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Hortaleza animal: perdidos y encontrados

¿Qué hacer cuando pierdes a un animal que quieres? Este pasado agosto, nuestra compañera Eva Losada, no descansó durante un largo mes hasta encontrar a su gato Ari. Una historia con final feliz que ha querido compartir para ayudar a otros vecinos en la misma situación


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Hortaleza animal: perdidos y encontrados

El gato Ari

Hortaleza animal: perdidos y encontrados
septiembre 23
19:58 2018

Mi barrio es rico en matices, colores, tonos, ruidos y animales. Hortaleza está llena de perros, gatos, periquitos, cacatúas y loros. Uno puede vivir con animales, cerca de animales o al margen de los animales. La elección es libre. Lo que resulta complicado es optar por vivir de espaldas a ellos.

Esta historia comienza un día del mes de agosto, cuando Ari, un gato negro hortalino, de pelo largo, ojos amarillos y mechas caoba, desaparece. Nervios, llanto y la pregunta: ¿Qué hago ahora? ¿Cómo se busca un gato en Madrid? Lo primero que hay que hacer antes de buscar un gato o cualquier mascota en una ciudad o pueblo, es celebrar que lleve un chip identificativo y lamentar, enormemente, que, en su día, no hayamos sido lo suficientemente responsables como para ponérselo o, como se dice en argot felino: ‘chipearlo’.

¿Qué es eso del chip? Se trata de un número identificativo que registra el RIAC (Registro de identificación de animales de compañía). ¡Es un gran invento! Aunque sería maravilloso poder encontrar a nuestras mascotas a distancia, con un simple app. Por el momento, no es viable, debido al peso que los pobres tendrían que soportar.

Así que, cualquier animal registrado en el RIAC, puede ser identificado con un lector. En seguida se sabe quién es su familia y dónde vive. Importante. Si uno se cambia de domicilio o de número de teléfono, no debe olvidarse de comunicarlo al RIAC. Para todos aquellos que se encuentran a un gato o perro perdido, deben saber que, en cualquier veterinario o protectora de animales hay un lector o varios para poder obtener esta información.

El lector solo puede leer el número de identificación cuando el aparato entra en contacto con la piel del animal. ¿Puede fallar? Sí, puede. Pero el porcentaje de error es muy bajo. Y, ¿algún desalmado puede arrancar un chip a un pobre animal? Sí. De la misma manera que ese mismo desalmado puede darnos una paliza y dejarnos la cara desfigurada para que no nos reconozca ni nuestra madre. Gente mala hay a montones. Gente buena también. Así que, esta historia comienza cuando llamo al RIAC y les comunico que Ari, ha desaparecido.

LA BÚSQUEDA

Ari nació en el colegio de mis hijos, en el barrio. Su madre era una mezcla de angora tricolor, negra blanca y naranja. Su padre, aunque desconocido, debió ser negro como el carbón. Llegó a casa temblando, estuvimos haciendo turnos para darle el biberón. Unos hicimos más turnos que otros, pero el gato creció sanísimo, lustroso, listo y cariñoso. Nos quisimos con locura desde el primer instante. Los otros inquilinos de mi casa: un pastor inglés y un gato bicolor, tuvieron que acostumbrarse a compartir atenciones, calor y corrientes de aire.

En las ciudades pasa como en las buenas novelas, hay una trama principal, y luego unas subtramas que extienden sus tentáculos y atrapan al lector hasta llevarlo por cuevas, galerías, rincones inhóspitos y llanuras imponentes. Hay personajes, seres alados, que asoman tras las murallas de lo que hasta ahora era tu barrio. Las ciudades son fascinantes cuando, un buen día, las necesitas de verdad.

Me disperso. Sigamos con los pasos de búsqueda. Lo segundo que hay que hacer, es mirar debajo de las piedras, armarios, portal, escaleras del edificio, lavadora, cuarto de basura… Cuando digo bien, digo, extremadamente bien. No basta con llamar, sino que debemos mirar debajo y detrás de todo.

Ellos, los gatos caseros, se mueren de miedo cuando se pierden, se caen de una ventana o, simplemente, cuando no saben bien dónde están. Sobre todo, algunas razas de gatos y de perro; como los galgos. Los galgos son asustadizos, sensibles y jamás hay que abalanzarse sobre ellos para rescatarlos. Saldrán despavoridos. No olviden esto, en Hortaleza hay muchos galgos adoptados.

Los animales con los que convivimos, al igual que los humanos, tienen su personalidad. Esto no debemos pasarlo por alto. No todos los gatos hacen lo mismo, y menos los perros, depende de qué carácter tengan. Por este motivo, y siempre teniendo en cuenta que pueden ser imprevisibles, debemos detenernos a pensar —si la histeria no nos puede—cómo es mi gato o mi perro. Porque, dependiendo de ese momento de reflexión, la búsqueda puede seguir otra estrategia. Este es precisamente, el paso número tres: analizar el carácter del animal.

Aquel mes de agosto, me quedé afónica de hablar a las paredes, los árboles, los garajes, las vallas y a los demás gatos. Una termina perdiendo un poco la cabeza. Me fui como alma que lleva el diablo a comprar chinchetas, celo y tinta para la impresora. Busqué el mejor perfil de Ari, uno reciente, claro, no de cuando tomaba el biberón, e imprimí casi cien hojas con mi número de teléfono, la zona por dónde Ari se había perdido y un par de datos físicos. No más. Recorrí muchos kilómetros poniendo carteles.

Primero comencé por mi calle, luego por las paralelas y, en poco más de una semana, había cubierto un radio hortalino lo suficientemente amplio como para que el 70% de los vecinos me compadecieran. Llené las redes sociales con su foto. Descubrí varias plataformas gestionadas por seres de otro planeta en donde buscadores y “encontradores”, perdidos y hallados, se cruzan en una vorágine, de posts, fotos, comentarios y noticias.

COLONIAS GATUNAS

Pasaba horas y horas esperando ver la cara de mi gato en alguna de aquellas fotos. Una red amplísima y muy bien organizada, me daba consejos, me animaba y se interesaba por mi pérdida. Así fue como, en pocos días conocí a Juan que, con sus bermudas y bolsas cargadas de pienso, recorría diariamente diferentes colonias gatunas, surtiendo de agua fresca y comida sin hormigas a más de medio centenar de gatos. No diré ni cuales son ni dónde están, porque creo que sí hay “gente mala que camina” —como reza el poema— que puede, en un mal día, decidir salir corriendo con una bolsa de arsénico a cargarse a los gatos.

En Hortaleza hay muchas de estas colonias. Todas están cuidadas y vigiladas por una especie de ser bondadoso, superior, una mezcla de Noe, Rambo, Catwoman y Sor Milagros. En fin, seres, que se desviven por los gatos, los suyos y los de los demás. Juan y una vecina gatuna, llamada Marta, me acompañaron aquí y allá. Descubrí todo un tejido felino allí donde jamás hubiera sospechado, en zonas que conocía hacía muchos años, pero nunca sospeché que podría ser una colonia controlada.

¿Qué es eso de una colonia controlada? Son lugares donde hay sombra, espacio y en los que las hembras son castradas, casi siempre, después del primer embarazo. Es decir, lugares donde hay un control de natalidad, donde se les cuida, alimenta, hidrata y vigila que no enfermen. Un lugar estupendo para todos aquellos que no tienen familia y quieren —o no tiene más remedio— que vivir lejos de un sillón de orejas.

Pasé varias tardes y noches en las colonias. Enseguida te familiarizas con sus inquilinos una vez que se han limado desconfianzas, claro. Ante tanto gato negro, cometí varios errores. Claro, una quiere encontrar a su gato y termina viendo un gato negro donde hay uno marrón o incluso blanco. Es lógico, se llama “síndrome del que desea encontrar por encima de cualquier cosa”. No era la primera vez que me pasaba, así que, me dije, Eva, mantente serena.

Agosto terminaba y cada día se me hacía más dura la ausencia de Ari, hasta tal punto que seguía todos los casos de extravío de los gatos negros de toda España y el extranjero. Obviamente llegué a imaginar cosas horribles, más próximas a la literatura medieval que a comportamientos más actuales.

Al menos eso era lo que yo me repetía. Era importante pensar que la gente mala no se iba a cruzar en el camino de Ari. Los cruces de caminos marcan nuestra vida, un mal cruce y zas, estás perdido. En mi caso, de tanto buscar, al final, me crucé con Cosmo, otro gato hortalino, nacido cerca del Silo, que maullaba desesperado bajo el motor de un coche, apenas tenía seis semanas. Hoy ronronea en mi regazo mientras les cuento la segunda parte de esta historia.

EL REENCUENTRO

Los carteles que coloqué por todo el barrio, comenzaron a funcionar cuando mis vecinos regresaron de vacaciones. Veían a Ari en todos lados. Yo salía en camisón a las once de la noche o seis de la mañana con mi linterna, su manta, la lata de atún y calzado apropiado para correr. Estaba convencida de que los guardas, porteros, jardineros y cualquier trabajador de la comunidad, me miraba con lástima. Dejé de arreglarme, de peinarme, de ducharme, de dormir y de leer, trabajar o escribir. Descuidé a mis hijos, mis amigos y puse a prueba la paciencia de toda mi familia. La humana y la animal. Solo pensaba en caminar y buscar.

En ese vaivén de amaneceres y atardeceres, con los labios ya agrietados de tanto silbar, apareció Rocío. Una metalera de avenida de San Luis —fan incondicional de Iron Maiden—. Rocío llegaba armada con una jaula trampa y mucha energía gatuna. No he visto mujer más entregada y convencida de la Nueva Ley de Protección Animal.

Rocío, a parte de trabajar todo el día y cuidar de cuatro perros y cuatro gatos en menos de 50 metros cuadrados, alimentaba a varias colonias y ayudaba a chaladas como yo a buscar. Detrás estaba, como ella decía, la protectora Alba. Recuerdo que una noche, en una urbanización cerrada del Pinar—en la que los cuatro vigilantes contratados deberían obtener una medalla animalista— me quedé frente al supuesto “mi gato”. Lo llamé, le hablé, le supliqué, pero no se dignó a acercarse. Dudé, volví y nada. Fue entonces, con una jaula trampa a cuestas y cuatro latas de atún abiertas, cuando comprendí que necesitaba un respiro.

Quizá sea en ese momento en el que crees que está todo perdido, cuando, de repente, pasa algo. Así fue. A mediados de septiembre, una llamada de Urgencias Veterinarias del Ayuntamiento, que casi me tumba del susto, me informa de que Ari ha sido encontrado en una cínica psiquiátrica de Ciudad Lineal.

¡Ciudad Lineal! ¡Ha traspasado fronteras! ¡Bendito chip! Gracias a él recuperé a Ari. Se preguntarán qué sucedió esas cuatro semanas, cómo es posible que recorriera casi dos kilómetros de distancia. No lo sé. Quizá alguien se lo llevó, quizá se metió en un coche, quizá… Intenté recomponer la historia, recorrer esos kilómetros a pie pensando en que si fuera mi gato dónde iría. En aquella clínica psiquiátrica lo cuidaron, acariciaron y compartieron medios y obsesiones con él. Y, lo más curioso de todo, algo que me he reservado para el final, es que, la clínica donde exhausto, buscó refugio, está muy cerca del colegio donde nació. ¿Casualidad? Quizá.

Para terminar, solo quiero pedirles un gran favor. Cuando vean a algún animal perdido, herido o bien muerto en Hortaleza, no se queden de brazos cruzados. Lo primero que deben hacer si está vivo es observarle, quizá tiene dueño, quizá es un paseante o, a lo mejor está muy perdido. Hagan una foto y se la envían a RAH (Rescate Animal Hortaleza), ellos sabrán qué hacer. Si está muerto, pueden informar en el 010, ellos lo recogerán e identificarán. Hagan lo que consideren, pero nunca sean indiferentes a nuestros animales. Piensen que, quizá, muchos de ellos no sepan volver a su casa.

ENLACES DE INTERÉS

Colegio oficial de veterinarios de Madrid: www.colvema.org/riac.asp

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Acerca del autor

Eva Losada Casanova

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