Cuando en 1976 le plantearon movilizaciones por el Primero de Mayo a Manuel Fraga, fundador de lo que ahora es el Partido Popular y hoy con avenida en Valdebebas, el entonces ministro de la Gobernación le dijo a quien se lo proponía que eso no se iba a hacer porque la calle era suya. Cuando se habla de los inicios de la democracia en aquel año no se tiene en cuenta que celebrar una manifestación era peligroso. Y que además estuviera autorizada por el franquismo agonizante era inédito.
En Madrid, tras décadas de dictadura, la primera manifestación autorizada se organizó en la Carretera de Canillas. Marta Hidalgo, la persona que solicitó el permiso, hoy con 81 años, nos cuenta cómo aquel evento hace medio siglo consiguió que algo tan elemental como una protesta ciudadana rompiera la lógica represiva del régimen franquista.
La manifestación la promovió el tejido vecinal del distrito, un conglomerado de personas y organizaciones, la mayoría cercanas al todavía clandestino Partido Comunista de España (PCE). Estaban bregados en protestas contra las injusticias de un régimen diseñado para proteger a los poderosos. La gigantesca estafa que afectó a miles de personas de la Nueva Esperanza los obligó a organizarse tiempo antes para reclamar cosas tan básicas como la calefacción en sus casas. Marta recuerda cómo en esas protestas, sin permiso, vieron aparecer los camiones cisterna que los grises, la Policía Armada del franquismo, guardaban en lo que entonces era la academia de ese cuerpo, en lo que hoy es el gran complejo policial de la Carretera de Canillas.
En el barrio de Esperanza, un colectivo de mujeres se legalizó como asociación de amas de casa. En la mente machista del franquismo las mujeres, protagonistas de muchos de aquellos logros, eran menos peligrosas que los varones, así que con esa cobertura pudieron iniciar sus actividades. La Carretera de Canillas era entonces un viejo camino ya insuficiente por la cantidad de nuevos residentes. El paso de los vehículos pesados de las obras de las colonias en construcción terminó por destrozar el firme de la carretera, y los vecinos tenían que dar rodeos kilométricos para, como se decía, bajar a Madrid.
“Las cosas no han caído del cielo, las hemos conquistado, y las podemos perder", recuerda Marta Hidalgo, la mujer que pidió el permiso de la pionera manifestación
La reclamación de mejoras en la carretera era un objetivo razonable para un movimiento vecinal que ya había demostrado su músculo con campañas como la del año anterior con los murales en el barrio de Portugalete que consiguió paralizar un desmán urbanístico del ayuntamiento franquista. Luis Javier Benavides, uno de los abogados asesinados por el fascismo en la calle Atocha menos de un año después de la manifestación de Canillas, fue quien les ayudó a preparar la documentación. Como representante de esa asociación de amas de casa fue Marta quien tuvo que pedir el permiso. Y no fue agradable.
Aunque hoy se recuerde poco, en 1976 aún existía algo llamado el Movimiento, una Falange maquillada pero no por ello menos poderosa aun después de la muerte de Franco. Según cuenta Marta, el funcionario que atendió la petición lo hizo a la falangista: con una pistola que puso encima de la mesa diciendo que esperaba no tener que usarla con ellas.

Pegatina diseñada por Antonio Fraguas, Forges, para denunciar la situación de la Carretera de Canillas. ARCHIVO AV VILLA ROSA
LA PEGATINA DE FORGES
Pero insospechadamente (sobre todo teniendo en cuenta los meses previos de huelgas en metro, metalurgia o construcción en Madrid), hubo permiso. Los organizadores consiguieron además incorporar a un referente del humor, Antonio Fraguas, el gran Forges. A través de un compañero que lo conocía le propusieron colaborar con la campaña para exigir mejoras en la carretera de Canillas. Forges contaba hace años que quiso ver si era verdad y, cuando lo llevaron en coche, cayó en un bache que obligó a que la grúa se llevara el vehículo. Con la rapidez mental que le caracterizaba ideó su pegatina, ya un clásico, en la que hablaba de “Carretera de Canillas, 200 baches por milla”.
Mientras, el colectivo organizador no paraba. Reconoce Marta que calentaron la protesta en las semanas previas generando más atascos de los habituales en la zona al recorrer a poca velocidad el trayecto entre Villa Rosa y Arturo Soria o viceversa. Llegado el día de la manifestación, el 13 de marzo de 1976, los organizadores no sabían si iba a tener éxito. Marta relata que durante todo el recorrido pasó miedo por si los infiltrados del Movimiento, chivatos y provocadores, reventaban el acto. La Policía, por delante de cuya ominosa academia también pasó la manifestación, no utilizó la violencia a que tenía acostumbrados a quienes protestaban en aquella época, aunque hubo algún incidente, como recordaba en 2016 el dirigente vecinal Paco Caño.
Las fotografías y las crónicas hablan de una manifestación sin precedentes en el barrio, a la que se fueron uniendo participantes hasta llegar a ser unos 700. Marta, con su obsesión por evitar altercados, no fue consciente del éxito hasta que el propio gobernador civil, Juan José Rosón, la citó días después para felicitarla. Algo inesperado en una dictadura que ya la había detenido antes por su militancia comunista. La protesta triunfó, se arregló la carretera de Canillas y se torció así el brazo a un régimen que comprendió que las cosas ya no se podían hacer a las órdenes de los jerarcas. El movimiento vecinal siguió movilizándose para evitar atentados urbanísticos, para conseguir parques en el distrito, para que se escuchara la voz de la calle. 50 años después de aquello, Marta, hoy en lucha por la sanidad pública, recuerda: “Las cosas no han caído del cielo, las hemos conquistado, y las podemos perder. Las cosas sólo se solucionan si nos unimos y luchamos”.



