Hace unas semanas, agazapada en un portal, veía como una riada de agua se llevaba el sofocante verano con una furia impropia y arrogante. Junto a mí, había un vecino que, como yo, no llevaba paraguas. Somos personas confiadas, que creemos que de ahí arriba solo pueden caer hojas y globos de colores.

Pese a ser dos desconocidos nos mirábamos con una familiaridad extraña que solo el miedo puede provocar. Y es que, cuando te sientes solo ante la fuerza de la Naturaleza, ante algo que no puedes controlar, y notas que la cosa va cada vez a peor y, además, lo hace en pocos segundos, cualquier extraño se convierte en tu único aliado.

Estuvimos unos minutos en silencio. No tengo ni idea de qué era lo que él pensaba, pero intuí que tenía tanto o más miedo que yo. Quizá ese silencio compartido ante la tormenta nos ayudó a ambos. Entonces, no sabíamos que, en esos momentos, otros perdían sus casas, veían como su coche se iba con la riada o, de súbito, una mano infantil se soltaba.

En aquellos momentos, pensé en si sentirnos amenazados por algo que el ser humano no logra siempre predecir, ver la propia vida pender de un hilo, no nos acerca más a la esa Naturaleza, vil a veces y bella otras.

Entonces, no sabíamos que, en esos momentos, otros perdían sus casas, veían como su coche se iba con la riada o, de súbito, una mano infantil se soltaba

Durante el tiempo que contemplábamos como los árboles querían arrancarse y los pájaros enmudecían, sentí alivio; pensaba en que mi madre estaba a salvo en su casa y mis hijos vivían su vida muy lejos de todo aquello. Repasé en qué era lo que, en situaciones así, debía hacer. Podría haber salido corriendo hacia casa, quedarme allí con el vecino desconocido o intentar averiguar si había alguien peor que nosotros, algo difícil, porque no se veía casi nada.

Tan solo unas luces malva sobre nuestras cabezas que fallaban y emitían un sonido como a mosquito quemado. Me fijé en dónde estábamos ambos, porque hasta ese momento mi atención se dirigía más a lo que sucedía frente a mí que detrás de mí. Vi a través de una gran cristalera varias hileras de taburetes junto al mismo número de lavabos que yacían anclados al suelo y un rótulo que decía algo así como: «¡Próxima apertura Uñas Mágicas!».

Me miré las uñas, la verdad es que estaban opacas, sin color como siempre y algo tristes y resecas. Luego miré las uñas del vecino desconocido y estaban algo mejor, pero eran normalitas. Le comenté, mientras el agua nos llegaba casi por los tobillos, lo inútil que, en el fondo, es casi todo, que para qué necesitaremos tantos negocios de uñas en el barrio ¡con la que estaba cayendo. Él me miró sin entender muy bien de qué hablaba, pero con la mirada tierna del vecino desconocido que comparte el miedo contigo.

Hace unos días, volví a pasar delante de Uñas Mágicas, ya estaba abierto, y una docena de señoras hundían sus pies en los lavábamos mientras extendían sus dedos hacia el pincel del esmalte. Volví a mirarme las uñas, seguían terribles, pero esta vez me sentí afortunada por seguir teniendo una casa, un barrio en pie y entré.

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