Montejo de la Sierra está cerca, más de lo que sus moradores quisieran en estos días. Solo median poco más de dieciséis horas andando desde la calle Boyacá 11, donde tiene su sede el grupo de autoconsumo del barrio (GAK Hortaleza). En coche, basta una hora hasta encontrar el mágico hayedo montejano.

Entre Montejo y Hortaleza, hay un engarce ecoagrícola que se llama Cristina, una exiliada, 20 años ha, que abastece el GAK Hortaleza con frutos que sus manos sembraron. Esta autodidacta de la agricultura trabaja de sol a sol (lo que un millennial llamaría un 7/24), es de palabra rápida y precisa y de corazón noble y directo.

Realmente, ella es un injerto cuellarano y hortalino que se hizo montejana. Ha crecido sintiendo la tierra, por ello teme más el cambio climático. El fruto no aguarda y su gesto serio y penetrante otea un horizonte medioambiental con sombras si no lo remediamos.

PREGUNTA: ¿De dónde eres?

RESPUESTA: Nací en Cuéllar, Segovia, pero mi padre trabajó en Iberia cuando yo tenía 3 años y fuimos a Madrid a vivir a Hortaleza en Valdetorres del Jarama, en lo que llaman las Torres Blancas. Allí estuve muchos años.

¿Y tu cole?

Estudié en el colegio Pablo Picasso, que está al lado. Cuando justo lo inauguraron pasé allí, yo creo.

¿Eso cuándo fue?

Mira, en enero cumplí 50 años. Habría que echar la cuenta (risas). En aquella época, el tema era encontrar un colegio laico. Luego pasé al Instituto de Bachillerato Arturo Soria en Manoteras.

¿Algún recuerdo?

Ya muy lejano. Los profesores vivían allí en el barrio al lado del Clara Eugenia. Sí, recuerdos muy bonitos. Profesores que nos llevaban a granjas escuelas cuando no había ese tipo de actividades.

¿Otros estudios?

Cuando acabé COU, las carreras no me motivaban mucho. No había ninguna salida medioambiental como hay ahora. Entonces me fui por la rama de Imagen y Sonido. Hice fotografía de prensa.

¿Has trabajado como periodista?

Como fotógrafa, pero muy poco. Estuve en Diario 16, o sea, que imagínate.

¿Te gustó?

No me gustaba ese mundo. Era muy competitivo. Te robaban fotos… Y bueno, unas cosas muy raras.

¿Y qué hiciste?

Empecé a buscar cosas medioambientales, que me gustaba, pero no había nada. Solo en Holanda había una carrera ecológica, por ejemplo.

¿De dónde esa vocación?

Desde pequeña, en casa de mis abuelos en Cuéllar, siempre ha habido huerta, una huerta enorme. Nosotros, aunque vivíamos en Hortaleza, todos los viernes, sábados, domingos y fiestas, íbamos a Cuéllar. Siempre al pueblo.

Luego, es verdad que, cuando iba a trabajar a otros sitios, era la única que tenía un poco de conocimientos de manejar una huerta grande. No ha sido una formación académica. Ha sido la experiencia, mucha experiencia.

"En casa de mis abuelos en Cuéllar, siempre ha habido huerta. Cuando iba a trabajar a otros sitios, era la única que tenía conocimientos de manejar una huerta grande"

¿Cómo comenzaste?

En una granja escuela y, a partir de ahí, en sitios de educación ambiental. Estuve por aquí en otros pueblos de la Sierra Norte. Salían trabajos de educación ambiental y de ahí hasta que aquí, en Montejo, conseguí casa.

¿Cómo se empieza como monitora?

Fue autoformación. No te pedían ningún requisito.

¿Y el paso a agricultora?

Nos ofrecieron aquí un terreno muy grande. La gente mayor ya no las cultiva, no tienen relevo generacional. Los hijos están en Madrid y, simplemente, te la ceden para que no se haga un zarzal y se pierda. Hoy en día no pago por las tierras. El único acuerdo que hay es que, por supuesto, pueden coger lo que quieran de la producción. Pero, claro, son abuelos y el consumo es mínimo.

¿Tu paso a la agricultura ecológica fue progresivo?

No, desde el principio. Yo estoy dada de alta en el Comité de Agricultura Ecológica y me di de alta en el año 2002. Yo soy el número 0096. Creo que ahora va por el ochocientos y pico, pero éramos cuatro o cinco personas en Madrid con agricultura ecológica. En Euskadi, en Cataluña, ahí sí que había un poquito más de gente.

¿Has dado formación?

Hace 15 o 16 años ya tenía una experiencia grande. Entonces, a través de una persona relacionada con el ministerio para la Fundación Biodiversidad, me ofrecieron dar cursos a gente que luego quisiera dedicarse a la agricultura ecológica. Eran cursos muy buenos de cinco días intensivos y venía gente de toda España: de León, de Canarias…

¿Extrañó una mujer agricultora?

¡Cuidado! Las mujeres siempre han estado en el campo, pero no se ha reconocido su trabajo. Aquí en Montejo, por ejemplo, los hombres iban con el ganado y las mujeres se hacían cargo de todas las huertas, ¿vale? El huerto de autoconsumo de toda la vida de los pueblos es de las mujeres.

¿Tu enemigo son las plagas?

Aquí he tenido pocos problemas porque estamos a una altitud de 1.100 metros. La manera que teníamos antiguamente era hacerte tus propios preparados, es decir, si tienes pulgón, pues tienes unos tipos de hierbas; ortiga para fortalecer los cultivos; cola de caballo como fungicida…

¿Fue difícil comercializarlo?

Muy poquita gente tenía en cuenta la agricultura ecológica cuando comencé aquí y en Hortaleza, porque sigo manteniendo mucha amistad con mucha gente que sigue viviendo allí, amigos de toda la vida. Sí me comentaron que había un movimiento en Madrid que se llamaba grupos GAK, grupos de consumo autogestionados. A partir de ahí, conocí dos cooperativas de autoconsumo donde los socios se organizaban para pedir a los agricultores. Fueron la cooperativa de Hortaleza, donde estaba Luz Galán, y la cooperativa el Cantueso en Colmenar Viejo. Serían unas cincuenta familias.

Ellos mismos me hablaron de gente en otros sitios…, ya aumenté la producción un poquito. A lo mejor, empecé con 4.000 metros, en dos años tenía 6.000 y, bueno, ahora tengo 9.000 metros. Fue un poco la voz a voz porque no teníamos internet ni redes sociales ni nada.

¿Y a los restaurantes?

Hubo bastantes chef que llamaban y te preguntaban si podían comprarte y si podías hacer determinados cultivos para ellos, especiales. Pactas antes cuánto van a consumir, cuánto van a gastar, qué tipo de producto querían y para qué.

Cristina con verduras de su huerto que reparte en Hortaleza. LUIS DE FRUTOS

¿Tendrás que ampliar?

Hoy en día no doy abasto. Y ya decidí hace cuatro o cinco años que me plantaba porque estoy sola. Ya me da un sueldo. No quiero más. Prefiero que más gente, ojalá, se metiera a producir. Yo tengo lista de espera, pero no quiero ampliar.

¿Es dura la agricultura?

Cualquier agricultora o agricultor te lo va a confirmar. Es un trabajo bastante esclavo. Te dicen: «¡Qué bien allí en el campo viendo las águilas y cultivando!». Muy bonito, pero muy duro. Igual puedes trabajar a cuarenta grados en verano y luego en el mes de febrero a menos cuatro grados bajo cero. Para mí no existe un sábado. Es igual que sea martes o que sea sábado. Hay épocas más fuertes y otras épocas más tranquilas.

¿Cuándo descansas?

Mi época de descanso es después de Navidades hasta el mes de febrero porque la climatología me lo impone y también necesito descansar físicamente.

¿Y vienes a Hortaleza?

Sí, sí. Suelo bajar bastante por Hortaleza a ver a gente conocida que sigue viviendo por allí o a los padres también. Además, los martes son los días de bajar a Madrid.

¿Cómo se cría un hijo en Montejo?

El nivel de vida aquí para los críos ha sido muy bueno. Nos juntamos bastantes personas que vinieron a vivir aquí y se quedaron asentados y hubo una especie de boom demográfico. Vino gente de Hortaleza a la vez que yo, hace 20 años, que se han ido quedando por aquí.

Tengo un hijo de 16 años que estudió aquí. La escuela de Montejo es una escuela rural en la cual las edades se mezclaban. Ha sido una maravilla el profesorado rural que hemos tenido. No ha afectado para nada a a los chavales el nivel académico por tener que estar en una clase con varios cursos.

¿Cómo se ha vivido la pandemia?

Aquí se vive de otra manera. Hay una población muy mayor, muchos abueletes. Esta gente se vio ahí diciendo «Madre mía, esto es como otra guerra, no voy a volver a ver a mis hijos». Hubo que ayudar mucho a esa gente para que no entraran en depresión viendo la televisión.

"En el campo, tenemos miedo a la pandemia y a las futuras pandemias, pero más miedo al cambio climático"

¿Qué pasa con los festivos en Montejo?

Si ves cómo está Montejo de la Sierra a día de hoy. Yo prefiero no salir. Voy por las callejas por la parte de atrás y evito el pueblo. Hoy he tenido que llevar espinacas a la posada de Horcajuelo y he tardado como 20 minutos en cruzar la plaza de mi pueblo. He contado como 70 motos, autocaravanas… Esto nunca lo había visto. Igual que en San Fermín.

¿Qué nos pides a los de fuera?

Respeto hacia la gente que estamos aquí. Que vengan preparados, que no hay tienda para vender pan para 4.000 personas o restaurante que ya está cogido de antemano. Coge tu bocadillo, tu merienda y al campo. No tenemos que estar todos apelotonados.

¿Qué aficiones tienes?

Me encanta viajar. Cuando cogía vacaciones, me encanta viajar. Me gusta también mucho mis fotos. Leer un buen libro. El infinito en un junco, vamos por poner un ejemplo, y te pones a la lumbre tranquilamente y a descansar. El trabajo físico que llevo es muy cansado.

¿Te sientes realizada?

Yo creo que sí. La gente desde fuera me dice «Vives bien». Ni me falta ni me sobra. Como muchas personas, vivo al día. Pero es verdad que tengo una vida, más o menos, tranquila.

Las cosas de cada día las tengo cubiertas. Tengo una casa que hicimos en 2004 que es bonita, grande. El trabajo me gusta, la gente me lo agradece muchísimo. Están encantados. Tengo un compañero bastante majo y un chaval de 16 años que, además, le va muy bien en los estudios y en la música, que es violinista.

¿Cuál es tu fórmula?

Mucho trabajo y las ideas claras. Y saber vivir con poco también. ¡Cuidado! No me gustan los lujos. Tengo lo que necesito y poco más. No necesitamos tanto. Tener lo que necesitas y estar a gusto y tranquila y ya está. No tiene más misterio.

¿Algo importante que recordar?

Que desde el campo lo estamos viendo y sintiendo lo del cambio climático. Tenemos miedo a la pandemia y a las futuras pandemias, pero más miedo al cambio climático.

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