Me dijo que mañana. Ya no le creo. Me engaña mi hijo, me engañan todos. Si yo estoy bien, ¿por qué no me dejan salir? No, no es verdad lo del virus. A mí no me la dan que ya tengo más de ochenta años.

Ha llegado el hijo y desde la calle me dice que si salimos, que es sábado y son las diez, que ya sí puedo salir. ¿Yo? ¿Ahora? ¡Huy, no! “Hace frío”, le respondo, pero siento miedo. Luego me excuso: “después me voy con ella”.

¡Ella! Siempre su nombre me es nuevo, pero no su cara ni la firmeza de su mano bajo mi codo. No nos hemos separado en cuarenta y dos días y, cuando me he querido escapar, es quien me ha retenido. Eso me lo guardo.

Aún me pongo sola las botas. Yo sé que no necesito a nadie. Es el hijo quien se empeña. ¡Hala, nos vamos! Y ahora la mascarilla. Ella es inflexible y nos cubrimos la boca como dos bandoleras al asalto de las calles. Piso la acera y se me va un poco el cuerpo, pero un rayo de sol me sujeta. ¡Vamos, que no tengo miedo!

Primer encuentro

Cruzamos hasta el parque. Ella me dice que no se puede entrar. Será si yo no quiero, pero me cruzo con esa madre y su hija. ¡Buenos días! ¡Qué mujer! Dice que tiene dos años más que yo y sigue cuidando de su hija. Esa madre sí ha podido entrar en el súper y a mí ni me han dejado cruzar la puerta.

Segundo encuentro

Bajamos por la cuesta del instituto y vemos a otra conocida de La Soci. Después de tantos días, esta cuesta se hace difícil. Su hija es la cuidadora y se alterna con el hermano, pero vive fuera del barrio. ¿Qué ha dicho? ¿Leganés? Reside más lejos y está más cerca de su madre.

Vaya año que llevamos. Encima tuvo neumonía antes de que llegara la pandemia. Una suerte y, aunque lo pasó muy mal, ahí sigue con ganas.

Tercer encuentro

La jardinera que hay frente a la puerta del instituto Arturo Soria ha sido su alivio. Se levanta cuando llego para saludar, pero se la ve cansada. Sí mucho tiempo sin pisar la calle. Le ha pasado lo mismo que a mí. ¿Será cosa de hijos? Si yo hubiera tenido una niña, hubiera sido distinto.

Cuarto encuentro

Después de un mes, por primera vez los dos juntos en la calle. Los conocía del centro de mayores. Ella me dice que no ha salido ni un día y él que solo tres veces a tirar la basura, que lo hijos les dejaban la comida en la puerta y que han hecho todo lo que les decían.

Todas las semanas se conectaban con los monitores del centro de mayores y han hecho de todo, hasta gimnasia. No ha entrado nadie en casa pero se han sentido muy acompañados. Les han llamado del servicio de teleasistencia. Bueno, a mí también me han llamado los de la medalla.

Quinto encuentro

Es imposible no encontrarse con alguien de La Soci. ¡Pero si no te he reconocido! Él se ha pasado todo el confinamiento haciendo deporte en casa. Yo les hablo de mis mandalas, pero terminamos hablando de los nietos. Todavía no, pero para mí serían biznietos. Hay risas y me dicen que todavía son jóvenes.

Sexto encuentro

Esperamos para coger el pan. Dicen que se nota que hoy es distinto. Hay más gente, más alegría en las calles. Toda la cola del pan tiene mascarillas, aunque con gafas son difíciles de mantener en su sitio. La de la cámara ha preguntado si les importa que les hagan una foto y algunas se han escondido del objetivo.

Séptimo encuentro

Y de la tienda ha salido cargada y me ha reconocido. ¡Mujer, cómo no te voy a reconocer si hemos estado juntas en el banco del tiempo! Ahora falta para que se vuelva a abrir. Ya tengo ganas. Y me dice que ella sí ha bajado a la compra, pero solo a eso.

Octavo encuentro

Llego al parque de los abuelos y qué animada es esta mujer. Ella va sola. Cuando se cansa, se sienta y tan campante. Me cuenta que prefiere la guerra a esto. Se acuerda de que podían salir y esconderse en el monte cuando les disparaban balas, pero que esto de estar encerrada es peor aunque ahora hay comida.

Mi madre me contaba que a mí me escondían debajo de un colchón, pero solo tenía un año cuando acabó la guerra.

Noveno encuentro

Ella nos cuida y mi madre no ha salido ni una vez. Ahora damos un pequeño paseíto y volvemos a casa. Eso quiero yo, que se me está haciendo muy lejos y he perdido la costumbre.

Décimo encuentro

Vive aquí al lado, es poco hablador pero es agradable. Aunque quién puede ser hablador con una mascarilla. Iba a preguntarle por lo de pasar a la estatua de los abuelos. A lo mejor se entra por otro lado.

Undécimo encuentro

Vienen del parque de las cocheras y nos cuentan que la policía hace un rato ha sancionado a varios que estaban por allí andando. Sí, que está descuidado ese parque. Se preocupan más de que la gente no entre que de que esté en condiciones.

Miro a mi cuidadora y ya le digo que no vamos a entrar.

Dudodécimo encuentro

Me dice que hoy es el primer día que él sale. Está bastante delicado, pero un poco de aire y sol no se lo puede perder. Ella es otra de las que ha podido ir a la compra. Lo cuenta como si fuera una obligación. ¡Cómo me hubiera gustado que me dejaran a mí!

Decimotercer encuentro

¡Qué agradable es esta señora! Me ha contado que ha vivido con su nieta durante todo el confinamiento. La chica ya tiene dieciocho años y se han mantenido en zonas separadas.

Decimocuarto encuentro

Pese a la prohibición de entrar, cruzamos al parque de las cocheras. Necesito sentarme en un banco. Aquí viene un corredor. Le pregunto pero no me oye por los auriculares. Va a hacer una hora de ejercicio y me dice que eso es poco. A mí este paseo ya me empieza a cargar.

Decimoquinto encuentro

De vuelta pasamos por el huerto de Manoteras. El hortelano nos cuenta que se donaron verduras al Banco de Alimentos y anda revisando que alguien ya ha estado plantando tomates, pero lo que más le extraña es que alguien ha estado quitando la maleza del bancal vecino.

Decimosexto encuentro

Nos encontrábamos en La Soci y volvemos a vernos junto al huerto. Con tres perritos ha podido bajar todos los días, pero me dice que no lo pasaba bien. La soledad de las calles la inquietaba y hasta hoy no ha vuelto a sentirse alegre.

Decimoséptimo encuentro

De nuevo por el parque de los abuelo, volvemos de regreso. El de la medalla vive al lado y por eso ni se la ha quitado. Él ha cumplido con la reclusión y solo a veces ha salido a tirar la basura.

Decimoctavo encuentro

Este sitio tiene algo especial para los mayores. La escuela infantil El Carmen puso hace muchos años este homenaje a los abuelos y nos gusta encontrarnos aquí. Ellas son del principio de la calle y hoy han bajado a saludar al nieto desde la ventana.

Vuelvo a casa. Me he pasado de hora. Como el hijo llame, se va a preocupar. Bueno, lo tiene merecido.

 

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