Despiertas en tu lado de la cama. Abres un ojo. Te dejaste el armario entreabierto. Observas las perchas que ahora son como hombros desnudos sin cuerpo. Hace un par de días esas mismas perchas sostenían con pinzas la mitad de tu vida. Sostenían ingrávidas la chaqueta de cuero de Eva, el abrigo entallado de Eva, los vaqueros de Eva o el pañuelo de seda de Eva ahorcando el frío cuello de la percha, dotando a la percha de un cuerpo vacío de huesos, pero con futuro. Ya no queda nada de Eva y ahora empiezas a entender por qué los ganchos de esas perchas tienen forma de interrogante. Ahora sabes que la palabra ‘tristeza’ es ver bolsitas de naftalina en un armario vacío evitando, tal vez, que las polillas se alimenten del recuerdo. Ojalá lo hicieran, piensas. O tal vez no. Todavía no. Aún es pronto: ¿Cuánto dura el duelo estándar?

Te levantas y en el baño aún se encuentra el soporte con ventosa del cepillo de dientes de Eva. No soportas el soporte pero lo dejas. No te atreves a quitarlo, por si volviera con su cepillo, su abrigo entallado, su pañuelo de seda y sus cremas con olor a la mitad que te falta.

Tomas una ducha insomne, desayunas como un autómata, te vistes porque hay que vestirse y bajas a la calle (López de Hoyos, su nombre. Tú te apellidas López: nada es casual). Las fuerzas apenas te dan para alzar la mano y parar un taxi que resulta ser mi taxi. Montas y me indicas tu oficina por destino. Por la radio suenan baladas en inglés, y agradeces no entender nada de inglés. Nunca fuiste bueno para los idiomas.

El amor es un idioma, estás pensando.

A través del espejo leo en tus ojos que has perdido tu mitad, pero aún te queda media vida por delante. Tal vez acabes encontrando mitades nuevas y acabe medio lleno ese armario vacío, quiero decirte. Tal vez acaben quietas esas perchas que se mecen cuando abres la ventana y entra el viento, quiero decirte. Tal vez deberías dejar de pensar que el viento es Eva disfrazada de aire fresco, quiero decirte. Pero no. No me atrevo a decirte nada más allá del típico tópico sobre el tiempo, la lluvia y el tráfico. Sólo soy, en fin, apenas un taxista que busca tapar sus propios Hoyos inventándose otros López.