Gobernar la mitad de la realidad no hace un mundo justo; ignorar la otra parte nos hace frágiles.

Dice Dick Swaab, un afamado neurólogo holandés, que un ictus en el hemisferio derecho del cerebro puede hacer perder parcialmente tanto la conciencia de uno mismo como la conciencia del entorno. A esto se le llama neglect o síndrome de negligencia unilateral. Para explicarlo, pone ejemplos de personas que, tras sufrir esta enfermedad, dejan de lavar, peinar o vestir su lado izquierdo. Son personas que no reconocen como suyos la pierna o el brazo izquierdo y que solo leen la página derecha de un periódico, salvo que den una vuelta de 180º que les permita completar esa visión del mundo.

Lo que no cuenta el profesor Swaab, pues por algo es científico, es que el neglect es un síndrome harto frecuente en política, especialmente en la que tiene que ver con el bienestar de la ciudadanía. La causa puede ser arquitectónica y estar relacionada con los accidentes cerebrovasculares que provoca el palacio de la Moncloa, con las apoplejías que genera la antigua Casa de Correos (hoy sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid), con los infartos cerebrales que causa el palacio de Cibeles (¿otro edificio ligado al correo?) o con las isquemias que padece el palacete de Villa Rosa (antigua Villa de Zacarías Homs, hoy sede de la Junta Municipal de Hortaleza).

El neglect es la explicación menos dura para entender cómo en cincuenta años decenas de familias de la UVA o Canillas no han existido para los sucesivos gobernantes. Mirar…, miraban, sí. Incluso se hacían la foto y lanzaban algunas promesas, pero para ellos aquellas gentes no existían. Sus cerebros solo tenían y tienen consciencia del lado derecho, el de la banca y el de los poderosos. ¿Podemos por ello considerarlos culpables por el daño infringido con su “negligencia”? ¿Eran responsables estos enfermos de no ver lo que para ellos no existía? Son los mismos que no ven el hambre infantil y se niegan a que se abran los comedores escolares en periodos no lectivos. ¿Qué código de justicia se les debe aplicar? ¿Debemos dejarlos libres porque la parte más sensible de la sociedad no exista para ellos?

Muchos investigadores son pesimistas respecto a la rehabilitación de estos enfermos de neglect; sin embargo, hay iniciativas como la de ‘Los Invisibles’ (la contamos en las páginas de este periódico) que pueden convertirse en terapias de choque si las urnas no lo remedian antes. Esta idea de los invisibles empezó en Tetuán y ahora se importa a Hortaleza. Sin medios ni administración o mecenas que lo hagan posible, sin recursos, la ciudadanía se está organizando para dar visibilidad a esa parte de la realidad “inexistente” para nuestros administradores como demuestran con los presupuestos de 2015.

Dicen los neurólogos que cuando el cerebro no recibe la información normal, él mismo se la fabrica. Esta es la causa de que oigamos decir a ciertos gobernantes que se está saliendo de la crisis, que no hay hambre infantil o que la corrupción no es tan grave ni está tan extendida. Son fantasías, ya lo sabemos, pero es todo lo que pueden hacer sin ese otro medio hemisferio con el que afrontar la realidad social.

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