Un viernes cualquiera: 17.30 horas. Elvis estaba listo para su paseo. Lo saqué al parque que está en frente de la iglesia, en la calle Villa de Pons. Elvis era un perro adoptado y tuvimos que soltarlo poco a poco y solo en espacios controlados. Por eso, aquel parque era uno de los pocos sitios donde Elvis podía correr libre y curiosear como un perro feliz. En aquel parque él se sentía seguro, en un año se le habían pasado todos los miedos.

Volvimos a casa y todo normal, mimos, cena, siesta y un último paseíto nocturno y con correa, esta vez al otro lado de la calle López de Hoyos, en la calle Estíbaliz.

Fue a las 3.30 horas de la mañana cuando empezó a encontrarse mal, solo vomitó una vez, sin ningún rastro de sangre o comida rara. Sin embargo, se le notaba muy incómodo y decidimos llevarlo al veterinario. Elvis llegó a la clínica con una fuerte deshidratación. Lo ingresaron, pero el perro seguía decaído, a pesar de los cuidados veterinarios.

"Esta historia nos tiene que enseñar la importancia de amar y respetar a todos los seres vivos"

Finalmente, empezó a mostrar más señas de envenenamiento, según el veterinario «compatibles con raticida». Hicieron todo lo que pudieron, pero Elvis no aguantó y se fue a las 14.00 horas de un frío y soleado sábado de enero.

En menos de 24 horas, perdimos a un amigo, un componente de la familia, un ser maravilloso. Lo rescatamos del abandono y de la violencia, con nosotros encontró un hogar y mucho amor, y al final se murió por mano de alguien muy irresponsable o, simplemente, muy malvado.

Esta historia tiene que servir no solo para que tengamos más cuidado a la hora de pasear a nuestros amigos: es una historia que nos tiene que enseñar la importancia de amar y respetar a todos los seres vivos.

Elvis, te echamos mucho de menos. Con amor, Ilaria y Antonio, tu familia.

Un viernes cualquiera

Imagen difundida en redes sociales por la Clínica Veterinaria San Lorenzo para advertir al vecindario.

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