sin verbalizarlo. Es probable que al fin lo consigas. La música suave, la lluvia percutiendo en el cristal, tu silencio calmo y un manejo suave del volante podrían llevar al otro a sumarse a esa pequeña parcela tuya de quietud introspectiva. En cierto modo, sin hacer realmente nada, estás haciendo algo: influir en la psique de un perfecto desconocido. A la postre, somos gente sensible, y a veces no hace falta ejercer interacción alguna para cambiar el esquema sensorial del mundo que nos rodea.

Lo que trato de decir es positivo: si todos evitáramos ese miedo a compartir nuestra innata vulnerabilidad, lograríamos una mayor empatía; y el mundo, por consiguiente, sería un lugar más habitable.

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