Querer vivir en Hortaleza y llegar a conseguirlo, actualmente, se ha convertido en toda una hazaña. Como bien saben aquellos que han estado buscando un piso de alquiler por el barrio en los últimos años y se han encontrado con que debían pagar casi 600 euros por escasos 40 metros cuadrados con una sola habitación. También están los que, por 60 metros cuadrados y sin amueblar, te piden 800 euros y, además, pagar el seguro del hogar.

No sé a ustedes, pero, si les sucede como a la mayoría, que con suerte llegamos a cobrar unos 900 euros al mes, no salen las cuentas. Sobre todo si pensamos en que, para que un alquiler sea sostenible, debe suponer como máximo el 45% del total de los ingresos obtenidos.

Sobre todo si pensamos en alguien que quiera vivir solo, o en familias monoparentales, o en una persona jubilada que viva con una pensión no contributiva… Con lo que la pregunta que se plantea es: ¿están los precios del alquiler equilibrados con el poder adquisitivo actual? Claramente, la respuesta es no, y Hortaleza no es una excepción.

Ya lo dijo hace unos meses una antigua vocal vecina de nuestro distrito que forma parte de la Asamblea de Inquilinas de Hortaleza en una entrevista que concedió a este periódico: “Esto es algo que se veía venir porque el barrio está muy bien situado”. Lo que ha atraído a fondos de inversión y decenas de inmobiliarias que crecen como setas por todas partes.

¿Y el resultado cuál es? El aumento exorbitante del precio de los alquileres o, directamente, la venta con bicho dentro, es decir, cuando te toca renovar tu contrato de arrendamiento y, tres meses antes (con suerte), te comunican que han vendido tu casa a un particular y, de la noche a la mañana, te encuentras con que estás en la calle, como les ha ocurrido a muchos vecinos y vecinas de Parque de Santa María. Porque la desinformación reina en todas estas prácticas (quizá buscando pasar desapercibidos y que la gente no se rebele), cuando no directamente las malas artes y el acoso, como están sufriendo muchos inquilinos de la Colonia Banesto.

El distrito es una zona muy golosa, muy bonita, con mucho verde, con mucha vida, muy bien comunicada (ahora) con el metro, con las autopistas y con el aeropuerto. Podemos seguir sumando ventajas a la lista, gracias en su mayoría al gran activismo que caracteriza al tejido asociativo de Hortaleza, como bien sabemos los que llevamos toda la vida en el barrio.

Ese tejido asociativo formado por esas mismas hortalinas y hortalinos a los que, ahora, el intocable precio de mercado y el afán especulativo los obligan a exiliarse buscando un nuevo lugar en otro distrito u otro municipio donde sí puedan costearse el precio de cuatro paredes.

Pero ya no es un hogar si tu familia, tus amigos, tus lugares, tus terrazas, tus parques y tus vecinos y vecinas ya no están contigo ni a tu alrededor. Porque un hogar no son solo las cuatro paredes en las que te cobijas y donde desarrollas tu vida, un hogar es el barrio en el que vives, los vecinos y vecinas con los que te cruzas, la asociación o entidad en la que participas, aquella tienda de la esquina donde siempre haces tus compras, ese parque donde te gusta estar los días soleados y ese carnicero del mercado de toda la vida que te llama por tu nombre y, con una sonrisa, te avisa de que te ha guardado una parte de la pieza que más te gusta.

Queremos seguir viviendo en nuestro barrio de toda la vida, aquel que hemos creado entre todas y todos. Queremos lo mismo que las miles de personas que se han lanzado a las calles en las últimas semanas para exigir que les dejen ejercer su derecho a adquirir una vivienda digna a un precio asequible en Madrid, en Barcelona y en muchas otras ciudades de España.

Lo que nos lleva a la pregunta más importante: ¿qué han hecho hasta ahora y qué van a hacer los gobernantes para garantizar a todos los ciudadanos el ejercicio de este derecho fundamental frente a las oleadas especulativas del capital privado?

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