“Ya no te quiero”. Así lo dijo. “Ya no te quiero”. No me lo dijo a mí, menos mal. Yo solo conducía el taxi: era su chófer, apenas nadie. Se lo dijo al teléfono, a quien fuera que estuviese al otro lado. “Ya no te quiero”. Y, nada más decirlo, hubo un silencio por parte de ambos: el silencio de ella, supongo que a la espera de que él reaccionara, y el silencio de él, desconcertado, noqueado más bien, al no esperar semejante tiro en la nuca, a bocajarro y a una distancia indeterminada.

Deduje el silencio de él al otro lado del teléfono porque ella, pasado un rato, dijo: “Jaime, ¿sigues ahí?”. Y su falta de respuesta me resultó de lo más comprensible. No cabe nada más después de esas cuatro palabras, tres de ellas monosílabos, por cierto: “Ya no te quiero”. No caben argumentos ni excusas ni razones capaces de enmendar el impacto de una frase tan letal. Es más, cualquier discusión de pareja, cualquiera, podría tener solución, excepto aquella.

Tras un “Ya no te quiero”, no hay discusión ni vuelta atrás posible. Al menos, ese ya significaba que, antes, lo quería, pero que, ahora, justo ahora y en lo sucesivo, había dejado de hacerlo. Supongo que nadie puede desenamorarse y volver a enamorarse de la misma persona, al menos, no del mismo modo y con la misma intensidad, como tampoco puedes amputarte un miembro y esperar a que te crezca. ¿Los motivos? ¿Hacen falta motivos para dejar de amar? A veces, son excusas, pero el trasfondo, el proceso de enamoramiento y posterior desenredo son y serán por siempre la madre de todas las incógnitas.

El caso es que ella, después de esos segundos de silencio viscoso y ante la nula reacción de él, decidió decir: “Adiós, Jaime, adiós”. Y colgó. Y, al colgar, soltó todo el aire mantenido en ese rincón de los pulmones donde habitan los recuerdos incómodos. Y mi taxi, en cierto modo, se volvió más liviano. Y me dio por pensar más en Jaime que en ella, la verdad. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Sostener el teléfono con cara de asombro? ¿Dónde lo habría pillado semejante noticia? ¿En el metro, tal vez? Ahora, el metro tiene cobertura. Maldita cobertura la del metro si es que sirve para este tipo de llamadas. Maldita tecnología. Ya ni siquiera nos decimos lo importante cara a cara. Maldito siglo cobarde.