A través de mi ventana, el granizo sacude las ramas del roble y golpea con saña el alféizar, la lluvia regresa enfurecida, como si supiera que ha sido invocada con gritos y lamentaciones durante todo el mes de mayo. Salgo sin paraguas, subo por la avenida de San Luis con unas viejas botas de agua hacia la Feria del Libro de Madrid. Un grupo de escritores españoles y rumanos hablaremos del paisaje en la literatura. Llevo varios días pensando en qué es el paisaje, en si todos vemos el mismo paisaje, en si no será algo imaginado o quizá sea tan solo un producto de nuestras sensaciones o estados anímicos.

Alguien, un día, me preguntó por qué en mis novelas no aparecía Hortaleza, mi barrio. Durante unos minutos, me quedé pensando en qué paisajes asomaban en mis textos, si mis recreaciones de ficción estaban realmente tan alejadas de aquí, de esta colina elevada, de estos parques, callejuelas, grandes avenidas, de este pueblo ahogado, de sus sonidos, olores, de sus mayores, niños, gatos, perros, mirlos, urracas, tórtolas… Y descubrí que, en realidad, llevaba casi veinte años asomada a esta ventana y que mis paisajes de ficción se habían construido desde ella, a través de unos cristales que en ocasiones estaban empañados, en otras sucios y a veces cambiaban de color.

Descubrí que, en realidad, llevaba casi veinte años asomada a esta ventana y que mis paisajes de ficción se habían construido desde ella

Comprendí que en la ficción los paisajes los miran y pintan los personajes, y que a esos personajes los alimentamos los que fabulamos, así que, en realidad, todos los paisajes transfigurados han nacido aquí, en este barrio, porque los paisajes son nostalgia, memoria afectiva, carencias, deseos y quizá estados vitales. Y es que, en este barrio me he enamorado, han crecido mis hijos, he llorado, maldecido, separado, he tomado cerveza fría en los festivales de música, granizado de limón en las terrazas de Añastro, he visto el mar desde el puente de Pinar del Rey, he subido al Silo, he quitado la nieve de las calles y he bebido en sus fuentes.

En este barrio, descansa mi padre bajo un magnolio, dos de mis gatos lo hacen en una maceta y mi querido Elvis me acompañó por sus aceras durante trece años. Por las noches, cada primavera, la música del auditorio se mezcla con el golpeteo que produce la yema de mis dedos al unir unas palabras con otras, cuando moldean esos paisajes, esos que, en realidad, cambian segundo a segundo, deformándose a través de la mirada de los personajes que los habitan.

Llego al Parque del Retiro, empapada, me abro camino entre las casetas de libros y al sentirlos tan cerca, me pregunto cómo serían los cristales de ficción de Pessoa o Machado; de Maupassant, Delibes, Wharton, Calvino, Flaubert, Onetti, Woolf, Clarín o Joyce. ¿Desde qué ventana construirían ellos los paisajes?

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