Todo depende de cómo miremos ahí fuera, de cómo interpretemos lo que nos rodea, de cómo sea nuestra ventana, sus cristales, la luz cambiante del día, el sol de la tarde… Cada uno de nosotros percibe e interpreta de forma distinta.

Paseamos por nuestras calles, descansamos en un banco frente a un cedro y un grupo de niños jugando, tiramos una pelota al perro, sorteamos tres boquetes en la calzada, non detenemos a hablar con el vecino, que nos cuenta que su hija ya no vive en el barrio o convertimos la palma de la mano en un cuenco improvisado y probamos el agua de las fuentes que manan. Pero es posible que caminemos tan rápido que nos de igual por dónde lo hagamos, no oímos, no olemos; es en ese momento cuando dejamos de interpretar esos estímulos, a veces placenteros, otras veces no, que, al estar en contacto con el entorno urbano, nos llegan como una brisa extraña.

En invierno, ese mar es de un tono grisáceo, casi plateado cuando el sol está bajo, en verano, los colores son más fuertes, de una intensidad rabiosa

Quizá ninguno de ustedes se haya dado cuenta de que en nuestro barrio hay unas excelentes vistas al mar. Un inmenso océano que se alza majestuoso. El horizonte cambia sus tonos verdosos a azulados, según la hora del día, la estación, la temperatura. En invierno, ese mar es de un tono grisáceo, casi plateado cuando el sol está bajo, en verano, los colores son más fuertes, de una intensidad rabiosa. Es posible que sean así, tan vivos, por el deseo que sentimos de ir hasta ahí, de tocarlo y respirarlo.

Es posible que piensen que me he vuelto loca, que menuda tontuna les estoy contando. No sean escépticos, confíen en mí, caminen al atardecer en un día despejado, caminen despacio, respirando las fragancias de los pinos del parque de Pinar del Rey y tomen el puente curvado, ese puente que ayer era de madera oscura y hoy de ladrillo rojo. Deténganse a media altura de ese mismo puente, háganlo con ganas de mirar y descubrir y luego, poco a poco, giren sobre sí mismos, cara al norte, hacia Asturias, buscando el Mar Cantábrico. Verán, allí, en el horizonte, las velas desplegándose, quizá, si ese día están de buen humor, hasta logren oír el mugido sordo de las gaviotas y el viento golpear los mástiles de los veleros que fondean en nuestra bahía.


Eva Losada Casanova es escritora (www.evalosada.com), con tres obras publicadas: Moriré antes que las flores (2021), El sol de las contradicciones (2017) y En el lado sombrío del jardín (2014).

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