De todos es sabido que, para que llegue el verano, primero han de pasar las largas noches de invierno y la cambiante primavera. Por mucho que quieras calor, hay que esperar. Las estaciones tienen que llevar su curso. Una gestación, para que llegue a buen puerto, dura desde semanas a meses, según la especie. No queda otra, hay que aguardar a que el embarazo siga su curso.

Antes, cuando ibas a comprar tanto la fruta como la verdura, sabías lo que te ibas a encontrar, dependiendo de la época del año. Era lo natural y no le dabas más vueltas. Antes, cuando ibas a las tiendas de la esquina, las de toda la vida, o al mercado tradicional, el tendero te decía: “Hoy no te lleves naranjas, que no han salido muy buenas, llévate manzanas mejor”.

Ahora en las grandes superficies no sabes si han salido bien o mal. Las coges, haces un acto de fe y te las llevas. No hay nadie que te aconseje. También puedes encontrar fresas en invierno, traídas de no sé dónde y a precio de oro, pero te las llevas.

Algo estamos haciendo mal. Estamos perdiendo el sentido de la paciencia y nos avasalla el de la inmediatez, nos conformamos con una engañosa comodidad. Ya no hace falta esperar, puedes comprar todo tipo de fruta y verdura durante todo el año, sin importar de dónde viene, sin pensar en el gasto que tiene para el planeta poner en tu nevera algo que ha viajado miles de kilómetros desde otro continente.

Algunos pensarán que prefieren comprar en las grandes superficies porque es más cómodo, más rápido y, además, venden los productos empaquetados, por lo que es más higiénico, y, si pueden hacer la compra desde casa, mejor que mejor.

Los horarios laborales cada vez son peores, pero también nos hemos malacostumbrado. Las grandes superficies abren incluso en fiestas y antes se adaptaba uno a los horarios, incluso cuando cerraban al mediodía.

También es cierto que ahora todo se vende empaquetado. No hay nada más que mirar los contenedores amarillos. ¡Qué bien han sabido engañarnos! Los plásticos, derivados del petróleo, tardan entre 100 y 1.000 años en degradarse totalmente. Eso sin contar las especies que están muriendo por ingerir restos plásticos que confunden con alimento. Algunos dirán: “Si yo reciclo” . Sí, pero el coste es alto, tanto económico como medioambiental, debido a la generación de contaminantes gaseosos que van al aire que respiramos.

Leer el etiquetado no produce alergia, y es bueno saber de dónde viene lo que compras. Es duro plantearse cosas, pero más duro es para los agricultores ver que lo que a ellos les pagan a tanto, en las grandes superficies, se vende multiplicado por veinte, un precio encarecido por los costes de combustible y los intermediarios.

Seguramente, las personas mayores de los barrios entenderán bastante bien algunas de estas cosas. Resulta preocupante la falta de comercios a pie de calle, a la vuelta de la esquina, bien porque han ido cerrando, bien, como es el caso de los barrios nuevos, porque se piensa en construir áreas comerciales inmensas antes que otro tipo de instalaciones.

Reflexionemos. Todavía hay soluciones. Se necesitan comercios de confianza, cercanos al vecindario. Es cierto que te traen un paquete de tornillos en diez minutos a tu casa, pero también tardas diez minutos en ir a la ferretería de la esquina, donde, además, te dirán si es el tornillo que necesitas.

Necesitamos comer alimentos seguros, sin pesticidas y con garantías de que el productor ganará lo que debe sin encarecerse el producto. ¿Imposible? No lo es. Se está produciendo un aumento de grupos de consumo y de mercados agroecológicos donde directamente puedes hablar con el productor. Más seguridad, imposible.

¿De verdad es necesario consumir tanto plástico? El planeta de ahora es el futuro de nuestros descendientes. Si no hay planeta, no hay futuro. Es hora de recuperar el sentido perdido. Es hora de sembrar para que haya un mañana.

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